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lunes, 7 de noviembre de 2011

LONESOME (1928)



Título versión española: Soledad
Año: 1928     
Duración: 69 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos         
Director: Paul Fejos (Pál Fejös)
Guión: Edward T. Lowe Jr. & Tom Reed (a partir de un relato de Mann Page)
Música: Frank Atkinson (añadida a partir de la segunda versión)
Fotografía: Gilbert Warrenton (B&W)
Reparto: Barbara Kent, Glenn Tryon, Fay Holderness, Gusztáv Pártos, Eddie Phillips, Andy Devine
Producción: Universal Pictures



De origen húngaro, Paul Fejos filmó y firmó  en Hollywood, año 1928, una de las obras maestras del cine silente, y, por ende, de todos los tiempos: Lonesome. Prodigio de técnica cinematográfica, narrativa visual y emotividad poética, la película suele ser situada por la crítica del ramo en la estela de otros filmes próximos, con los que comparte, en verdad, más de un parentesco: Metrópolis (Metropoli, 1927 - Fritz Lang); Berlin. Sinfonía de una gran ciudad (1927 – Walter Ruthmann); Amanecer (Sunrise, 1927 – F. W. Murnau; Y el mundo marcha (The Crowd, 1927 - King Vidor). Tampoco estaría de más situar en la lista de parientes otros títulos más, por ejemplo: El hombre mosca (Safety last, 1923 - Fred Newmeyer y Sam Taylor) con Harold Lloyd.
En todos los títulos citados, el centro neurálgico de la trama no es otro que el impacto y la huella de la gran ciudad sobre los individuos. O por decirlo con más precisión: de cómo la masa humana ahoga y oprime, física y espiritualmente, a las personas. En unos casos, el énfasis está puesto en el aspecto socioeconómico del asunto: el profundo cambio que supuso el crecimiento de las ciudades en el modelo de trabajo y vida humana (del modelo agrícola y rural al industrial y urbano). En otros, la miraba se fija sobre la problemática de la supervivencia y de las relaciones humanas en el marco de la gran ciudad: un amplio y variado espacio que ofrece nuevas oportunidades a los sujetos que quieren ganarse la vida y entretenerse, pero en el que la individualidad corre el riesgo de quedar eclipsada por la colectividad. 

En Lonesome encontramos ambos aspectos plenamente representados, aunque el segundo domina sobre el primero. El tema central del film viene sucintamente recogido en el mismo título, y perfectamente definido en las primeras secuencias. Comienza un nuevo día. En montaje paralelo, Fejos muestra los primeros momentos de la jornada en los protagonistas, Mary (Barbara Kent) y Jim (Glenn Tryon). Suena el despertador, saltan de la cama, se visten, desayunan, llegada, en el último minuto, a los respectivos puestos de trabajo. Ellos no lo saben aún, pero viven pared con pared



Uno desconoce la existencia del otro, pero desayunan en la misma cafetería. 

No puede expresarse con más precisión y sutileza artística, en pocos minutos, la teoría platónica del amor (no el «amor platónico», que no es idea de Platón), popularizada con la expresión «encontrar la media naranja». Planos y secuencias posteriores de la cinta abundan en esta misma perspectiva.

No es gratuito el prolijo detenimiento de Fejos a la hora de presentar la cotidianidad de los dos corazones solitarios, ambos viviendo solos en habitaciones sencillas y angostas. De ese modo, adquiere mucha más fuerza visual, significación y contraste la salida al mundo exterior, a la calle, allí donde quedan materialmente engullidos por la marea humana y el bullir ciudadano: las apreturas en la cafetería mientras desayunan, el trayecto en el metro, el desplazamiento por las avenidas de Nueva York. Y, siempre, las prisas. La cámara en Lonesome no se agita porque sí.
Mary trabaja de telefonista y Jim de operario metalúrgico en una prensa perforadora. Sus respectivas ocupaciones las acometen, asimismo, solitariamente. Jim frente a una maquina, que al tiempo que numera las unidades manufacturadas, marca el horario y la rutina laboral del joven.

Mary, frente a un mural rebosante de cables y clavijas, comparte fila con el resto de empleadas, pero ella está aislada, concentrada, los auriculares le hacen llegar las llamadas del exterior. Por medio de imágenes superpuestas, vemos las caras de los usuarios de las líneas, cual espectros o fantasmas, pidiendo paso de viva voz, y a quienes, claro está, no oímos, aunque sí imaginamos lo que dicen: póngame con... Pensilvania 5100; ¡señorita, me escucha!; ¡oiga, que sigo esperando!




Fin de la jornada laboral. Es el día previo al 4 de julio, Día de la Independencia  de los Estados Unidos, fiesta nacional. Mary y Jim trabajan en la misma fábrica, cada uno en la sección respectiva. Desconociéndose, se necesitan, se esperan uno al otro... Cada uno por su lado forma corillos con los compañeros de trabajo (en uno de ellos reconocemos a un joven, y todavía no demasiado orondo, Andy Devine). Se forman parejas, preparando planes de diversión. Jim y Mary rechazan unirse al grupo: no puedo, tengo una cita; es que dos son compañía, pero tres son multitud... Ninguno de los dos ama el bullicio: cada uno busca su otra mitad. Sólo eso.

Vuelven a sus respectivas habitaciones solitarias, dispuestos a pasar la tarde-noche a solas, entreteniéndose en cualquier cosa, una revista, la radio. Pero, de pronto, una carroza musical anuncia en la calle atracciones en Coney Island. Cual efecto flautista de Hamelin, Mary y Jim deciden seguir el compás, ir a Luna Park. Entre la masa, convergen ambos ríos solitarios. El oleaje de gentío les separa. Coinciden nuevamente en los baños públicos. Conversan. Intiman. La noche se les echa encima. El tiempo pasa volando en compañía. Poco a poco, quedan ellos dos solos en la playa. Los demás han huido en busca de acción y atracción. Mas ¿qué les interesa a los amantes el resto del mundo?

La masa vuelve a tragarlos. ¿Subimos a la montaña rusa? ¿No será peligroso? A empellones, cada uno acaba montado en vagones distintos. Nuevos caminos paralelos. El temor de la muchacha no era exagerado. Hay un pequeño incidente en la unidad de Mary y se desmaya del susto. La gente se arremolina alrededor. ¿Qué pasa? Vuelven a perderse.
Un plano que no es cenital, aunque sí central, nos los muestra contrariados, pared con pared, buscándose, pero sin verse. Fundidos entre la multitud. Confundidos y desesperados.

Vuelven a casa. Por separado. Creen haber perdido el amor de su vida, la media naranja. ¡Ahora que lo habían encontrado! Pero la música volverá a unirles. Jim pone un disco. Suena la canción Always, al son de la cual se han abrazado en la sala de baile (no fue injustificada, pues, la versión sonora del film). 

Mary escucha la melodía, la reconoce. Viven pared con pared. El recuerdo la angustia. ¡Eh, oiga, baje el volumen de la música! Finalmente, descubren que, a pesar de todo, siempre habían vivido muy cerca, sólo que com-partidos. Aunque sin saberlo. Ya lo dijo Platón. 

Tenido por bastantes críticos cinematográficos como un autor «experimental», y aun «maldito», Fejos, después de todo, nos cuenta en Lonesome la más clásica de las historias: chico busca chica, chico encuentra chica, chico pierde chica, chico y chica se reencuentran al fin. Buen discípulo de F. W. Murnau, se esforzó por su parte en llevar a la práctica, hasta el frenesí, la teoría de la «cámara liberada». Sobre todo, en su siguiente film, Broadway (1929), basado en un gran éxito del musical neoyorquino. Hizo construir en el estudio una grúa con un brazo de 14 metros de longitud y que podía moverse a 32 Km/h. Multa por exceso de velocidad. Pocos años después, Fejos dejó Hollywood. Pero esa es otra historia. Aunque, sea como fuere, siempre nos quedará Lonesome.

¡Extra! ¡Extra!

Creo que es justo rendir un especial homenaje a Barbara Kent, fallecida el pasado 13 de octubre de 2011. Nacida en Canadá en 1907, fue una  actriz muy célebre y celebrada del cine silente, con una corta carrera en la etapa de cine sonoro y hablado. Su nombre remite para muchos al film No Man´s Law (1927), donde aparece bañándose desnuda, interpretación que despertó la natural expectación. Casi más que la de atrajo su compañero de reparto, un principiante Oliver Hardy haciendo de villano con parche. 

Además de estos méritos acuáticos, Barbara Kent intervino en películas notables, entre los que citaré tres títulos muy conocidos: El demonio y la carne (Flesh and the Devil, 1926), extraordinario melodrama dirigido por Clarence Brown, con Greta Garbo y John Gilbert al frente del reparto; Vanity Fair (1932), donde fue dirigida por Chester M. Franklin junto a Myrna Loy; y Oliver Twist (1933) dirigida por William J. Cowen y con el pequeño gran Dickie Moore interpretando al héroe de la historia.
Tendré en cuenta a Barbara Kent, si me decido a hacer una continuación de la entrada Cara ángel, por razones que saltan a la vista. Y desde luego la tendré presente, si el post lo dedico a sonrisas angelicales.



6 comentarios:

  1. D. Fernando, perdone que no participe esta vez, pero es que la tengo pendiente de ver, iba a ser vista la semana pasada, pero entre unas y otras cosas no he podido. Es que no me gusta leer nada antes de ver, aunque no "spoilee", vd. ya me entiende.
    Eso sí, presto acudiré a comentarle en cuanto la vea.

    Saludos.
    Roy

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  2. Nada hay que perdonar, amigo Roy. Todo lo contrario. Alabo la prudencia de la que hace gala al posponer el comentario crítico hasta el momento de haber visionado previamente la película. Confío en que le guste tanto como a mí. Quedo a la espera, pues, de su valoración de "Lonesome".

    Salucines

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  3. Interesantes líneas (como siempre) las que publicas en tu artículo sobre "Lonesome", una cinta sobre la que había leido pero que a pesar de ello no he visionado.
    Pese a lo manido del argumento romántico y a su poco original desarrollo, por tus reflexiones y por los magníficos planos de la película que las acompañan, comprendo perfectamente el entusiasmo que en ti despierta la peli.
    Estos planos además de gozar de una excelente plasticidad son auténticas metáforas de la reflexión de fondo entorno a la que gira la peli. La soledad del individuo frente a la masa, su incomunicación pese al bombardeo de palabras y frases (excelente el plano de la bella telefonista rodeado de las fantasmales cabezas parlantes) a las que se ve expuesto, la alienación producida por la "nueva" sociedad industrial y la incapacidad de crear vínculos y "contacto humano" entre esos individuos que andan perdidos y desamparados en la misma.
    La veré y además procuraré visionar algo más de este peculiar director húngaro.
    Salucines y gracias por la recomendación.

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  4. Es cierto, David. A diferencia de otros títulos coetáneos, y en especial, los comúnmente asociados al film, "Lonesome" no es una producción muy conocida ni citada. Sin embargo, contiene un verdadero recital de buen cine con mayúsculas.

    Compruebo por tus sagaces comentarios que, a pesar del largo periodo vacante en la blogosfera cinematográfica, sigues estando en plena forma.

    Welcome back y salucines

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  5. Menudo peliculón Fernando, una de esas obras olvidadas que es imprescindible ver. Curiosamente hace un par de semanas pusimos un reto con ésta película que provocó algunos nuevos y entusiastas espectadores, seguro que tu entrada provoca otros cuantos y así, entre todos, igual despertamos las ganas en una editora para que la publique en DVD.

    Realmente una película sorprendente, con un argumento tan simple que se puede resumir en tres frases, muda, que vi sin tan siquiera música añadida y en una calidad de imagen mediocre, y que me atrapó desde el principio a fin.

    Solo destacaré una cosa, que ya lo has dicho tú casi todo. Alucinantes los diálogos entre la pareja, largos, mudos, sin apenas carteles y sin embargo sabemos en todo momento lo que están diciendo, sentimos con ellos y nos emocionamos. Un maestro Fejos.

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  6. Gracias, Gourmet, por tu generoso comentario, el cual complementa con muy buen juicio el contenido del post. También yo celebraría que esta película ejemplar estuviese disponible pronto en DVD.

    Estuve al tanto de vuestro "reto" sobre "Lonesome". Reconocí al instante el fotograma, pero, claro, no quise "chafar" la participación de los muchos seguidores de "Cine para gourmets".

    Salucines

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