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lunes, 9 de junio de 2014

EL MARQUÉS DE SALAMANCA (1948)


Título original: El marqués de Salamanca
Año: 1948
Duración: 93 minutos
Nacionalidad: España
Director: Edgar Neville
Guión: Edgar Neville y Tomás Borrás
Música: José Muñoz Molleda
Fotografía: Manuel Berenguer
Reparto: Conchita Montes, Alfredo Mayo, Guillermo Marín
Productora: Comisión Organizadora del I Centenario del Ferrocarril / Edgar Neville

La reciente lectura de la excelente biografía novelada de José María de Salamanca y Mayol (Málaga, 1811 – Madrid, 1883), titulada El camino de hierro. Retrato del marqués de Salamanca (Suma de Letras, 2014) y escrita por Juan González Solano, me ha animado a volver a la película que Edgar Neville rodó en 1948 sobre tan distinguido personaje: uno de los empresarios más emblemáticos de la historia de España; aristócrata; político efímero; emprendedor (como se dice ahora) vocacional; esforzado impulsor de la red ferroviaria, tanto en España como en el extranjero; promotor del barrio del ensanche madrileño que hoy conocemos por su nombre (barrio de Salamanca); amante de la buena vida, de la mesa bien puesta y las mujeres hermosas; coleccionista de obras de arte y bibliófilo obsesionado con reunir los libros de caballería (primeras ediciones) que, según palabra de Miguel de Cervantes, enloquecieron de fantasía y aventura al señor don Quijote; hombre influyente y carismático, recibido por las cortes y las jefaturas de Gobierno de medio mundo; individuo respetado por todos y odiado por muchos, porque es cosa sabida que en este país (que diría Larra) la envidia es el primer pecado capital (y provincial), y no hay cosa que reviente más a la gente por estos pagos que contemplar el éxito ajeno, o simplemente, que haya quien tenga éxito, acaso porque pone al personal en evidencia…



El libro referido es altamente recomendable. Documentado con rigor y bien escrito, describe con pulso firme la hazaña de un hombre ejemplar en contraste con la España del siglo XIX, vapuleada por constantes revueltas callejeras; tumultos y motines populares que provocaban los correspondientes cuartelazos y levantamientos militares; por contiendas intestinas (las guerras carlistas); por cambios de Gobierno del tres al cuarto; por una corrupción incorregible y diríase endémica en las instituciones; por una monarquía borbónica boba y fatua; por un republicanismo cainita y resentido; por una población bruta y poco cultivada, que ni hace ni deja hacer, proclive al alboroto y la jarana, alérgica a los cambios, las inversiones y las innovaciones, aunque afecto a los trapicheos y regateos, las mudanzas y las alteraciones, lo variopinto y las varietésUn fresco histórico, como puede comprobarse, de rabiosa actualidad, circunstancia ésta que el autor del libro no sólo procura esquivar sino que la estimula con suma eficacia y elegancia.

«Una plaga de inacción económica que ya duraba cinco años. Era posible que hubiese algo más, ese incomprensible e inmutable odio de los españoles por lo moderno. Aquí todos alardean de estar al día, pero en cuanto les presentas una innovación, la desprecian, la ignoran o la combaten, o las tres cosas a la vez. Luego, eso sí, decenios más tarde, cuando la innovación ya es moneda corriente, presumen de estar a la última.» (pág. 338).


El marqués de Salamanca (1948), bien es verdad, no es uno de los films más significativos ni memorables de la obra cinematográfica de Edgar Neville, notable y muy meritoria en su conjunto. Con un reparto de primera categoría, en el que destacan Alfredo Mayo en el papel protagonista y Conchita Montes (a la sazón, amante del director), se limita a encadenar secuencias ambientadas en la Bolsa madrileña y escenas de gabinete ministerial, combinadas con descripciones de la vida social de la época, dejando de lado la verdadera pasión y acción empresarial del personaje, quien a veces da más la impresión de ser un vividor que un emprendedor. El hilo conductor amoroso está centrado en la relación con María Buschental (Conchita Montes), esposa de un amigo y rico financiero, José Buschental (Guillermo Marín); en realidad, gran amiga y episódica amante de José de Salamanca. Y, en fin, el rey Alfonso XII actúa de narrador de la trama, lo cual realza la figura del protagonista, aunque dicho cometido resulte bastante inverosímil.




Edgar Neville tiene en su haber trabajos mucho más valiosos que el referido: La señorita de Trevélez (1936), La torre de los siete jorobados (1944), La vida en un hilo (1945), El crimen de la calle Bordadores (1946) y, en particular, el último que realizó, Mi calle (1960). ¿Por qué detenernos, entonces, en El marqués de Salamanca? Porque, aun siendo un «trabajo menor», representa el homenaje a un individuo notable que, a su vez, guarda muchos puntos en común con el director de cine nacido en Madrid. Doble homenaje, pues. Consideremos el siguiente paralelismo entre Salamanca y Neville.
 
Edgar Neville
Tanto uno como otro fueron aristócratas; bon vivants y mujeriegos;  casados los dos (aunque no entre sí), solían vivir alejados de sus correspondientes cónyuges, lo cual no impidió que mantuviesen corteses relaciones con ellas; caballeros elegantes, cuando no dandis (mandaban confeccionar sus trajes y prendas de vestir a sastres de Londres y París); creativos y creadores; viajeros con mando en plaza española y extranjera; maestros en el arte de la diplomacia; soñadores y arrojados, a menudo hasta impulsivos y temerarios; generosos y magnánimos (también derrochadores; con su propio dinero, todo sea dicho); espíritus libres, renuentes a toda clase de convencionalismos; promotores ambos de negocios inmobiliarios, empresariales y privados (la mansión de Neville en Marbella, Malibú, fue comprada por el actor Sean Connery); como genuinos empresarios, conocieron la riqueza y no fueron ajenos a la quiebra económica; amigos de sus amigos, procuraron ignorar a sus (muchos) enemigos, sin miedo al riesgo ni al qué dirán; conservadores al tiempo que innovadores; sujeto/objeto de escándalo para los espíritus más pacatos y resentidos; próximos, y en muchos casos, íntimos, de personalidades del mundo de la política (aunque sin servilismos), las finanzas y las artes; aficionados a la vida social y las tertulias.

Parafraseando al historiador griego Plutarco, diría que la existencia de José de Salamanca y de Edgar Neville se me antojan dos vidas paralelas. Y aceptando, por otra parte, el juego lingüístico propuesto ad hoc por el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, añado que las tengo por dos vidas para leerlas. A lo que agrego, en fin, de mi propia cosecha, que también para verlas en cine.



lunes, 2 de septiembre de 2013

ROBERT MCGINNIS, ILUSTRADOR


Cumpliendo un rito anual, he visionado este verano, una vez más, el film Centauros del desierto (The Searchers, 1956), dirigido por John Ford. Para mí, la mejor película de todos los tiempos. Por si esto fuera poco, he añadido a la luminosa ceremonia cinematográfica, una muy oportuna y apasionante lectura: la novela de Alan Le May (Valdemar / Frontera) en que está basada la turbadora tragedia filmada por el más grande director de la historia del cine. No voy a reseñar en esta entrada ni la película ni la novela; no podría en tan poco espacio y tiempo... Es mi propósito ahora y aquí reparar en la portada del libro y homenajear al autor de la pintura que la realza: Robert E. McGinnis.

El cuadro que refiero, y encabeza el post de esta semana, tiene una fuerza poderosa. Representa la figura de perfil de John Wayne en uno de los momentos más impactantes del relato sobre los «rastreadores», en el que Ethan Edwards (Amos Edwards en la novela), tras el ataque comanche que masacra la familia Edwards, buscando a su sobrina Debbie, encuentra en el cementerio familiar, la manta que la envolvía y la muñeca de trapo que la acompañaba a todas partes, hasta que fue raptada por los indios.

Además de esta magistral pintura, el artista compuso otros trabajos muy meritorios inspirados en la gestas del antiguo Oeste, todos ellos en consumado estilo realista americano.






No obstante, no fue por el estilo realista artístico ni por los cuadros de recia pincelada por lo que es más conocido el pintor nacido en Cincinnati, Ohio, en el año 1926. McGinnis es uno de los más celebrados ilustradores de la era del pop. Todo buen aficionado reconoce, recuerda y admira los carteles de películas y las ilustraciones sobre famosos films de los sesenta y setenta de los que es autor.


Desayuno en Tiffanys (Breakfast at Tiffany's, 1961)


Barbarella (1968)






James Bond, Agente 007

No es todo, amigos... McGinnis puede ser considerado, asimismo, como el primer artífice de las pin-ups de las décadas denominadas «prodigiosas». La verdad es que prodigiosas son…



 


lunes, 28 de enero de 2013

LA LECCIÓN DE BILLY WILDER



Me recordó la anécdota cinematográfica que les traigo esta semana en Cinema Genovés un caso, no menos real que el aquí referido, el cual ha sido contado por un amigo, escritor también, en Facebook, recientemente. Acababa mi amigo de recibir una «oferta» por parte de una especie de editorial, consistente —aunque yo diría que muy poco sólida— en lo siguiente:

«Encontré su contacto buscando nuevos autores en Internet. Me gustaría leer una breve biografía suya, el resumen de una obra completa que quiera publicar y una muestra de la misma, para valorar si encaja en nuestra línea editorial. Con los autores que tienen pocos o ningún libro publicado en España trabajamos en coedición, cubriendo la mitad de los gastos de edición. En este caso trabajamos durante dos años junto con el autor para darle a conocer en España. Le agradezco de antemano y quedo a la espera de sus noticias.»

El receptor de la misiva, autor de una considerable obra, en cantidad y calidad, respondió con ironía y un punto de sarcasmo. He aquí el resumen: «Por supuesto que iríamos a medias en los gastos: ustedes aportan el gasto de dinero en metálico y yo el gasto de materia gris, trabajo y tiempo indispensables para escribir un libro.» Y así de paso, añadía, les enseño a ustedes el oficio de editar, los buenos modales y a saber distinguir el género con el que se trabaja.

Al estar familiarizado yo mismo, por motivos profesionales, con el mundo editorial, les aseguro que este caso no es el único. También en el mundo de la banca pasan cosas parecidas, y aun mucho más serias y onerosas. Acude uno a una entidad bancaria con el propósito de abrir una cuenta y le preguntan por su solvencia. ¿Qué pasa con la suya?, debería de contestar el cliente de inmediato.

Pues bien, la anécdota que les anuncié al principio tiene que ver con estos cuentos, aunque en esta ocasión esté situada en el mundo del cine, razón por la cual la traigo a Cinema Genovés. No obstante, sépase que con ella inauguré el 18 de marzo de 2010 mi blog sobre filosofía y literatura, Librepensamientos, todavía activo, un espacio al que les invito que visiten cuando les apetezca. 


La entrada lleva por título «Usted primero». Dice así:

«Biógrafos, gacetilleros y estudiosos de la obra cinematográfica de Billy Wilder cuentan muchas y muy sabrosas anécdotas sobre la vida del genial director norteamericano de origen centroeuropeo. Nada sorprendente, después de todo, tratándose de un personaje de tanto ingenio y talento. Hay una secuencia vital de Wilder que me conmueve sólo recordarla. Y desearía traerla aquí y ahora como primera «Hoja Nueva» que brota de este árbol blogero con una nueva primavera a las puertas.

Billy Wilder es por entonces un cineasta anciano, una leyenda viva del Séptimo Arte. Su última película —Aquí un amigo (Buddy, Buddy, 1981)—, no ha tenido gran éxito de público ni de crítica. Algunos amigos le animan a emprender nuevos proyectos. Seguro que bullen en su cabeza estupendas historias que llevar a la pantalla. Billy merece un colofón magnífico para su magnífica obra. Como John Ford. Como John Huston.

He escuchado y leído varias versiones de la escena que ahora reproduzco. No sé si es la mejor o la más próxima a la realidad. No importa. Así debió de ocurrir.

El viejo director no ignora que Hollywood ya no es lo que era. ¡El creador de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950)! Los despachos de producción de los estudios cinematográficos de mediados de los años 80 están ahora ocupados por jóvenes ejecutivos, más formados en las finanzas y los hedge funds que en la historia del cine. Wilder saca del cajón un antiguo guión y lo presenta a uno de estos nuevos gestores del cine. Le dan cita. Le hacen esperar. Finalmente, le recibe un prometedor productor, quien, sin duda, no sabe con quién está a punto de hablar.

— Señor Wilder, ¿dice usted que desea hacer un film con nosotros?
— Así es.
— Trae el guión, ¿no es cierto?
— Muy cierto.
— Pero, tal vez sería interesante hablar antes del curriculum.
— Usted primero...»



lunes, 21 de enero de 2013

MOBY DICK EN EL CINE



No ha tenido, a mi parecer, una buena recepción en el cine la novela de Herman Melville, Moby Dick. Un hecho especialmente llamativo, dado no sólo el valor del título —todo un clásico—, sino además la fenomenal celebridad del mismo, reconocido por muchos como un monumento inmortal de la literatura universal. Es más: el asunto contenido en el libro ha traspasado los límites de la propia literatura, habiéndose convertido en un relato, todo un mito, por todos conocido, hayan leído o no esta poderosa fábula épica y/o teológica.

La nómina de films que tengo en mente basados, más o menos fielmente, en el libro sobre la ballena blanca se limita a unos pocos epígrafes, teniendo en cuenta que dejo al margen las versiones, no digo «libres», sino libérrimas de la novela, además de las producciones de dibujos y animación, que, en este caso sí, hay bastantes. Entiéndase esta discriminación no como un desestimación de estos trabajos, sino como lo que, en rigor, significa la palabra «discriminación», a saber: acción de diferenciar, discernir y distinguir; esto es, apreciar dos cosas como distintas o desiguales.


Lo que me interesa ahora es llamar la atención sobre la poca fortuna que ha tenido la adaptación al cine de este asunto grandioso: el duelo a muerte entre el capitán Ahab y Moby Dick. Y adelanto mi opinión al respecto: esta empresa está todavía por lograrse con éxito. Eso, si es que el cine contemporáneo (o acaso una ambiciosa serie de televisión) está en condiciones de producir tamaña gesta. Lo que es mucho decir…


De 1926 es The Sea Beast (La bestia del mar), película muda dirigida por Millard Webb y protagonizada por John Barrymore y Dolores Costello, de la cual se hizo una nueva versión hablada en 1930, dirigida por Frank Lloyd con el mismo actor, aunque, en esta ocasión, con Joan Bennett en el papel protagonista femenino. ¿Papel protagonista femenino?, preguntará incrédulo y aun perplejo el lector atento y versado en la materia. Porque, en efecto, la historia original (eran tiempos en los que la cuota feminista todavía no se había impuesto en el «mundo de la cultura») trata, en suma (1+1=2), acerca de la pugna heroica entre el hombre y la bestia. La bella, ay, no centra allí la acción. Hay y habrá otras ocasiones.



He aquí ya señalado —esto es, la licencia extrema de esta lectura tan particular del clásico— el principal motivo de mi frialdad y decepción respecto a esta cinta, aun aceptando que se trata de un producto bien realizado y muy entretenido, aunque, caramba, pasa por la fuente original como la ballena asesina surca los mares, arrasando y devorándolo todo, sin contemplaciones. Moby Dick no es una historia de amor. Es una historia sobre el odio. ¿Si se quería hacer otra cosa, porque utilizar este título en vano…?

La historia de Moby Dick conoció años más tarde una traslación al teatro dirigida por Orson Welles. La representación parece que fue filmada en 1955, si bien no se conserva ninguna copia de la misma. Así pues, es tenida por perdida (valga la paradójica expresión…).


En 1956, John Huston dirige la versión más conocida de la obra, protagonizada por Gregory Peck, en el rol de capitán Ahab, con guión de Ray Bradbury. La película no es mala, pero tiene una objeción inexcusable: la elección de Gregory Peck para interpretar a Ahab. Ni el mejor director del mundo (y Huston no lo es) hubiese podido obrar el milagro. 

Peck es actor de un solo registro y gracias: Atticus en Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962 - Robert Mulligan). Y quien no puede ni matar una mosca (quien dice una mosca dice un pajarito…), ¿cómo esperar que acabe con el Leviathan marino? Peck pone cara de duro (o de preocupado por el pago de la hipoteca, no sé...), aprieta los dientes y ya está. Lamento decirlo, si es que me lee algún (o alguna) fan de Peck.



Orson Welles interpreta en el film de 1956 al padre Mapple. ¿Se lo imaginan de Capitán Ahab? Encaramado en el puesto de mano del Pequod en lugar del púlpito de la iglesia. Ah, eso ya sería otra cosa… Otro actor, otra elección.


Del año 2004 es Capitaine Achab, producción francesa dirigida por Philippe Ramos, con Valérie Crunchant y Bonpart Frédéric en el reparto, la cual no tengo el gusto de conocer.

¿Me he dejado algo o a alguien? Sea como sea, lo dicho. Aquí estamos en cubierta, al descubierto, esperando la novedad, la aparición, el grito que aúna esperanza, excitación y temor: ¡por allí resopla…!



lunes, 22 de octubre de 2012

CAMAS, CAMEOS Y APARICIONES DE GROUCHO


Lo diré sin rodeos: para mí, Groucho Marx es el cómico más grande de la historia; del cine y del espectáculo, en general. Visiono sin cansancio, una y otra vez, las películas en las que aparece, aunque no haga de protagonista, solo o con sus hermanos. Tampoco me importa que se trate, en efecto, de una «aparición» en sentido estricto, es decir, una participación fugaz, un pequeño papel, en un film. Ni de un cameo, un paseo por la pantalla todavía más breve.

Fotograma de The Big Store (Tienda de locos, 1941)

Hablando de cameos, no sé si saben que en el año 1930, Groucho escribió un pequeño libro titulado Camas. Mientras la Bolsa neoyorquina ya había caído a plomo y la Gran Depresión avanzaba, Julius (verdadero nombre del genio) estaba obsesionado por las camas. Concibió, entonces, algunas situaciones cómicas en relación al mueble principal del dormitorio, se hizo fotografiar con amigas (y amigos) sobre el lecho y en este plan. ¿Por qué esa obcecación por las camas? Tal vez porque buscaba un colchón seguro donde guardar los ahorros…






«En un hotel de Cleveland, mientras me familiarizaba con una interesante cama, nueva para mí, sonó un fuerte golpe en la puerta. Me alisé instintivamente el cabello (la primavera estaba al caer) y pregunté, expectante:
      —     ¿Quién es?
      —     Una carta para usted —respondió el botones.
      —    ¡Échala por debajo de la puerta! —repliqué, alborotándome otra vez el cabello.
      —     No puedo, señor —objetó el botones—. Está en una bandeja.
      Unas horas más tarde, nos despertamos —el “nos” es editorial— al sonar nuevos golpes en la puerta. Era el mismo botones; jamás olvidaré su voz.
      —     Son las seis — anunció.
      —     ¡Pero si dije que me despertaran a las diez! —aullé.
      —     Lo sé —nos informó—. He llamado únicamente para decirle que le quedan cuatro horas de sueño.»


«Es una tontería mirar debajo de la cama. Si tu mujer tiene una visita, lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse únicamente para conseguir dónde colgar la ropa.»

*

Mr. Music (1959), film de la Paramount, dirigida por Richard Haydn. En la secuencia, Groucho con Bing Crosby, Charles Coburn y the girls...




En esta otra secuencia del mismo título, Groucho ejecuta una parodia junto a Bing Crosby de la canción Life Is So Peculiar

*


Will Success Spoil Rock Hunter (1957), film de la Twentieth Century Fox, dirigido por Frank Tashlin, e interpretado por Tony Randall, Jayne Mansfield y Joan Brondell, entre otros miembros del reparto. Groucho aparece junto a la Mansfield en una de las secuencias finales recogida en este trailer.

*


En el film de episodios The Story of Manking (1957), Groucho interpreta a un sagaz comerciante holandés que negocia la compra de Manhattan con el jefe nativo de la isla . Al final se queda con la tierra y con la hija del gran jefe...

*



Skidoo (1968) es una enloquecida comedieta de estética hippie realizada por el todo terreno Otto Preminger, director de grandes películas, pero que, asimismo, tanto valía para un roto como para un descosido. Groucho parece estar aquí fuera de sitio. Pero es Groucho, después de todo…



— Fúmate un porro, colega
— Oh, sí, muchas gracias, joven


DESPEDIDA

«La política no hace extraños compañeros de cama. Los hace el matrimonio.» (Groucho Marx)


lunes, 2 de julio de 2012

LAS CONTRADICCIONES EN EL ARTE Y EN LA VIDA


El escritor Raymond Chandler fue advertido en diversas ocasiones acerca de la oscura autoría de uno de los crímenes de su alambicada obra El largo adiós, el cual queda sin aclarar, en la cascada frenética de desapariciones, asesinatos y engaños que trufan la novela. 


En todo momento, Chandler ni se inmutó ante tal desliz, como preguntándose por qué le planteaban tal cosa, cuando él era solamente el autor del libro... Tampoco parece que a Howard Hawks le preocupase dicha singularidad en la trama, cuando al dirigir la adaptación cinematográfica del libro, realizada en 1946, no le puso remedio en el guión del film ni en la propia narración.


Luis Buñuel, por su parte, se divertía horrores (¿por qué me sigue pareciendo tan atractiva y sugerente esta expresión, aparentemente viciada de ¡contradicción!?) cuando se le preguntaba por el significado de determinadas secuencias cinematográficas en la película El discreto encanto de la burguesía (1972). Solía salir por la tangente con respuestas de este tenor: «¿Qué tiene de extraño ver aparecer un pavo real en un dormitorio, si ello ocurre en una película? ¿Homenaje a Serguei Eisenstein y al film Octubre? Esa sí que es una pregunta extraña. Es sólo un pavo real. Nada más». 

¡Cómo son algunos! Preguntar semejante cosa a uno de los maestros del surrealismo...


Alfred Hitchcock ideó el particular artificio del MacGuffin a fin de evitar el tener que justificarse continuamente sobre los pormenores más fastidiosos de los guiones que rodaba —¿por qué persiguen al protagonista y quiénes son?, ¿de qué bando o partido son?, etcétera— y poder así concentrarse en el desarrollo de la acción y en el suspense, sin más distracciones, ni explicaciones de más? Todo lo demás le aburría mucho... 

Una incongruencia o una contradicción no tienen, a mi juicio, la menor importancia en la narración literaria y cinematográfica, porque tampoco tiene ningún valor su contrario. Una novela policiaca no debería leerse desde la perspectiva del rigor y la precisión que cabe exigir, por ejemplo, a un informe pericial de la policía judicial, a riesgo de transformar el placer literario en un rigor mortis de aburrimiento

Tampoco es saludable visionar un film con ojos demasiado ávidos de rigorista fidelidad y miradas hambrientas de realismo; por ejemplo, jugando a ver quién es el primero en descubrir el menor fallo de raccord y una transparencia de guiñol o cotejando inmisericorde una cinta con los hechos y, en su caso, con los libros en que dice basarse.



Cuando Billy Wilder tenía que defenderse de las exigencias de la censura y de los códigos de ética cinematográfica al objeto de que modificase algunos aspectos demasiado «realistas» o «mórbidos» que dejaban verse en sus películas, miraba a sus perseguidores con ojos de sorpresa y encogiéndose de hombros sólo acertaba a afirmar: «Señores míos, esto es sólo una película. Nada más que eso».

Las equivocaciones, las incoherencias y las contradicciones sí tienen en la vida real una relevancia indiscutible, que sólo un desaseado intelectual, un irresponsable moral o un quimérico soñador —con los atributos anteriores añadidos— podrían negar. 

Que el personaje Lord X (Jack Lemmon) lleve en la película Irma la dulce (Irma la Douce, 1963) el parche en el ojo izquierdo en una secuencia y en la siguiente se traslade al ojo derecho, es sólo un gag ingenioso producto del ánimo por lo chocante del guionista-director Billy Wilder. De lo  cual no cabe sacar muchas más corolarios (o como también se dice, «lecturas»). 

Pero que un político anuncie que controlará el gasto público y no subirá los impuestos, para, a continuación, darnos gato por tasa, seguir despilfarrando a costa de las cuentas generales y arruinar al contribuyente con infinitas cargas fiscales, eso, qué quieren que les diga, sí que son contradicciones que deben vigilarse.



La idea básica de esta entrada procede del capítulo «La pasión por la contradicción y otras incoherencias», incluido en mi ensayo Razones para la ética (1996). Porque yo, en realidad, he venido aquí a hablar de mi libro
¿Y a santo de qué se me ha ocurrido sacar ahora a relucir mi libro, del que he venido hoy a hablar aquí? Pues eso es algo que, francamente, no lo sé...