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lunes, 18 de mayo de 2015

EL CASO WINSLOW (1948)


Título original: The Winslow Boy
Año: 1948
Duración: 117 minutos
Nacionalidad: Reino Unido
Director: Anthony Asquith
Guión: Terence Rattigan y Anatole de Grunwald, a partir de la obra teatral del propio Terence Rattigan
Música: William Alwyn
Fotografía: Frederick Young
Reparto: Robert Donat, Cedric Hardwicke, Basil Radford, Margaret Leighton, Kathleen Harrison, Francis L. Sullivan, Marie Lohr, Jack Watling, Walter Fitzgerald, Frank Lawton, Neil North, Nicholas Hannen
Producción: British Lion Film Corporation


Ambientada en la Inglaterra de principios del siglo XX, El caso Winslow refiere una ejemplarizante y, al mismo tiempo, emotiva historia sobre la defensa del individuo contra la presión de los Gobiernos. Una lucha trágica por lo que tiene de heroica, pero a la vez turbadora, desgarradora y costosa. En la pugna contra el Poder, uno tiene siempre las de perder, aun cuando gane, pues muchas son las heridas que debe lamerse, curar y cicatrizar tras la escaramuza o litigio. Por ello resulta de tanto valor (especialmente, en sentido moral) la gesta del héroe para quien el gesto es lo que importa: frenar con firmeza la injusticia y luchar por lo que consideramos correcto.

Terence Rattigan, el director Anthony Asquith, y Neil North en el set de rodaje del film

Basado en un hecho real, el dramaturgo Terence Rattigan estrenó en Londres, año 1946, la obra The Winslow Boy (El chico de los Winslow) centrada en el célebre caso Winslow contra la Corona, el cual tuvo importante repercusión social, política y jurídica en el Reino Unido de la época en que sucedieron los hechos. Ajustándose fielmente al texto, el cine ha conocido dos versiones: en 1948, la producción británica dirigida por Anthony Asquith y protagonizada por Neil North (Ronnie), Robert Donat (Sir Robert Morton), Sir Cedric Hardwicke (Arthur), Margaret Leighton (Catherine); y en 1999, la producción norteamericana dirigida por David Mamet, con el siguiente reparto principal: Nigel Hawthorne (Arthur), Rebecca Pidgeon (Catherine) y Jeremy Northam (Sir Robert Morton). 



Los dos films son excelentes, si bien me he decantado en la presente entrada por reseñar la primera versión, atendiendo preferentemente al gran valor de las magnificas interpretaciones llevadas allí a cabo por el elenco actoral. Pero, vayamos a los hechos.

En el año 1912, Ronnie Winslow, un cadete de catorce años de edad, que cursaba estudios en el Royal Naval College (institución militar), fue expulsado del centro bajo la acusación de haber robado a un compañero del centro un giro postal de cinco chelines. Sin opción a defenderse, el muchacho es castigado sumariamente, aunque sin proceso formal; sencillamente, devuelto a casa de sus padres, bajo el estigma del oprobio y la humillación. El padre, Arthur Winslow, persona íntegra y de honor, le pregunta dos veces a su hijo menor si es culpable o inocente. El joven Winslow responde en ambas ocasiones: inocente. Esto basta para el progenitor, convencido de que la mentira no habita en el hogar que se ha esforzado por crear, junto a su esposa, y los dos hermanos mayores de Ronnie: la muchacha, una moderada sufragista, y el primogénito, estudiante en Oxford y apasionado de los bailes de moda.



Arthur Winslow, no dispuesto a aceptar tamaña afrenta, solicita a Sir Robert Morton, célebre abogado londinense y miembro del Parlamento, que se haga cargo el caso, demande a la institución educativa-militar y exija una rectificación y reparación de daños, para lo cual la Ley obliga a una Petición de Principios [Petition of Right], porque la naturaleza de la demanda afectaba al dominio del Corona (considerada infalible…). Pronto, el jurista asuma con determinación la causa. Y con pasión, a medida que los organismos señalados se resisten a retractarse, subiendo incluso el tono de su discurso: el que ofende suele hacerse el ofendido.

En una sesión parlamentaria, que aborda el asunto, el primer ministro llega a afirmar: «en ciertos casos los derechos particulares deben ser sacrificados por el bien común. Además... ¡el Gobierno de Su Majestad no se dejará intimidar por las amenazas o actitudes grandilocuentes vengan de donde vengan!» Palabras mayores éstas, lanzadas contra una sociedad, como la anglosajona, donde los principios liberales y de respeto a la persona son generalmente asumidos y aun tenidos por sagrados (en el sentido, de inviolables). Un prontuario, en fin, que:

 […] siempre motivó al ciudadano inglés, y que espero que siempre siga motivando, donde quiera que esté. En su castillo, en su patio trasero o en la casa más humilde de la esquina de la calle más humilde: «Que se haga lo correcto» [Let right be done]. (Sir Robert Morton)



El pleito se alarga durante más de dos años, lo cual causa importantes quebrantos en la familia Winslow, cuya unidad e integridad es esencial para la marcha del mismo. El padre ve quebrantada la salud como consecuencia de la tensión y la gravedad del asunto. La economía familiar sufre un duro golpe al tener que afrontar grandes gastos, provocando, entre otros efectos, que el hijo mayor abandone los estudios en Oxford y la hija pierda su dote con vistas a una próxima boda. Aunque bastantes conocidos apoyan su actitud, el alboroto y la ruidosa publicidad del caso incomodan a las personas discretas, como los Winslow, y todavía más en la timorata y excitable sociedad postvictoriana.

Finalmente, el tribunal falla a favor del demandante, y la Corona, mediante declaración pública del Almirantazgo, pide las correspondientes excusas y rehabilita el honor de la familia Winslow. Magnífica secuencia la que cierra el caso y el film.

En la vivienda, el padre y la hija Catherine, su más fiel aliada durante la larga querella, reflexionan sobre el futuro y las consecuencias de la misma. De pronto, irrumpe la criada, exultante y jubilosa, en el salón, informando del feliz desenlace. ¿Feliz? En la calle se arremolina la multitud entonando el himno a la alegría: «For He's a Jolly Good Fellow» (Porque es un buen muchacho) . ¿Alegría? Entra en escena el chico de los Winslow, quien estaba en el cine y la madre, que estaba de compras (la vida debe continuar). A continuación, Sir Robert Morton comparece dando cuenta formalmente a la familia de la resolución, la cual es leída en voz alta. Silencio y circunspección en los Winslow, gesto serio en el abogado Morton, lo que contrasta con el bullicio exterior y entre el servicio doméstico. Amarga victoria, después de todo. Aunque necesaria.


A fin de suavizar la situación, y aportarle un tono de satisfacción (o acaso también, consolador y de recompensa), el film se cierra con un rayo de dichosa expectativa en la vida de los Winslow. Catherine despide al abogado en la puerta trasera de la casa, para evitar así la conglomeración en la entrada principal:

Sir Robert Morton: Lloré hoy [tras escuchar el fallo judicial] porque se hizo lo que era correcto.
Catherine: ¿No justicia?
Sir Robert Morton: Justicia, no. Lo correcto. Es fácil hacer justicia. Difícil es hacer lo correcto. Pero se hizo lo que era correcto. [Enciende un cigarrillo. Ofreciendo otro a la muchacha]. ¿Fuma?
Catherine: Por supuesto. No sabía que usted fumara.
Sir Robert Morton: A veces lo hago. En ocasiones… muy especiales. ¿Aún se dedica a las actividades feministas?
Catherine: Oh, sí.
Sir Robert Morton: Qué pena. Es una causa perdida.
Catherine: Conoce usted muy poco a las mujeres, Sir Robert. Adiós. Creo que no nos veremos más.
Sir Robert Morton: ¿Eso cree? Conoce usted muy poco a los hombres, Srta. Winslow.




lunes, 11 de mayo de 2015

STARS IN MY CROWN (1950)



Título versión española: Estrellas en mi corona
Año: 1950
Duración: 86 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Jacques Tourneur
Guión: Margaret Fitts y Joe David Brown, a partir de la novela de Joe David Brown
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Charles Edgar Schoenbaum
Reparto: Joel McCrea, Dean Stockwell, Alan Hale, Ellen Drew, Lewis Stone, James Mitchell, Amanda Blake, Ed Begley, Connie Gilchrist, Charles Kemper
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)


Película no estrenada en las salas comerciales de cine en España (aunque sí ha sido emitida en las cadenas de televisión), Stars in my Crown (1950) es un título sobresaliente en la historia del cine, una obra maestra, por decirlo en dos palabras. Y, a mi juicio, el mejor trabajo del director Jacques Tourneur. Sí, sí, incluso por superior a su film más renombrado, Retorno al pasado (Out of the Past, 1947). Ocurre que esta soberbia cinta constituye un clásico del género policiaco, lo que no es poco. Pero, Stars in my Crown apunta más alto todavía: es un clásico total, una obra realizada en estado de gracia, una síntesis maravillosa de buen oficio y de emoción a flor de piel. Una obra que debe verse.

Y es el caso que la conmovedora historia contenida en Stars in my Crown supone a su vez, para los protagonistas y el espectador, un retorno al pasado… Una voz en off abre el film con aires de nostalgia y nos acompaña durante todo el metraje. La añoranza del pasado, de los viejos tiempos en una infancia feliz, habla en boca del personaje John Kenyon, quien toma cuerpo de mocedad en un pueblo sureño de Estados Unidos, papel encarnado por Dean Stockwell, entrañable y muy buen actor infantil. Nos cuenta aquellos maravillosos años de la adolescencia en que, según confiesa el chaval a un amigo, echados ambos sobre un monte de heno tirado plácidamente por un carro, que sí fuese Dios, haría que todo el año fuese verano, estación cálida y de recreo continuo.



Sólo pensando en ir a pescar con el viejo vecino negro Famous (Juano Hernández), descubriendo el mundo con los compañeros de aventuras, esperando la llegada de los feriantes ambulantes que les transporta a un firmamento de magia y prodigios, y volviendo a casa donde le aguarda una enorme tarta de chocolate sobre la mesa de la cocina. También cantando los domingos en la iglesia Stars in my Crown y otros himnos de la alegría.

En el hogar y la vida de John —también en la parroquia— está, por encima de todo y en lugar preferente, Josiah Gray (Joel McCrea), pastor de la iglesia, a quien toma por —y quiere como— a un padre. Parson/Gray es persona gentil y un tipo fuerte y valeroso, su héroe, a quien sigue y cuyos gestos y movimientos imita: deliciosa secuencia en la que uno tras otro pasan el dedo por la superficie del pastel recién preparado en la cocina, y así saborear el dulzor del chocolate, tanto como la complicidad de la travesura compartida.




La novela escrita por Joe David Brown y la versión cinematográfica de Stars on my Crown realizada por Jacques Tourneur, remiten a grandes clásicos de la literatura y el cine, a los mundos recreados por Mark Twain (Tom Sawyer y Huckleberry Finn), por Thornton Wilder (Our Town; historia llevada al cine en 1940 por Sam Wood), también por Harper Lee, autora de la novela Matar a un ruiseñor (1960), llevada al cine por Robert Mulligan en 1962. Muchos son los paralelismos que pueden trazarse en estos casos, entre algunos otros más. 

Porque si el joven John es un sosias de los héroes del río Mississippi y el pueblo de Stars in my Crown es nuestra ciudad, la "ciudad en la cima" del imaginario norteamericano, Josiah Gray es, sin ninguna duda, el referente y modelo del celebérrimo Atticus Finch.

Stars in my Crown contiene múltiples, ricas y evocadoras facetas en una narración rebosante de contrastes. Porque lo que en otras manos fuese conformado una dulzona, sensiblera y aun cursi cuento rural de hadas y habas, en este maravilloso film hállase un inteligente y enternecedor relato de tan alta humanidad que no oculta ni maquilla los conflictos que en ella concurren ni sus lados oscuros.


Gray es Parson (pastor religioso), pero al mismo tiempo, veterano de la Guerra Civil americana, hombre duro y con principios que no se deja amedrantar fácilmente. Ni tampoco que corta de usar un cuchillo, empuñar el látigo o desenfundar el revólver cuando es menester a fin de imponer el orden y la justicia en la comunidad. 

Su relación, por ejemplo, con el  joven doctor Kalbert Harris (James Mitchell) sugiere un choque de competencias, una aguda contienda entre religión/fe y ciencia/razón, que acaban armonizándose. Ambos personajes tienen sus criterios y puntos de vistas propios, pero, asimismo, sus dudas e incertezas, sobre la vida, en general. Y, en particular, en cómo afrontar la epidemia de fiebres tifoideas que golpea a los habitantes de la localidad. 

Hermosísima la secuencia en la que el médico sale de la vivienda de la maestra —y novia— Faith (Amanda Blake), quien ha contraído la enfermedad y ha sido desahuciada por el propio doctor, cruzándose en la puerta con Gray, que le releva. Arrodillado al lado de la cama de la falleciente Faith, Parson reza en silencio. De pronto, los visillos que cubren las ventanas de la habitación se hinchan por efecto de una suave y saludable brisa, un soplo de vida llega hasta la cabecera de la muchacha, quien poco a poco comienza a despertar del sueño, a revivir.


La gente del pueblo de Stars on my Crown es, por lo general, simpática y hospitalaria, pero no faltan granujas, como en todas partes. Hay un grupo de villanos, capitaneados por un tipejo que hostiga al viejo Famous con el propósito de que le venda su propiedad para así ampliar un negocio. El humilde pero perseverante Famous se resiste una y otra vez a la oferta, llegando a ser intimado por sujetos disfrazados de fantoches del Ku Klux Klan para quebrar su voluntad. No menos notable es la secuencia en la que Gray/Parson, observado por el joven John, hace frente a la turba, no con violencia, sino con una inteligente estratagema en la que va revelando, por sus nombres, la identidad encapuchada de los bribones, logrando hacerles retroceder y que vuelvan a sus casas.


Gray no es abogado ni es mundialmente conocido, como lo es Atticus Finch. Pero, sabe resolver situaciones beligerantes y peligrosas con energía e ingenio, sin recurrir a la violencia. Al menos, en algunas ocasiones, como en ésta. Un película de cinco estrellas.


lunes, 4 de mayo de 2015

THE SECRET SIX (1931)


Título versión española: Los seis misteriosos
Año: 1931
Duración: 83 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: George W. Hill
Guión: Frances Marion
Fotografía: Harold Wenstrom
Reparto: Wallace Beery, Lewis Stone, Johnny Mack Brown, Jean Harlow, Marjorie Rambeau, Paul Hurst, Clark Gable, Ralph Bellamy
Producción: Cosmopolitan Productions / Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

Hoy en día, mencionar al director George W. Hill (1895-1934) no dirá gran cosa a la mayor parte de aficionados al cine. Todo lo más, puede que algunos lo confundan con un cineasta posterior de nombre semejante: George Roy Hill (1921-2002), realizador de Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969), entre otros populares títulos. El George Hill del que hablamos esta semana en Cinema Genovés, el primero de ellos, nos remite a los primeros compases de la historia del cine y, más en particular, a la productora Metro-Goldwyn-Mayer recién constituida, gran estudio en el que el cineasta se afirmó como un valor seguro, hasta su temprana muerte. 

Durante el rodaje del film The Good Earth (1937), basado en la muy celebrada novela de Pearl S. Buck, el director se suicidó, siendo aparcada la producción durante varios años, hasta que Sidney Franklin la concluyó. Quedó así dramáticamente truncada una filmografía limitada a dos decenas de títulos, algunos de bastante interés. Entre ellos, The Secret Six (Los tres misteriosos, 1931).

Interesante, en primer lugar, por tratarse de una de las obras pioneras del género gángsters, a partir de cuya datación llegó a constituirse en un registro muy destacado en el cine de aquellos años de la Ley Seca y la Gran Depresión. Ciertamente, The Secret Six no cabría encuadrarlo en el grupo privilegiado de clásicos del género, si bien contiene elementos estimables. El reparto no es el menor de ellos.


Louis “Slaughterhouse” Scorpio, papel interpretado por un muy convincente Wallace Beery, una de las estrellas de MGM por entonces, es el protagonista de una trama clásica: el ascenso y caída de un capo del hampa. Empleado en una fábrica de conservas cárnicas (de ahí que reciba el apodo de “Matarife”, tan gráfico como alusivo de sus consecutivos quehaceres), es reclutado por Johnny Franks, un matón con malas pulgas que llega a cargale el muerto a Scorpio de un ajuste de cuentas a su cargo, librándose de paso de un probable competidor en la jerarquía de la organización criminal. El papel de Franks es encarnado por Ralph Bellamy, actor que brinda aquí una imagen muy distinta de la que caracterizará su carrera, o sea, un tipo melifluo y un buen chico. La mencionada bribonada que le gasta el entonces jefecillo de la banda (y su consecuencia) está resuelta de manera muy ingeniosa.

La policía acude al despacho del matón (situado en el piso superior del garito que dirige y sirve a la vez de cuartel general de la banda), donde comparte confidencias con Newton (Lewis Stone), abogado corrupto y alcoholizado que representa la cara amable y elegante del grupo hampón. El letrado intenta con poco éxito hacer de Scorpio un hombre de negocios que pueda vestirse de chaqué sin que le delate su doble condición de matarife y de gatillo fácil inclinado al matarile, cuando de delicado sólo tiene el hecho de no beber alcohol, sólo leche.


Los agentes desean saber la identidad del responsable de un crimen reciente. Franks, desconcertado al principio, señala a Scorpio y el lugar donde localizarlo. A continuación, tira a la papelera la botella de leche reservada para éste, dando a entender que no va a ser consumida. Scorpio sólo es herido tras la encerrona y la consecutiva refriega. Al volver a la oficina, con el brazo izquierdo sangrante, repara en la botella del blanco líquido, tumbada como un ataúd en el cesto de residuos. Rápidamente, con la mano derecha desenfunda el revólver y dispara contra el truhán que acaba de traicionarle. Consigue así ponerse al frente de la banda, aunque su reinado será corto. Ya se sabe que en las películas de aquellos años, el criminal nunca gana…

En un descanso del rodaje de The Secret Six (1931)
Dos estrellas del cine, todavía en su etapa ascendente, dan aún más relumbrón al reparto de The Secret Six: Clark Gable y Jean Harlow, en la primera de las cinco películas en que aparecen juntos. Las restantes, donde ya forman pareja protagonista son: Red Dust (Tierra de pasión, 1932. Victor Fleming); Hold Your Man (Tú eres mío, 1933. Sam Wood); Mares de China (China Seas, 1935. Tay Garnett); Entre esposa y secretaria (Wife vs. Secretary (1936. Clarence Brown) y Saratoga (1937. Jack Conway). 




Durante el rodaje de este último film, Harlow enferma gravemente y es ingresada en una clínica, a pesar de la prolongada resistencia de su madre, una fanática naturista. Pero, ya es tarde, la estrella se apaga poco después. Nace en el firmamento cinéfilo otro mito de la pantalla…



lunes, 27 de abril de 2015

MÚSICA Y LETRAS: JAY LIVINGSTON & RAY EVANS


La historia de la composición musical está repleta de célebres parejas, dúos y duetos que han hecho las delicias del buen aficionado. Tanto si reparamos en la ópera (Mozart y Da Ponte), en el pop y el rock (Lennon y McCartney; Jagger y Richards) o en el musical (George e Ira Gershwin; Rodgers y Hammerstein II, Lerner y Loewe). En algunas ocasiones dicha confluencia es debida a motivos de marca (que no de maraca) o para suavizar la tendencia al protagonismo y al divismo en los miembros de un grupo. Resulta esto bastante común en las bandas de la denominada “música moderna”. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, la mágica asociación de dos talentos viene dada por razones profesionales y de especialidad artística, a saber, la composición de música (o partitura) y la escritura de letras (o libreto) de forma particularizada.
 
Esta semana, Cinema Genovés homenajea a dos autores muy estimables, cuyos nombres propios no son muy conocidos, aunque sus composiciones sí lo sean, y mucho. Estamos hablando de Jay Livingston y Ray Evans, una de las parejas musicales más longevas en el oficio y estrechamente vinculadas a las producciones en cine y televisión. Durante más de medio siglo trabajaron juntos estos talentos, haciendo más mérito para ser distinguidos con el ingenioso e satírico título que el concedido en aquellos años dorados del cine a los guionistas Billy Wilder y Charles Brackett: “el matrimonio más feliz de Hollywood”. Y más de un paralelismo, como veremos a continuación, puede establecerse entre estas ganadoras dobles parejas.


Diríase que el destino favoreció la reunión de Livingston y Evans, hombres hechos y derechos que riman hasta en los nombres de pila; Jay y Ray, respectivamente. Especializados en la composición de canciones, más que de bandas sonoras, el reconocimiento les llegó, sin embargo, de modo casual. El azar y la necesidad no pocas veces se cruzan. El compositor Victor Young tenía terminada la música del film Vida íntima de Julia Norris (To Each His Own, 1946), soberbio melodrama dirigido por Mitchell Leisen a partir de una historia ideada por Charles Brackett. La Paramount, productora de la película, pidió a Young que compusiera, como tarea extra, una canción con el título original, a lo cual se negó. La major propuso, entonces, a Livingston y Evans dicha labor. El resultado fue un éxito total y el citado título llegó a incorporarse al lenguaje coloquial: a cada cual lo suyo. A la vista de lo cual, Paramount contrata de fijo a ambos autores.

Tres de las canciones firmadas por Livingston y Evans recibieron sendos Premios Oscar de la Academia de Hollywood:


En 1948, Buttons and Bows, popularizada por Bob Hope en Rostro pálido (The Paleface. Norman Z. McLeod).


En 1950, Mona Lisa, incluida en el film El capitán Carey (Captain Carey. Mitchell Leisen).



En 1956, Qué será, será, interpretada por Doris Day en la película El hombre que sabía demasiado (The Man Who Know Too Much. Alfred Hitchock).



Los trabajos de Livingston y Evans no se limitaron al cine. También series de televisión muy famosas llevan su música. En 1959, el productor de Bonanza, Alan Livingston, encargó a su hermano Jay y a Evans que amenizaran el opening. El fruto del mismo es un clásico, tan familiar como su canción de Navidad, Silver Bells.



Cabecera serie Bonanza

 
Tema completo Bonanza

Alan Livingston, a la sazón, estaba casado con Nancy Olson, actriz que debutó en el cine interpretando el papel de Betty Schaefer en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). Lo cual nos lleva, para acabar, de vuelta al principio, esto es, a los paralelismos entre Jay Livingston/Ray Evans y Wilder/Brackett, estos últimos guionistas de la obra maestra sobre la vida y delirios de Norma Desmond/Gloria Swanson. 

Ocurre que Wilder, director de la película, solicitó a Livingston y Evans que escribieran una canción para la secuencia de la fiesta de fin de año en la casa de Artie Green (Jack Webb) a la que acude su amigo Joe Gillis (William Holden), tras una fuerte discusión entre el gigoló y la diva. El realizador les pidió, igualmente, que interpretasen ellos mismos la escena con la canción compuesta, y, como protección y propina, que tocaran también Buttons and Bows. Wilder rodó secuencias con ambas canciones. La que quedó en el montaje final y todavía escuchemos en la inmortal cinta es Buttons and Bows.


¡Extra! ¡Extra!

Los amigos y seguidores de Cinema Genovés conocen la querencia de este blog por la serie de televisión Frasier, con Kelsey Grammer interpretando el rol principal. Pues bien, en uno de los episodios de la misma, el célebre humorista —no por causalidad, reencarnación de Bob Hope— canta, quién lo iba a decir, Buttons and Bows. Un actuación que no me resisto a compartir con todos ustedes.





lunes, 20 de abril de 2015

ESPIONAGE AGENT (1939)




Título original: Espionage Agent
Año: 1939
Duración: 83 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Lloyd Bacon
Guión: Warren Duff, Michael Fessier, Frank Donoghue, James Hilton, a partir de la historia de Robert Buckner
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Charles Rosher
Reparto: Joel McCrea, Brenda Marshall, Jeffrey Lynn, George Bancroft, Stanley Ridges, James Stephenson,
Producción: Warner Bros. Pictures

Título no estrenado en España, Espionage Agent (1939) es una película que merece conocerse y reparar en ella. Producción de serie B, e independientemente del valor intrínseco que contenga (que, ya adelanto, no es despreciable), el interés que pueda despertar hoy en el aficionado al cine deviene, principalmente, de elementos circunstanciales y de contexto histórico y socio-político. 

Siguiendo la estela de Confesiones de un espía nazi (Anatole Litvak), film estrenado pocos meses antes del realizado por Lloyd Bacon (ambos bajo la marca Warner Bros), Espionage Agent pertenece a la categoría de cine de propaganda, en concreto, de propaganda anti-nazi, facturado con el principal propósito de espolear a los Estados Unidos para que se involucrase en la (inminente) Segunda Guerra Mundial, uniéndose al bloque aliado contra la Alemania de Hitler.

En este sentido, los dos títulos referidos coinciden en la prontitud —cuando no en la anticipación— a la hora de advertir en la pantalla a la población sobre el grave peligro que significaba para las sociedades libres el ascenso y los delirios expansionistas del nacionalsocialismo rampante en la Alemania de los 30. Las crónicas suelen coincidir en datar el comienzo de la Segunda Gran Guerra el 1 de septiembre 1939 (entrada de las tropas germanas en Polonia). 

Espionage Agent se estrena el 30 de septiembre, de modo que la preproducción y el rodaje del film tienen lugar con bastante anterioridad al efectivo inicio de la conflagración. Los Estados Unidos no eran, pues, parte beligerante en el conflicto. Es más, la política y la diplomacia en Washington mantenían una aptitud neutral y aislacionista que remite a principios del siglo XX (sólo participó, tras muchas reticencias, en la Gran Guerra en sus últimos compases). El sentido y la significación del asunto (tanto cinematográficos como extra-cinematográficos) planteados en la película ofrecían, en consecuencia, un cariz netamente preventivo.


No es casual que Espionage Agent arranque con un prólogo de significación muy explícita, que sitúa al espectador en el centro y la clave de la trama, así como los precedentes de la misma. Un frenético encadenamiento de imágenes de ataques y sabotajes perpetrados contra industrias estratégicas en Estados Unidos, que provocan centenares de muertos, desemboca en una reunión en el Departamento de Estado en Washington. Las posturas de los presentes se dividen en dos grupos

1) quienes advierten de la necesidad de tomarse en serio tales agresiones, para lo cual proponen crear un servicio de contraespionaje que neutralice el «ejército interno de espías, saboteadores y propagandistas» que está detrás de las mismas, previsiblemente financiado y promovido por el Gobierno alemán del momento; 

2) los que sostienen que no ha lugar a semejante actuación, puesto que no están siendo atacados por tropas uniformadas ni Alemania es formalmente un enemigo de América.

La siguiente secuencia se sitúa en Tánger. Grandes titulares de prensa: «ESTALLA LA GUERRA EN ESPAÑA» «LOS REFUGIADOS EN MARRUECOS VAN A TÁNGER, DECLARADA ZONA DE SEGURIDAD», lo cual causa la huida de ciudadanos norteamericanos de la península hacia al norte de África, quienes junto a los propios residentes estadounidenses en la zona, presionan a su embajada para que organice la evacuación de la zona por razones de seguridad, a la vista del fundado peligro de extensión del conflicto. Entre el personal diplomático se encuentra Barry Corvall (Joel McCrea), quien acaba de ser destinado a Washington. Una de las personas que se dirigen a él para que le auxilie en la pronta repatriación es Brenda Ballard (Brenda Marshall), una presunta ciudadana americana, que por diversas vicisitudes ha trabajado para el servicio de espionaje alemán, aunque desea desprenderse de dicho lazo.


Tras una accidentada salida de Madrid, la joven presenta un pasaporte deteriorado a su llegada a la legación diplomática bajo un fuerte aguacero. El documento se lo ha proporcionado el espía alemán Mullen (Martin Kosleck), con la condición de que el favor recibido deberá devolverlo algún día. Sea como fuere, Barry se prenda de Brenda y ello facilita los trámites burocráticos. Consigue que viajen en el mismo barco (el «Freedonia») de vuelta a Nueva York. La corteja durante el trayecto y recién desembarcados, contraen matrimonio.

Barry asciende en la carrera diplomática y la pareja vive feliz, aun con el recelo de la madre del joven enamorado, pues, en efecto, no saben nada del pasado de Brenda. Hasta que Mullen (por no decir, «Müller») reaparece en escena exigiendo cobrar la deuda: la muchacha debe, sirviéndose de su marido, proporcionar información sensible sobre determinadas fábricas norteamericanas. No deseando traicionar a Barry, Brenda le confiesa la verdad, lo cual fuerza a éste a presentar su dimisión en el cuerpo diplomático. Pero, esto no es más que el comienzo de la aventura.

El ex funcionario y la ex espía viajan a Europa para, de manera extraoficial, localizar a los responsables del espionaje alemán en Estados Unidos, probar su implicación en los ataques en América y poner dichas evidencias en conocimiento de las autoridades en Washington, actitud que, con seguridad, favorecerá la creación, finalmente, del reclamado servicio de contraespionaje.


En la persecución final en el tren que lleva a los protagonistas hasta territorio alemán, vemos subir a los vagones, nada más cruzar la frontera, a inconfundibles miembros uniformados de la SS, aunque portando distintivos distintos, a fin de no señalar a nadie de modo expreso... Resulta conmovedora la manera tan cuidadosa y sutil, concebida por Hollywood, de disimular, en estos años, su decidida actitud de oposición al nazismo, a la hora de descubrir y denunciar el «ejército interno de espías, saboteadores y propagandistas», así como de concienciar a la población sobre la necesidad de prevenir los males que puedan dañar al país. 

Y no es menos admirable la pasividad demostrada al respecto cuando se trata de penetraciones y asaltos de otra naturaleza ideológica, aunque no menos letal y totalitaria: comunismo, durante la primera mitad del siglo XX y la Guerra Fría, más en particular; yihadismo en el momento presente. Una tolerancia que se torna agresividad a la hora de censurar vivamente, no estas otras amenazas, sino, por el contrario, cualquier tipo de intervención gubernamental o ciudadana a fin de detenerlas y hacerles frente.

¡Extra! ¡Extra!



Resplandor en la oscuridad (Shining Through, 1992. David Seltzer), con Michael Douglas, Melanie Griffith y Liam Neeson, película muy aceptable que recupera para el cine contemporáneo los films clásicos de espionaje ambientados en la Segunda Guerra Mundial, contiene referencias directas con imágenes a trabajos precedentes en el género. Justamente, uno de ellos es Espionage Agent (1939). También es explícitamente homenajeada la cinta Tormenta mortal (The Mortal Storm, 1940. Frank Borzage), con Margaret Sullavan, James Stewart, Robert Young y Frank Morgan.

Como se recordará, en la película referida, la protagonista (Melanie Griffith), persona civil y que colabora circunstancialmente con el servicio secreto norteamericano, es infiltrada en la Alemania nazi con una arriesgada misión que cumplir, peligrosidad agravada por su condición de mujer de raza judía. Gran aficionada al cine y en su condición de amateur en tareas de espionaje, resuelve distintas situaciones peligrosas evocando (y emulando) actuaciones que vio y aprendió visionando películas.