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lunes, 8 de septiembre de 2014

COMEDIA, ARTE DEL COMEDIMIENTO


«[Es] cuestión de tiempo que en los distintos géneros artísticos —en el cine, en particular— se convierta el drama en trama. Ocurre esto también en la comedia. Pues, justamente y no por casualidad, el tiempo constituye la medida o categoría principal del arte de hacer sonreír y reír, ese propósito tan arduo y tan serio como acaso no haya otro igual en la acción humana. El drama es fundamentalmente materia de intensidad; la comedia lo es de duración, de oportunidad, de medida temporal, de extensión y, por lo tanto, de limitación. Cada cosa, pues, en su sitio.

Distinguirse en el arte de la comedia significa dominar el aprendizaje y el control de los tiempos, tener el don de conocer el momento oportuno en el que intervenir, salir o entrar, abrir o cerrar las puertas, hablar o callar, destacar o insinuar. En muchos silencios y ocultamientos, en aquello que no es mostrado directamente, sino sólo insinuado, sugerido o entrevisto, encontramos algunos de los momentos más brillantes, y aun hilarantes, de la historia de la comedia.


Una agudeza demasiado larga; una historieta repetida sin compasión a la misma persona en un breve lapso de tiempo; tres o más chistes contados de seguido y sin misericordia; un gag que no acaba de encontrar solución apropiada ni digna salida; una farsa, en fin, inconveniente, una impertinencia, a destiempo o deshora, constituyen algunos casos de actuaciones de mal comediante, salidas de tono, desmesuras, poner los pies fuera del tiesto, meter la pata, cometer disparates. 

La gracia de tener gracia es un don precioso que se arruina con facilidad, degenerando sin remedio en grosería, ramplonería, zafiedad o… delito. ¿Qué es la comedia, en suma, sino la técnica y el arte del comedimiento?

Woody Allen describió muy bien (con sarcasmo) esta situación en uno de sus films más logrados, Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989). Lester, personaje llevado a la pantalla por Alan Alda, hermano del protagonista, interpretado, a su vez, por el propio Allen, diserta en una secuencia determinada acerca del significado de la comedia, sobre la caracterización de lo gracioso:


«si se curva, tiene gracia; si se rompe, no tiene gracia. […] Comedia es tragedia más tiempo».*

Además del comedimiento, la comedia exige, asimismo, distanciamiento. He aquí, verbigracia, una clara demostración del valor de la ironía, base de la comedia más aguda y sólida. Hay muchas clases de distanciamiento. Ahora aludo tan sólo al distanciamiento temporal. Quiero decir: para que una tragedia real pueda llevarse al terreno (ámbito estético) de la comedia (la farsa, la chanza, la sátira) hace falta, sobre todo, que haya transcurrido un mínimo lapso de tiempo.

Si esto es cierto, y aplicable, a cualquier situación dramática, ¿qué decir a propósito de la narración de las hecatombes, de la representación del Mal Radical o Absoluto, de la recreación artística del Mal indecible, de los atentados terroristas del 11-S...?»

* Lester (Alan Alda): “What makes New York such a funny place is that there’s so much tension and pain and misery and craziness here? And that’s the first part of comedy. But you’ve got to get some distance from it. The thing to remember about comedy is that if it bends its funny. If it breaks, it’s not funny… so you’ve got to get back from the pain… Comedy is tragedy plus time». (Del guión de Woody Allen, Crimes and Misdemeanors, 1989).



Fragmento de mi libro, Cine, espectáculo y 11-S (Amazon-Kindle, 2012).

lunes, 1 de septiembre de 2014

FARGO (2014)


El mayor acierto de Fargo (2014), serie producida por el canal FX para la televisión, reside, a mi juicio, en el siguiente hecho: respetando la fidelidad a la película de idéntico título que le sirve de base y pre-texto, sigue, no obstante y al mismo tiempo, su propio camino y desarrollo argumental. Una actitud y una aptitud poco corrientes, y de una ejecución nada fácil. Ciertamente, el célebre film realizado por los hermanos Coen en 1996 daba mucho de sí, aunque, bien pensado, lo mismo cabría decir de toda producción cinematográfica exitosa que deja un buen recuerdo en el espectador. Ocurre algo similar con aquella novela que fascina y atrapa al lector, que siente con una mezcla de excitación y desazón el llegar a la última página.

Los recursos asociados al fenómeno «continuación» suelen ser las segundas, terceras y sucesivas partes, o sea, los seriales, así como los remakes, las secuelas y, últimamente también, las precuelas. Pero, por encima de todo, están las teleseries, el reino en la pantalla luminosa del «continuará». El riesgo que conlleva tal ejercicio de prolongación está en no saber ponerle fin, que la cosa se estire y alargue sin freno ni control llegando a causar, como mínimo dos fatales consecuencias: la falsificación del producto original o el agotamiento del espectador.

En este sentido, no considero particularmente una buena noticia el reciente comunicado de la productora de la serie Fargo que anuncia una segunda temporada, con diez nuevos episodios, a estrenar a finales del próximo año 2015. Una decisión que sospecho sobrevenida y no prevista, motivada por el éxito cosechado por la serie en público y crítica. Por lo que a mí respecta, prefiero lo bueno conocido que lo presumiblemente más bueno por conocer y con previsible riesgo de decaer.


Como ya ha sido dicho, la principal bondad de la serie Fargo está, de momento, en su sentido de la medida. De hecho, con 10 episodios ya está rozando el límite, o sea, tocando techo. No hubiese sido buena idea convertir, sin más, la película en serie. Y tomar la película simplemente como lejana excusa irreconocible hubiese supuesto algo más que oportunismo: un engaño, por no decir un fraude. Así pues, ni repetición ni adulteración: he aquí la cuestión. Estar revisionando el film Fargo al mismo tiempo que estar asistiendo a algo nuevo: he aquí el quid de la cuestión.

Película y serie recrean similar atmósfera bajo cero, comparten una bien dosificada mezcla de humor negro y tragedia, marca de la casa Coen, productores ejecutivos de la serie. Y, lo que es más importante, sobrevuela en todo momento la dualidad Bien/Mal que determina el comportamiento de los personajes, acrecentando la fuerza dramática de la historia y las vicisitudes de éstos; si cabe, dicho contraste es todavía más brutal en la serie que en el film. Ahora bien, en Fargo (2014) hay una notable diferencia, que alcanza nada menos que al protagonista de la historia, Lorne Malvo (Billy Bob Thornton), en detrimento de la agente de policía embarazada (Allison Tolman); y es que aquí ya no está presente la magnífica actriz Frances McDormand en el papel, esposa a la sazón de Joel Coen.


Lorne Malvo adquiere una traza que va más allá del criminal vocacional, el ejecutor, el serial-killer, el sicario. El personaje, magníficamente interpretado por Thornton, se me antoja un tipo de rasgos diabólicos, o, para ser más preciso, mefistofélicos. Cual Mefistófeles, el malo de Malvo tienta, «posee» y cautiva a Lester Nygaard (Martin Freeman), epítome en la trama de los personajes simples, ingenuos y aun cenizos, quienes sirven de apreciable contrapunto a la honda perversidad de los malvados despiadados. Lester no sólo es un perdedor nato, es un bobo, un manazas, un pánfilo, un calzonazos, un mendrugo de quien todos se burlan y a quien todos atropellan: un antiguo compañero de colegio sigue humillándole en público; su propia esposa le avasalla hasta el punto de poner en cuestión su virilidad, su hombría. Hasta que llegó su hora…



Un mafioso hace ofertas que uno no puede rechazar. Mientras que en el inmortal poema de Goethe, Mefistófeles ofrece a Fausto un pacto: tiempo, una perspectiva de eternidad, a cambio de su alma. Coincidiendo en las urgencias de un hospital, el malvado Malvo escucha las confidencias de Lester, sus quejas y lamentos: ese tipo me mortifica desde hace años, ahora sigue haciéndolo junto a sus hijos. Puedo ocuparme de este asunto, le susurra Malvo al oído, sólo tienes que decir sí o no. Lester no dice ni sí ni no, sino todo lo contrario. Luego, el que calla… otorga poderes, se entrega al Otro. 


Malvo no le toma a Lester la palabra, sino su silencio, el silencio de quien no es, en verdad, todo un hombre. La consecuencia inmediata es previsible. Desde ese momento, tiene lugar la radical transformación de Lester, algo que va más allá de una mera venganza; el hombre renacido pasa a ser la criatura de su amo (master). Y también está escrito, en esta ocasión no en Fausto sino en Frankenstein: para liberarse de su creador, el monstruo se revuelve contra éste. Aunque ello comporte su propia destrucción.

¿Será esto el fin o continuará? De momento, disfrútese de lo presente, que es más que suficiente.




lunes, 30 de junio de 2014

CERRADO POR VACACIONES


La dirección de CINEMA GENOVÉS informa a sus abonados, amigos, seguidores y público en general que nuestra sala principal permanecerá cerrada hasta septiembre, por vacaciones.

Mantendremos abiertos el autocine y la terraza de verano en Facebook Twitter.


CINEMA GENOVÉS les desea un feliz verano. 

Salucines


lunes, 23 de junio de 2014

UNA PROFESIÓN PELIGROSA (1949)


Título original: A Dangerous Profession
Año: 1949
Duración: 79 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Ted Tetzlaff
Guión: Warren Duff y Martin Rackin
Música: Friedrich Hollaender
Fotografía: Robert De Grasse
Reparto: George Raft, Ella Raines, Pat O'Brien, Bill Williams, Jim Backus, Roland Winters, Betty Underwood, Robert Gist, David Wolfe
Producción: RKO Radio Pictures

Ted Tetzlaff  (1903-1995), nacido y fallecido en California, es un cineasta conocido y acreditado principalmente por su faceta de cinematographer o director de fotografía; etiquetado habitualmente como el fotógrafo de referencia de la actriz Carole Lombard, a quien inmortalizó entre luces y sombras en diez películas. Tetzlaff dejó su firma, entre muchos títulos, en Al servicio de las damas (My Man Godfrey, 1936. Gregory La Cava); Una chica afortunada (Easy Living, 1937. Mitchell Leisen); Me casé con una bruja (I Married a Witch, 1942. René Clair); El asunto del día (The Talk of the Town, 1942. George Stevens); Encadenados (Notorious, 1946. Alfred Hitchcock).



Aunque no muy extensa, su obra como filmmaker o realizador merece, asimismo, ser destacada. El título que más suele asociarse a este menester es La ventana (The Window, 1949), un espléndido thriller sobre la tribulación de un fantasioso muchacho que presencia por azar un crimen en el edificio donde vive, en el Lower de Nueva York, y  a quien nadie cree ni toma en serio cuando lo denuncia; excepto los vecinos asesinos que, tras descubrir la circunstancia, intentan deshacerse de él. Una muy hábil traslación a la pantalla de la moraleja que acompaña al cuento de Pedro y el lobo. Además de este clásico, rodó otros notables policiacos como Riff-Raff (1947), con Pat O’Brien, y Johnny Allegro (1949),  con George Raft. En este último año, dirige a ambos actores en el film proyectado para esta semana en Cinema Genovés, Una profesión peligrosa (A Dangerous Profession),  y que cuenta también en el reparto con la siempre estimulante presencia de la actriz Ella Raines.

La profesión referida en el título es compendiada en el prólogo del film por medio de una voz en off:

«Uno de los oficios más antiguos del mundo. Cerca del tribunal, de la cárcel o de la comisaría, suelen estar las oficinas de los fiadores. Entran clientes, inocentes o culpables. Es un negocio que genera al año
2.250 millones de dólares. ¡Todo un negociazo! Con una fianza uno recupera la libertad. Pocos minutos u horas después de ser encarcelado, con una fianza uno puede salir a la luz del día. Con una fianza, uno evita los interrogatorios de la policía. Con una fianza, puede regresar con su mujer, o tomar un avión y huir. Ya sea inocente o culpable, uno tiene un amigo poderoso, que le espera 24 horas al día siempre disponible el fiador. Compartirá su problema por una comisión. La oficina Farley-Kane en Los Ángeles es una oficina típica. Joe Farley nació en una oficina de fiadores.»


Joe Farley (Pat O’Brien) lleva el negocio junto a su socio Vince Kane (George Raft), veterano ex-policía que todavía mantiene buenas relaciones con el cuerpo, en particular con el teniente Nick Ferrone (Jim Backus). Simplemente, Kane se va haciendo mayor y desea, por medios lícitos, ganar algo más de dinero que el que le proporcionaba su anterior oficio. Una profesión peligrosa, ciertamente, lo mismo que la que lleva a cabo ahora. Una mañana, reciben en la oficina una nueva petición de fianza. Se trata en esta ocasión de poner en la calle a Claude Brackett (Bill Williams), un tipo joven y atlético, acusado de robo con asesinato de agente de policía incluido. Un caso más, otro cliente. En apariencia. 


Sólo de trata de conocer los detalles del mismo y valorar los riesgos del préstamo. Aunque a veces surgen otras consideraciones. En la entrevista concertada para cerrar el contrato, participa, Lucy, la esposa de Brackett (Ella Raines), antigua novia de Kane, a quien abandonó por el apuesto matón. La fianza es de 25.00 $, y la esposa sólo puede aportar 5.000 $. Kane, despechado y resentido, rechaza el trato. Actitud que desconcierta al socio Farley, desconocedor entonces de las cuestiones personales sobrevenidas en el asunto.



Kane se siente todavía atraído por la joven. Por si esto fuera poco, un desconocido surge de pronto aportando 12.000 $ a la suma total necesaria para sacar del trullo a Brackett. Cerrado, finalmente, el trato, el recién liberado aparece muerto. Y es que el asunto, más sucio y espinoso de lo previsto, se va complicando. Y no les cuento más.

Muy interesante film de intriga y acción, conducido con destreza por Tetzlaff, capaz de mantener la intriga y el intríngulis, la ambigüedad de las relaciones existentes realmente entre los distintos personajes, hasta el punto de no saber hasta el final el verdadero cariz de cada cual ni la resolución del tinglado. En particular, la historia entre Vince Kane y Lucy

Pero, por encima de todo están las magníficas interpretaciones de los miembros del reparto, en el que destaca el fenomenal George Raft, un grandísimo actor que solía rechazar papeles uno tras otro, los cuales en manos de los sustitutos llegaron a ser celebérrimos. En cualquier caso, cuando elegía protagonizar un film y se empeñaba en su papel, Raft estaba, sencillamente, genial.



lunes, 16 de junio de 2014

THE MAGICIAN (1926)


Título versión española: Mágico dominio
Año: 1926
Duración: 83 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Rex Ingram
Guión: Rex Ingram, basado en la novela de W. Somerset Maugham
Fotografía: John F. Seitz
Reparto: Alice Terry, Paul Wegener, Iván Petrovich, Firmin Gémier, Gladys Hamer, Henry Wilson, Hubert I. Stowitts
Producción: Metro-Goldwyn Pictures Corporation

The Magician es un film muy singular y sobresaliente, cuyo cautivador título (nuevamente, devaluado y trivializado en la versión española del mismo) transporta al espectador a un universo mórbido y malsano, enigmático y turbio, al tiempo que le invita a recorrer una cadena de referencias cinematográficas, literarias y culturales de primer orden. Para empezar, el director, Rex Ingram (Reginald Ingram Montgomery Hitchcock), cineasta de origen irlandés, emigrado a Estados Unidos en 1911 y que forma parte del núcleo más selecto de los cineastas en la etapa silente, junto a  D. W. Griffith, Cecil B. DeMille, Erich von Stroheim y F. W. Murnau, aun siendo mucho menos conocido y reconocido que éstos. Apenas se inició en el cine sonoro, y tampoco fue un cineasta especialmente prolífico. 

Con todo, filmó algunos de los títulos más notables del cine mudo, muchos de los cuales tienen en común el tratarse de adaptaciones cinematográficas de afamadas obras de la literatura: El prisionero de Zenda (1922), basada en la novela de Anthony Hope; Scaramouche (1923), a partir del relato de Rafael Sabatini; El jardín de Alá (1927), inspirada en el texto de Robert Hitchens; y, en fin, Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921) y Mare Nostrum (1926), títulos inmortales que remiten al escritor español Vicente Blasco Ibáñez, nacido en Valencia.

The Magician pertenece, justamente, a este grupo de películas cuyo guión ha sido alentado por un célebre libro, en este caso, la novela del mismo título escrita por el reputado escritor W. Somerset Maugham. He aquí el segundo eslabón relevante de la cadena —la procedencia argumental del film— referido al principio. La obra en cuestión, perteneciente al género romántico-gótico-fantástico, no es, sin embargo, lo más característico de su producción. Es más, el mismo escritor la definió como una incursión en una temática a la que fue inducido por la literatura francesa, pues no se olvide que él mismo, hijo de un diplomático británico destinado en Francia, nació y murió en Francia, lugar donde además residió buena parte de su vida.

Aleister Crowley
Para añadir más circunstancias extraordinarias al caso, la novela fue acusada de plagio por Aleister Crowley, extravagante personaje inglés, nigromante, ocultista, escritor de relatos fantasiosos y muy escandalosos para la época, visionario, mago, precursor del imaginario hippie, conocido por los pseudónimos de Frater Perdurabo y también de The Great Beast (La Gran Bestia). Y así llegamos al tercer anillo de la cadena que nos ata a la película: en la persona de Crowley está inspirado su personaje principal de la cinta, Oliver Haddo (Paul Wegener), el mago.

Rex Ingram y Alice Terry

The Magician, film muy bien conducido por Ingram, tiene como principal virtud la de convocar y combinar hábilmente  buena parte de mitos y leyendas asociados al submundo de la nigromancia y el género de terror. Las situaciones e imágenes de la cinta aluden directamente al Golem (ser monstruoso hecho de arcilla), interpretado en el cine, producción alemana de 1920 dirigida por Carl Boese, precisamente, por Paul Wegener, el mago de The Magician y el malo de la película.


El comienzo de la película nos sitúa en un taller de escultura (y pintura) en París. Allí ultima la protagonista, Margaret Dauncey (Alice Terry, actriz —y esposa— habitual del director), una descomunal escultura de un fauno (las connotaciones sexuales de la trama no han hecho más que empezar). Pocos instantes después, la formidable talla parece cobrar vida al agitarse y removerse. En realidad, no se trata más que del anuncio de su agrietamiento y posterior derrumbe, con tan mala fortuna que una parte del monumento se desploma sobre la muchacha. La contusionada e involuntaria aprendiza de bruja, cuya propia «creación» artística con apariencia animada diríase haberse revuelto (rebelado) contra ella, queda gravemente herida, la columna vertebral dañada.


Su amigo el doctor Portoet (Firmin Gémier) telefonea a su amigo el doctor Arthur Burdon (Iván Petrovich), afamado cirujano, para que opere de urgencia a la hermosa paciente. La intervención quirúrgica resulta exitosa, la joven se recupera prontamente y los protagonistas de la misma (operador y operada) se enamoran. Entre el público presente en el quirófano (médicos y estudiantes), vemos al misterioso «doctor» Haddo, quien también fija su atención en la chica. Está trabajando en un proyecto diabólico consistente en dar vida a unos homúnculos, sus criaturas, para lo cual precisa, entre otros elementos, de la sangre de una muchacha virgen. La señorita Dauncey es la víctima elegida, salvada del peligro en el último momento.






El bailarín Hubert Stowitts en el rol de fauno y Rex Ingram
Además del Golem, en la macabra ceremonia ha sido llamado a participar el universo simbólico del conde Drácula: el signo revitalizador de la sangre, el doctor Portoet, un sosias de Van Heflin. También la huella del doctor Frankenstein, sirviente enano incluido, ejecutando sin éxito su rito malévolo en una torre de pesadilla que acaba siendo pasto de las llamas; el fuego purificador que aniquila el Mal. 



No faltan la alusión a Mefistófeles ni al espacio de la brujería. El doctor Haddo es caracterizado de diablo que tienta a Fausto en la fabulosa escena del sueño-pesadilla-deseo sublimado de Margaret  en un aquelarre orgiástico donde asistimos a la siesta y el despertar del fauno y a la noche de Walpurgis. Tampoco está ausente el espacio circense, tan propicio para recrear las maravillas y los portentos más insólitos, para asombro, pasmo y hasta pavor de los espectadores curiosos que se acercan a las carpas en las que la fantasía se confunde con la realidad.

Michael Powell en una secuencia del film

Aunque ajustado a los cánones tradicionales y característicos del cine fantástico y de terror, la película ofrece algunos momentos muy divertidos, propios de cine cómico. Una de dichas secuencias está protagonizada por el director de cine británico Michael Powell, con quien coincidió Ingram y la troupe de la película durante su rodaje en unos estudios cinematográficos en Niza (Francia) para la Metro-Goldwyn-Mayer.

Todo un clásico del cine, The Magician es un film que no debería ser desconocido para todo buen aficionado al cine; en particular, los amantes del género fantástico y de terror.