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lunes, 2 de marzo de 2015

TAN FUERTE, TAN CERCA (2011)




Título versión original: Extremely Loud and Incredibly Close
Año: 2011
Duración: 129 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Stephen Daldry
Guión: Eric Roth, basado en la novela Jonathan Safran Foe
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Chris Menges
Reparto: Thomas Horn, Tom Hanks, Sandra Bullock, Max Von Sydow, Viola Davis, Jeffrey Wright, John Goodman, Zoe Caldwell, Adrian Martinez
Producción: Warner Bros. Pictures


En septiembre de 2011, autopubliqué el libro Cine, espectáculo y 11-S, posteriormente reeditado y permanentemente revisado, dado el objetivo central del mismo: reseñar y analizar el tratamiento dado, en los medios de comunicación, en general, y el cine, en particular, a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos de América, si bien de manera no exhaustiva, al tratarse de un ensayo y no de una enciclopedia o una historia general del asunto. No obstante, es mi intención mantener actualizado con regularidad el registro de títulos visionados y examinados, con vistas a próximas reediciones. 

Pues bien, justamente del año 2011 es la producción de Warner Bros (en colaboración con Paramount) Tan fuerte, tan cerca (Extremely Loud and Incredibly Close), dirigida por el cineasta británico Stephen Daldry, responsable artístico de algunos films destacados: Billy Elliot (2000), Las horas (2002), The Reader (El lector, 2008). Película estrenada diez años después del día de la vesania (el protagonista de la película denomina la jornada aciaga «the worst day» [«el peor día»]), Tan fuerte, tan cerca lleva a cabo un acercamiento dramático y muy emotivo a la dura experiencia de sobrellevar una penalidad (personal y social) de este calibre. No con el propósito de hurgar en la herida ni menos aún de recrearse en la tragedia, sino de proponer un modo digno y positivo de poner fin al duelo. Lo cual no supone olvidar a los muertos, ni perdonar a los culpables de la fechoría, mas sí ponderar cómo y cuándo dejar atrás y superar la angustia y el trauma, la rabia y el dolor paralizante, que permita a los vivos (los supervivientes) seguir adelante.


La odisea del protagonista (héroe odiseo que después de la batalla, vuelve al hogar) tiene un sentido particular y concreto, no abstracto ni indeterminado, aunque sí simbólico. Oskar Schell (Thomas Horn), muchacho de nueve años, siente cómo el 11 de septiembre de 2001 el cielo y la inocencia caen sobre él, con estrépito y crudeza, convirtiéndose en polvo. Su padre (Tom Hanks) es una de las víctimas del ataque criminal contra las Torres Gemelas. El «peor día» cesan las actividades escolares nada más tenerse noticias de los atentados, y Oskar regresa a casa. El portero del edificio (John Goodman) le pone al día de la enormidad de la catástrofe, informándole, asimismo, que sus padres todavía no han llegado. Penetra en el apartamento, ahora vacío. Enciende maquinalmente el televisor, escucha las noticias y teme lo peor. De pronto, suena el teléfono. Aterrado, no sabe qué hacer, quedando paralizado. Poco después, observa que en el contestador hay seis mensajes, y los escucha. Todos son del padre. Desea saber cómo están la madre (Sandra Bullock) y el hijo, y que él, bueno, se encuentra bien, los bomberos acaban de informar que van a sacarles pronto del edificio en llamas, que no se preocupen, que todo irá bien, que… El mensaje número seis termina cortándose bruscamente la comunicación.


El resto es silencio y desolación. Oskar amaba a su padre, quien, sabedor de la extraordinaria inteligencia del chaval, estimulaba su inteligencia animándole a no dejar nunca de buscar, de investigar, de averiguar (oportunos y medidos flashbacks ponen al corriente al espectador de la situación). Cegado por el dolor y la desesperación, Oskar culpa a la madre del drama familiar. Aturdida a su vez, ella no consigue explicarle por qué el padre del muchacho ha muerto ni por qué se ha oficiado el entierro con un ataúd vacío (víctima pulverizada, no hay cuerpo ni restos que identifiquen al finado).

Un día, Oskar encuentra en la habitación del padre, por accidente, una llave dentro de un sobre (escrita la palabra «Black»), guardado en el interior de un jarrón. En la llave puede estar la clave del caso, piensa el niño. Sólo es preciso encontrar la cerradura que permita la salida del laberinto, una respuesta al silencio de la muerte. Comienza en ese momento una búsqueda frenética por los barrios de la ciudad, visitando a aquellos que respondan al apellido Black. A la exploración, que proporciona un fresco humano y social del Nueva York post-11/S, se suma temporalmente un compañero de fatigas, quien carga asimismo con su propio pasado de dolor y misterio. Se trata del viejo inquilino de origen extranjero (Max Von Sydow) que reside en la vivienda de la abuela de Oskar. Mudo, se comunica con el muchacho por medio de breves mensajes, de notas escritas en un bloc y, sobre todo, de sentimientos. Pero, es Oskar quien, finalmente, encontrará la salida.


Conmovedora película acerca de silencios y gritos, vida y muerte, memoria y olvido, miedos y certezas, inocencia y culpabilidad, soledades y reencuentros, sobre la búsqueda de uno mismo en la ciudad de cenizas que, a pesar de todo, volverá a renacer. Un trabajo que cuenta con magníficas interpretaciones, y narrado con oficio y sensibilidad; aunque acaso se exceda en el metraje: en 90 minutos, podía contarse lo que en la versión estrenada se extiende durante más de dos horas de proyección. Película sincera y honesta, con todo, fue recibida por la crítica oficial con displicencia, cuando no con desprecio. 


La Academia de Hollywood le concedió dos nominaciones (Mejor Película y Mejor Actor de Reparto [Max Von Sydow]) a los Oscar correspondientes a la edición del año 2012, decisión que encolerizó a gran parte de los sindicatos de directores, actores y demás miembros del ramo por juzgar la película sensiblera ¡y propagandista!, y que no entraba en las causas objetivas de los hechos. O «incidentes del 11 de septiembre». Con semejante expresión se refiere la entrada de otra película sobre el 11/S en Wikipedia de la que daremos cuenta próximamente en Cinema Genovés y, posteriormente en el libro citado al principio. «Incidentes del 11 de septiembre»...

El film tuvo, no obstante, muy buena recaudación, especialmente en la venta en DVD y BluRay. Por lo visto, el gran público sigue llevando su particular duelo y luto en privado, mientras en la calle el ruido y la furia parecen no haber cesado, y ni los vivos ni los muertos pueden descansar en paz. Acaso la búsqueda, después de todo, deba continuar…



lunes, 23 de febrero de 2015

I TAKE THIS WOMAN (1940)






Título versión española: Esta mujer es mía
Año: 1940
Duración: 98 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: W.S. Van Dyke, Frank Borzage, Josef von Sternberg
Guión: James Kevin McGuinness, a partir de una historia original de Charles MacArthur, y Ben Hecht (no acreditado)
Música: Artur Guttmann, Bronislau Kaper
Fotografía: Harold Rosson
Reparto: Spencer Tracy, Hedy Lamarr, Verree Teasdale, Kent Taylor, Laraine Day, Mona Barrie, Jack Carson, Paul Cavanagh, Louis Calhern, Frances Drake, Bobby Barber
Productora: Loew's / Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)

No es nada extraordinario que en el sistema de estudios de los años dorados de Hollywood las películas pasaran, en su producción y realización, por muchas manos, trátese de escritores, técnicos o directores, entre muchos otros. El cine se hizo mayor al pasar de la producción artesanal primitiva, facturando películas elementales en barracones y sencillos tinglados, a los magníficos arsenales que constituían las majors, allí donde los sueños se hacían realidad. Los films clásicos no son, en rigor, de sino hechos por; esto es, son producto de un equipo, resultado de un trabajo grupal. Ahora bien, como decía el filósofo, en el justo medio está la virtud; o dicho en vulgo coloquial, tampoco hay que pasarse…


Y algo de esto pasó, en verdad, en el accidentado y prolongado rodaje de la película I Take This Woman (Esta mujer es mía), estrenada en 1940, pero cuyo preproducción y primeras tomas comenzaron a finales de 1938. El proyecto fue concebido, en primera instancia, por el productor Louis B. Mayer, como vehículo de lanzamiento definitivo de la actriz Hedy Lamarr, buscando elevarla hasta la bóveda de las estrellas. Para tal fin tomó como base argumental la obra de Charles MacArthur A New York Cinderella; en la adaptación cinematográfica participó, sin ser acreditado, su viejo amigo y colega Ben Hecht. Al mismo tiempo contrató para el papel protagonista masculino a Spencer Tracy, un actor sólido, que compensara la inexperiencia —y, añado yo, la inexpresividad interpretativa— de la bellísima Hedy. Asimismo, eligió a un veterano director, Josef von Stenberg, de quien esperaba que repitiera con la actriz vienesa el prodigio que hizo con Marlene Dietrich: crear una diva cinematográfica. 

Sin embargo, las expectativas de Mayer no se vieron satisfechas. Stenberg y Lamarr no se entendieron, ni en inglés ni en alemán (los dos habían nacido en la capital austriaca), y la cinta no avanzaba. Stenberg es sustituido por Frank Borzage, quien reconduce la producción durante tres meses. Si bien el film queda prácticamente terminado, el resultado tampoco contenta a Mayer, decidiendo éste parar el proyecto indefinidamente y archivarlo. No es desempolvado hasta casi un año más tarde. 

 
Tengo la impresión (no pruebas documentales) de que Mayer tenía en mente producir una comedia dramática de alta costura, que recogiese, es un decir, el costumbrismo de Melodía de la vida (Symphony of Six Million, 1932. RKO Pictures. Gregory La Cava), pero con el glamour y el poderío material y artístico de MGM, y no tanto una intensa historia de amor, que era la especialidad de Borzage. Así pues, en diciembre de 1939, Mayer solicita los servicios del director W.S. Van Dyke, a modo de tercer y último recurso que pudiese poner el definitivo fotograma de «The End» a la escurridiza cinta, y así cerrar con rapidez un proyecto que parecía interminable. Van Dyke —conocido en Hollywood con el sobrenombre de «One Take Woody» (Una toma Woody [su nombre de pila]), por su probada celeridad en el trabajo— no defraudó al jefe. Antes del fin de año 1939, la película quedó lista para el estreno, el cual tuvo lugar el 2 de febrero de 1904 en el Radio City Music Hall de Nueva York. Al primer apodo, se sumó un segundo. Desde ese momento, W. S. Van Dyke fue conocido como «I Re-Take This Woman» (Yo retomé esta mujer).

La película, finalmente, cubrió gastos, aunque fue vapuleada por la crítica. Frank S. Nugent dejó escrito con sarcasmo en el New York Times (16 de febrero de 1940): «I Take This Woman pasará a la historia como la película que más veces tuvo que pasar por el quirófano [la temática médica está en el fondo de la trama del film] en 1938, en 1939 y en 1940; por desgracia, el paciente murió.» 

A pesar de todo, el film no es nada despreciable. Aunque dos son, a mi juicio, sus puntos débiles. En primer lugar, el registro narrativo de la película no acaba de quedar definido, una circunstancia que en el cine contemporáneo puede incluso alabarse, pero que resulta fatal en el cine de géneros, consustancial al cine clásico. Se cuenta que Van Dyke re-hizo el film, desechando buena parte del material rodado y recomponiendo el reparto general, aun manteniendo a la pareja protagonista. Lo segundo no lo pongo en duda. Lo primero, sí. Un visionado atento del film permite concluir que Stenberg dejó poca huella en él (tampoco estuvo mucho tiempo al frente del rodaje). Por el contrario, el halo fílmico de Borzage sí planea claramente sobre buena parte de las imágenes (en particular, la manera de filmar los primeros planos de los protagonistas) que podemos ver en la versión estrenada. 


Lamarr, Borzage y Tracy

Borzage y Lamarr

La película bascula, pues, entre la historia de amor (marca Borzage) y la comedia de enredo (modelo Van Dyke) sin terminar decidiéndose por un recorrido ni un registro estable. Comoquiera que sea, justamente, es la perspectiva romántica lo que más me interesa de I Take This Woman

Lo cual nos lleva a la segunda objeción al film. La intensidad del romance latente en la historia exigía la intervención de dos protagonistas muy solventes que lo hicieran patente, es decir, verosímil. Spencer Tracy está, en efecto, colosal. Pero, Hedy Lamarr (la Kim Novak morena de Hollywood) no está, ay, a la altura ni da buena réplica a uno de los más consumados actores de la historia del cine. De Lamarr puede afirmarse, con buenas razones, que es la actriz más bella que pasado por Hollywood, aunque la capacidad en la actuación no esté al nivel de su hermosura. Nobody is perfect




lunes, 16 de febrero de 2015

HOLD YOUR MAN (1933)

Título versión española: Tú eres mío
Año: 1933
Duración: 87 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Sam Wood
Guión: Anita Loos y Howard Emmett Rogers a partir de un historia de la propia Anita Loos
Fotografía: Harold Rosson
Reparto: Jean Harlow, Clark Gable, Stuart Erwin, Dorothy Burgess, Muriel Kirkland, Garry Owen, Barbara Barondess
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)


Hold Your Man (1933) es un film raro, desconcertante, chocante, curioso. Una película con una primera parte magistral, en la que destacan algunos momentos verdaderamente sublimes, pero que en la segunda mitad inicia un declive tal que uno llega hasta a pensar si no estamos ante dos films distintos, unidos en una misma cinta. Para empezar, Tú eres mío (enfático título en la versión española) no puede presentarse al espectador con mejores referencias y créditos. 


Trama ideada y construida por la ejercitada escritora Anita Loos. Reparto capitaneado por una pareja mítica, Jean Harlow y Clark Gable, quienes protagonizan aquí el tercero de los seis largometrajes que hicieron juntos. Una producción MGM en sus años dorados. En la dirección, Sam Wood. Cineasta de primera categoría, uno de los grandes del cine de todos los tiempos, realizador de una obra sobresaliente, es director de dos célebres trabajos con los hermanos Marx, Una noche en la ópera (1935) y Un día en las carreras (1937), firmando además algunos clásicos imprescindibles de la historia del cine. Pongamos que hablo de Adiós, Mr. Chips (1939), Our Town (Sinfonía de la vida, 1940), Kings Row (Abismos de pasión, 1942), El orgullo de los yanquis (1942), The Stratton Story (1949). Uno de los directores, en fin, que, por si esto fuera poco, también pasó volando, aunque dejando su huella, por el rodaje de Lo que el viento de llevó (1939).


El comienzo de Hold Your Man es tan prometedor como trepidante, narrado en clave de comedia y con el inconfundible sello pre-code, gamberro, descarado, desinhibido, osado, propio de la época. Eddie (Clark Gable, sin bigotito y con el cabello muy corto) es un truhán de medio pelo que se gana la vida (y así se la está buscando…) alternando timos callejeros con robos a pequeña escala, para lo cual cuenta con la colaboración de algunos colegas no menos palurdos que él. La secuencia inicial (el timo de la sortija a un viandante), con persecución policial por las calles, conserva el más puro estilo screwball de las películas cómicas mudas. 

En la huida, Eddie busca refugio en un edificio y penetra en el primer piso que no tiene la puerta cerrada con llave. Vive allí Ruby (Jean Harlow), a quien encuentra dándose un baño, a la vista de lo cual le pide asilo y refugio; esto, de momento. Los agentes de policía sí que llaman a la puerta antes de entrar en el apartamento. Ruby hace pasar al intruso por su marido, el cual para no ser reconocido se zambulle en la bañera que la joven ha dejado libre y caliente, envuelto en espuma. Splash Slapstick…





La farsa se hace realidad y pronto ambos cohabitan como marido y mujer. Eddie es un mujeriego, un conquistador, y Ruby, bueno, a Ruby le cae bien el tipo. En un momento del film, hace una broma a cuento del físico de Gable/Eddie, en este caso no sacando a relucir las orejotas del actor, sino esa sonrisa arqueada (smile's crooked) tan notoria, que acentuó y mitificó el aire canalla, cínico y encantador del actor a lo largo de su carrera cinematográfica, en particular, tras lucir el bigote fino. 

Eddie conserva otras pretendientes que pugnan con Ruby por arrebatarle la pieza, pero la rubia platino se deshace de la competencia soltando su puño izquierdo de púgil profesional.



Eddie es más torpe que Ruby en las peleas, o tiene más mala suerte que la chavala. Intentando echar de casa a un tipo a quien han intentando embaucar y robar usando a la muchacha como cebo, por accidente, el ladronzuelo se convierte en homicida. Por enredos de la vida (que la trama ingenia), es Ruby la que termina entre rejas (en el film, se habla de «Reformatorio», lo que permite deducir que la joven es joven de verdad, o sea, menor de edad), y no Eddie.


Partir de ese momento, la película ingresa en un universo distinto al anterior. La comedia adquiere tintes de melodrama carcelario; la narración pícara, traviesa y socarrona, que estábamos disfrutando adopta un tono sentimentaloide, hasta rozar lo ñoño y lo gazmoño. El mensaje rehabilitador y aun redentor de la condena en prisión, contenido en la segunda sección del film,  resulta inverosímil y lo que es peor, cursi. Hasta el punto de la cosa acaba en la boda express de Ruby y Eddie en la capilla el recinto, sirviendo muy bien para la ocasión una visita de éste al establecimiento penitenciario, así como la presencia de un prior de raza negra, padre de una reclusa del centro, amiga de Ruby, que oficia la ceremonia. 

Esta circunstancia —que llevó a rodar una secuencia paralela con clérigo de raza blanca destinada a la distribución del film al sur del país—, junto a la presencia del personaje de la reclusa activista revolucionaria, empeñada en que la parroquia entienda la diferencia entre ser socialista y ser comunista, todo ello y más, permite que el toque pre-code no se diluya plenamente en la película. Una mixtura que desequilibra todavía más la historia. Y eso que la narración ya avanza en ese punto con serias dificultades. Caramba, es que Loos, MGM y Wood hacen que incluso todo un Gable (aunque todavía sin bigote) implore sollozante al prior para que venza sus dudas acerca de la prisa y corrección del presuroso casamiento. ¡Gable llora! 

Sea como fuere, y pesar de sus rarezas y vaivenes, Hold Your Man es una película con muchos elementos de interés, que, a mi juicio, merece la pena verse.