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miércoles, 15 de octubre de 2025

OZU Y WELLES. DOS MIRADAS INTERIORES (2025)


Nuevo ensayo. Lleva por título Yasujiro Ozu y Orson Welles. Dos miradas interiores (2025).

Disponible en descarga directa, a elegir entre varios archivos, en los siguientes enlaces: [PDF], [EPUB] y [MOBI].



Salucines.


sábado, 9 de diciembre de 2023

REAPERTURA DE CINEMA GENOVÉS

 

En el mes de abril de 2020, el blog Cinema Genovés cerró por cese de actividad. En el mes de diciembre de 2023, decido reabrirlo. No prometo —ni me comprometo a— mantenerlo con muchas más entradas en el futuro (todos calvos), pero sí a mantenerlo abierto, a fin de que los abonados, seguidores, amigos y visitantes del blog puedan acceder a su fondo de contenidos.

Son estos tiempos de censuras, obstáculos y restricciones de “nivel rojo”, en los que, sin ir más lejos (no nos dejan ir más allá…), la navegación por Internet se ha convertido en un recorrido aventurado y expuesto, un campo de minas, sembrado de peajes, controles, prohibiciones de paso, exigencias de aceptación, de consentimientos, de pago en datos, de cesión de la privacidad; de limitaciones a la libertad, en fin. A la vista de lo cual, Cinema Genovés vuelve a disfrutar de entrada libre…

Desde este momento, Cinema Genovés es accesible o bien adquiriendo la serie de eBooks publicados hasta la fecha (cuatro libros y el quinto en preparación) o bien online, visitando libremente el blog reabierto. Tú eliges.

Sé, pues, bienvenido de nuevo a Cinema Genovés, el cine que ves y el cine que lees.

***

CINEMA GENOVÉS en AMAZON

VOLUMEN I - El cine que ves. Tomo 1
VOLUMEN II - El cine que ves. Tomo 2
VOLUMEN III - El cine que ves. Tomo 3
VOLUMEN IV - El camerino
VOLUMEN V - Series de tv, en serio (próximamente)






martes, 18 de enero de 2011

VALOR DE LEY (2010)


Título original: True Grit
Año: 2010
Duración: 110 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Dirección: Joel Coen & Ethan Coen
Guión: Joel Coen & Ethan Coen (basado en la novela de Charles Portis)
Música: Carter Burwell
Fotografía: Roger Deakins
Reparto: Jeff Bridges, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper, Hailee Steinfeld, Paul Rae, Ed Corbin
Producción: Paramount Pictures / Skydance Productions / Scott Rudin Productions / Productor Ejecutivo: Steven Spielberg

1

Hacer un remake en el cine comporta, entre otros, un riesgo ineludible: evaluar su presumible conveniencia, su presunto beneficio, su grado de necesidad. No hablo, obviamente, de necesidad en el sentido de obligatoriedad moral o de exigencia material imperiosa, sino de necesidad artística. Producir la secuela de un film implica reconocer de hecho que la versión previa (también en plural) o bien no fue plenamente lograda o bien precisaba de (necesitaba) una actualización, una puesta al día. Los limitados medios técnicos y tecnológicos del momento de su realización, la censura imperante por entonces, los probados y patentes desaciertos en el reparto y dirección del original y, sobre todo, tener algo nuevo que aportar, serían algunas razonables causas que explican el porqué de un remake.
Seguro que hay ejemplos de remakes que han mejorado el original o los títulos precedentes (se admiten propuestas). Ahora bien, sostengo que pretender consumar la secuela de una obra maestra o de un clásico es, simplemente, algo más que un disparate o una loca empresa: supone, a mi juicio, un sacrilegio, una profanación artística. Así de claro. No faltan casos al respecto. Citaré algunos de ellos: Sabrina (1954. Billy Wilder); Psicosis (1960. Alfred Hitchcock); La huella (Joseph L. Mankiewicz). Digo los pecados; no nombro a los pecadores.
2
Valor de ley (True Grit, 1969), realizada por Henry Hathaway e interpretada, a la cabeza del reparto, por John Wayne, es un clásico de la historia del cine. Fue filmada en unos años muy «comprometidos» del siglo pasado, en los que la marca del tiempo (el espíritu del tiempo o Zeilgeist) era tan pronunciada que señalaba los productos artísticos como una cicatriz, un tic nervioso o uno de esos rasgos epilépticos que imprimen carácter. No obstante, la película de Hathaway ha resistido perfectamente el paso de los años, con frescura, sin respiración asistida, sin conservantes ni colorantes

Hathaway, a caballo de dos décadas «prodigiosas», dirigió el film con mano firme, ajustándose al género (western) sin complacencias ni otros miramientos, combinando el tono dramático y la comedia, el realismo y el romanticismo, con gran destreza. John Wayne, dentro de sus papeles otoñales, nos regaló una de sus interpretaciones más memorables y entrañables. ¿Qué necesidad había, entonces, de volver sobre lo mismo, de remover el pasado, de molestar a los dioses que duermen el sueño eterno?
Los hermanos Coen, Joel y Ethan, conscientes, probablemente, de su osadía, han respetado el venerable antecedente con sumo cuidado, de modo escrupuloso. Empezando por el mismo título, y siguiendo por la caracterización del protagonista principal, por la puesta en escena, por la narrativa del filme, las cuales remiten, en última instancia, a la novela en que están basadas ambas adaptaciones cinematográficas. Sólo han añadido un epílogo cuyo contenido, lógicamente, no revelaré. Esta circunstancia —el respeto al original—, que podría considerarse un mérito, confirma, por el contrario, la inutilidad de la empresa, su carácter superfluo.

Valor de ley (2010) no es una mala película, aunque sí fallida por las razones que aduzco. Ethan y Joel Coen han realizado un producto sólido, correctamente construido, bien contado, que se ve cómodamente. En cuanto a las interpretaciones, merece destacarse la actuación de la joven Hailee Steinfeld. Y prudente será no detenerse demasiado en considerar la labor de los restantes protagonistas. Jeff Bridges repite, sencillamente, el rol de El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) y el de Bad Blake en Corazón rebelde (Crazy Heart, 2009); esta vez, trasplantado al lejano Oeste (lamento ser tan sincero, sin pretender molestar a sus fans). Matt Damon…, bueno Matt Damon es actor en candelero, y es salsa que no puede faltar en ningún guiso de la cocina cinematográfica actual (sobre su papel digo lo mismo que respecto a Bridges; y conste que se trata de dos actores cuyos trabajos estimo mucho).
Nada sobresale en el remake en cuestión. Nada he visto en la cinta que justifique su producción (dejaré al margen, porque desconozco la cuestión, motivaciones «alimenticias», consideraciones contractuales y otras ofertas que, quizás, los autores no han podido rechazar…). La banda sonora, firmada por el habitual en las producciones de los Coen, Carter Burwell, tiene una gran calidad. Pero, la parte no acredita el todo. No entiendo, entonces, sinceramente, la razón de ser de este filme.
Los hermanos Coen han demostrado, y de sobra, poseer gran habilidad e imaginación a la hora de componer guiones originales. ¿Por qué recurrir a jardines ajenos cuando pueden/saben cuidar y cultivar su propio jardín? ¿No tuvieron bastante con haber perpetrado el anterior remake Ladykillers (The Ladykillers, 2004), donde, las principales víctimas no fueron Hathaway ni Wayne sino Alexander MacKendrick y Alec Guinness (El quinteto de la muerte, 1955)?

El cine de nuestros días sufre una crisis de creatividad de proporciones enormes. En tiempos de crisis (bien lo sabemos hoy, y en todos los órdenes) se ve uno obligado a vivir de las rentas y los ahorros, si ha sido lo suficientemente precavido de haberlos atesorado. Nada que objetar. Excepto que se pretenda sobrevivir de reservas ajenas. Ésta parece ser el caso de Valor de ley (2010).
Para los hermanos Coen, ¿no tiene suficiente valor de ley la película homónima de Hathaway como para haberse/habernos ahorrado la secuela, el remedo?

miércoles, 22 de septiembre de 2010

MADRES E HIJAS (2009)

Madres e hijas (2009). dirigida por Rodrigo García

MUJER: NATURALEZA VIVA

Comencé a interesarme por el cine de Rodrigo García (Bogotá, 1959) a raíz de la grata impresión que me produjo (que me produce: todavía tengo pendiente de asistir a algunas citas/capítulos de la serie) En terapia (In treatment, 2008), producida por la cadena norteamericana de cable HBO, de la que es su principal responsable artístico. Tal vez escriba largo y tendido algún día, aquí en Cinema Genovés, sobre la agudeza narrativa y la fuerza dramática de esta notable serie televisiva, interpretada, a la cabeza del reparto, por Gabriel Byrne. Será, en cualquier caso, cuando culmine la terapia ante la pantalla.
A la vista de lo anterior, decidí conocer más realizaciones del director colombiano, las cuales, en general, me han resultado interesantes. Sus primeras películas hay que entenderlas como una etapa de prácticas de dirección y montaje cinematográficos. En algunos casos, bastante logradas, en especial, y para mi gusto, su primer filme Cosas que diría con sólo mirarla (Things You Can Tell Just by Looking at Her, 2000). Buen narrador de historias, brillante guionista, sobrio planificador de escenas, está más influido por el «realismo sucio» norteamericano que por el «realismo mágico» latinoamericano, para entendernos. Hecho el rodaje o aprendizaje previos, llega el momento de la madurez como realizador, la hora del rodaje (shooting) como cineasta completo. El de su film más reciente, por ejemplo. Empecemos, pues, por lo último, por el momento, de Rodrigo García: Madres e hijas (Mother and Child, 2009).
A la hora de hacer la crítica de esta inteligente y valiente película, propongo olvidar de entrada las categorías tópicas que ya se han lanzado sobre ella, zumbando a su alrededor como moscardones, impidiendo poder escuchar su propia voz. No falta quien la ha etiquetado como obra de «cine independiente». También he leído/oído que se trata de una película «para mujeres» ¡e incluso «feminista»! El primer tópico lo dejaremos de lado, sin más contemplaciones, por tratarse de un cliché ideológico y no de una distinción artística, por ser, en suma, una caracterización confusa, oblicua y nada rigurosa. Por lo que respecta a la segunda cuestión, no cabe duda de que Madres e hijas es una película de mujeres, en primera persona, aunque componiendo un mural en grupo, un mosaico, quizás un rompecabezas, de vidas entrecortadas, vidas de mujeres en primer plano, con los hombres al fondo. De mujeres llenas de vida, pero que no tienen claro cómo darle salida.
Atiéndase al título, sin ir más lejos: mujeres en cinta, de generación a generación. Los principales papeles de la historia son femeninos, el argumento trata sobre la circunstancia de ser mujer, de ser madre e hija. He aquí la cuestión, pues. La cuestión cruda, en carne viva, de una obra situada en las antípodas del feminismo, que incluso, sospecho, irritará a progresistas y simpatizantes de ideologías sexistas.


Tres mujeres: Karen (Annette Bening), Elizabeth (Naomi Watts) y Lucy (Kerry Washington).
Karen dio a luz una niña a la edad de catorce años. Presionada por su progenitora, la entregó recién nacida en adopción a través de una institución católica. Ahora, más de treinta años después, es una mujer madura, otoñal, fisioterapeuta de profesión, que cuida también, personalmente, en casa, de su anciana madre enferma, a las puertas de la muerte. Con serios problemas emocionales y de comunicación, mujer amargada, Karen no logra superar el hecho de haber abandonado a su hija, a las puertas de la vida. Ni siquiera ha decidido iniciar la búsqueda, angustiada por la perspectiva de enfrentarse a la hija y a una incierta, aunque muy probable, reacción de rechazo.
Elizabeth, la hija de Karen, más que buscar a la madre (acaba, finalmente, decidiéndose a hacerlo), se busca, sobre todo, a sí misma. Con un brillante currículo profesional, ejecutiva agresiva, abogada de éxito, pero de inestable vivir, errante, de mudanza permanente, siempre vuelve, sin embargo, a su ciudad natal, Los Ángeles.
Lucy, la tercera mujer que completa este mural de vidas entretejidas como telas de araña, regenta con su madre una pastelería. Casada, pero yerma, ha decidido, por su cuenta, adoptar un bebé, cueste lo que cueste. Tres vidas insatisfechas, incompletas, las de madres e hijas.
Con este prometedor punto de partida, Rodrigo García realiza un soberbio fresco social y humano siguiendo el patrón (casi ya un género cinematográfico) de «vidas cruzadas», en el que ha demostrado una sobrada habilidad con sus anteriores realizaciones. Un film coral que muestra el patrón de relaciones humanas —especialmente, de pareja— hoy vigente, con mayor o menor grado, en las sociedades occidentales modernas, o pasadas de modernidad. Las mujeres de hoy en día han escalado niveles, dominan la situación y, efecto necesario de ello, han pasado a ser dominantes. En el plano de las decisiones, de las posiciones y aun de las posturas, incluidas las sexuales. Toman la iniciativa en todo momento, marcan la pauta. Solas o en compañía de lobos domesticados —maridos, compañeros, colegas, amantes—, la mujer es la que habla, la que lleva la voz cantante, la que resuelve.


Tras la revolución sexual, los varones, despojados de sus privilegios históricos, han sido reducidos. Quiero decir, han visto reducido su papel social al de «hombre objeto»: en la cama, en la casa, en la comunidad de vecinos, en el trabajo. Banco de semen, mero medio para alcanzar un escalafón profesional o para servir de «objeto sexual» en una vendetta entre mujeres, acompañante callado y pasivo al servicio de las damas, el hombre de hoy es actual, es un prometeo encadenado, un ídolo caído, un varón a la sombra de la fémina. Los tiempos han cambiado, ¿no es cierto? Han cambiado las tornas. Ya lo anunció Lenin: para hacer una tortilla hay que romper los huevos. Y ya lo advirtió Guillermo Cabrera Infante, casi como respuesta al líder bolchevique: la utopía acaba inevitablemente en Etiopía.
Ocurre, ni más ni menos, que es imposible, y perverso, torcer la naturaleza de las cosas. A pesar de todo. El orden social dominante, el de la dominación, no obstante, ha cambiado. La relación hombre/mujer ha sido permutada, transfigurada, volteada, invertida. Las mujeres hoy mandan. Están más liberadas, pero acaso son menos libres, y, probablemente, menos felices también.
Algunas formas de entender la liberación acaban necesariamente en la isla soledad. Elizabeth vive sola en un edificio de apartamentos, sola como la mayoría de los inquilinos. Así se lo hace notar de manera mordaz, una vecina solícita y entrometida, presumiendo de marido, que callado lleva al lado. La casada ofrece, generosa, compañía a la soltera. No sabe, en realidad, en qué se está metiendo. Elizabeth le devolverá la ofensa, más tarde, donde más duele.
El precio de la liberación sin deliberación ha sido a menudo muy alto: negando el propio instinto o, simplemente, frenándolo o reprimiéndolo. Véase, la maternidad, la relación madres e hijas, la relación de pareja, la adopción de bebés, con el tema del aborto al fondo, insinuándose, dejándose traslucir (los remordimientos de Karen podrían, perfectamente, equipararse a los de una mujer que ha abortado; el asunto ya lo abordó Rodrigo García en su primer film).

La madre de Lucy anima a su hija a la adopción. La importancia del afecto, sostiene muy convencida, reside en el tiempo, no en la sangre.  El marido de Lucy, por el contrario, desea tener un hijo propio, una criatura de su misma sangre. Simple comparsa de la vida conyugal opta, finalmente, por seguir su propio camino. La madre biológica, prevista donante del bebé, decide en el último momento no traspasar a la hija a una extraña. El ser abandonado es ahora Lucy. Karen, por su parte, acaba bajando de la torre de marfil en la que estaba instalada (refugiada), suavizando la actitud severa y exigente habitual en ella, a fin de ordenar la vida afectiva con un compañero de trabajo que la pretende. Sucede que no todo hombre que se acerca a una mujer es un presunto acosador o violador. Y Elizabeth…, en fin, no desvelaré la conclusión del film.
Y, justo es decirlo, en el último tramo de Madres e hijas la trama declina, pierde verosimilitud, cede ante el fácil melodrama y las transformaciones «milagrosas» de algún personaje. Lástima. Con todo, el filme, aunque acaba tambaleándose, de ningún modo se derrumba. La historia sigue en pie, se sostiene. La planificación, la puesta en escena y la dirección de actores son, por lo demás, magníficos; las actrices y los actores, muy solventes; Samuel L. Jackson, siempre sobrio, convincente, en su lugar.
La propia sangre, el instinto, la naturaleza humana, no pueden violarse impunemente. La película, aun conteniendo un potente asunto moral y vital en sus entrañas, no resulta moralista ni sensiblero (el final, ay, casi que sí). Sencillamente, muestra asuntos principales de la mujer (y del hombre, ¿no?): nacer, vivir, morir.


jueves, 9 de septiembre de 2010

PRESENTACIÓN Y ESTRENO DEL BLOG


Aunque mi profesión y mi vocación remiten a la filosofía, a una filosofía de corte racional, confieso sentir pasión por el cine. Bien es verdad que a lo largo de los años, los filmes han ido compartiendo tiempo y espacio con mi otra querencia del alma artística: la ópera. Pero esa es materia para otros tinglados, y no es cuestión de airear ahora mis arias, lieder y barcarolas favoritas en este lugar reservado al séptimo arte. La profesión de uno puede cambiar, puede uno jubilarse, o estar excedente para buscar la excelencia. Mas la vocación nunca cesa ni varía mientras vivimos, ya que define el designio de nuestra existencia personal, la vida de cada uno. Queda advertido, entonces, el visitante: en este blog encontrará cine y más cine, pero su autor no podrá evitar (ni lo procurará) que la reflexión racional conviva con el sentimiento y la pasión cinéfila infiltrados e inflamados por tantas imágenes y tantos sonidos de película como bullen en mi recuerdo.
La afición y el gusto por el cine, tras muchas cintas visionadas (también, no pocos rollos vistos…) y de bastantes textos leídos sobre el tema, se tornaron cinefilia en mí, ya desde niño. He pasado muchas tardes de la infancia y juventud en los cines de sesión continua, desde las 4 de la tarde hasta cerca de las nueve de la noche, hora de volver a casa. Hoy, en el salón de mi casa —a veces, en las salas de cine también—, por la noche, raramente por las tardes, jamás por las mañanas, no hay jornada sin mi ración de cine. Un día sin sesión cinematográfica representa para mí un día perdido, o casi. Tras la cena, cine.
Arcadia todas las noches. Así titulaba admirado Guillermo Cabrera Infante uno de sus precisos y preciosos textos. Puesto que yo soy poco proclive a lo pastoril, bucólico y, menos aún, a lo utópico, denominaré, por mi parte, ese espacio maravilloso de la mente, mi olimpo particular de dioses y diosas de la pantalla, mi paraíso de estrellas del celuloide y del video. Paraíso, pues, todas las noches.