Título original: El marqués de Salamanca
Año: 1948
Duración: 93 minutos
Nacionalidad: España
Director: Edgar Neville
Guión: Edgar Neville y Tomás Borrás
Música: José Muñoz Molleda
Fotografía: Manuel Berenguer
Reparto: Conchita Montes, Alfredo Mayo,
Guillermo Marín
Productora: Comisión Organizadora del I
Centenario del Ferrocarril / Edgar Neville
La reciente lectura de la excelente
biografía novelada de José María de
Salamanca y Mayol (Málaga, 1811 – Madrid, 1883), titulada El camino de hierro. Retrato del marqués de Salamanca (Suma de Letras, 2014) y escrita por Juan González Solano, me ha animado a volver a la película que Edgar Neville rodó en 1948 sobre tan distinguido
personaje: uno de los empresarios más emblemáticos de la historia de España;
aristócrata; político efímero; emprendedor (como se dice ahora) vocacional; esforzado impulsor de la red ferroviaria,
tanto en España como en el extranjero; promotor del barrio del ensanche
madrileño que hoy conocemos por su nombre (barrio
de Salamanca); amante de la buena vida, de la mesa bien puesta y las
mujeres hermosas; coleccionista de obras de arte y bibliófilo obsesionado con
reunir los libros de caballería (primeras ediciones) que, según palabra de Miguel
de Cervantes, enloquecieron de fantasía y aventura al señor don Quijote; hombre influyente
y carismático, recibido por las cortes y las jefaturas de Gobierno de medio mundo;
individuo respetado por todos y odiado por muchos, porque es cosa sabida que en este país
(que diría Larra) la envidia es el primer pecado capital (y provincial), y
no hay cosa que reviente más a la gente por estos pagos que contemplar el éxito
ajeno, o simplemente, que haya quien tenga éxito, acaso porque pone al personal
en evidencia…
El
libro referido es altamente recomendable.
Documentado con rigor y bien escrito, describe con pulso firme la hazaña de un
hombre ejemplar en contraste con la
España del siglo XIX, vapuleada por constantes revueltas callejeras; tumultos
y motines populares que provocaban los correspondientes cuartelazos y
levantamientos militares; por contiendas intestinas (las guerras carlistas);
por cambios de Gobierno del tres al cuarto; por una corrupción incorregible y diríase
endémica en las instituciones; por una monarquía borbónica boba y fatua; por un
republicanismo cainita y resentido; por una población bruta y poco cultivada,
que ni hace ni deja hacer, proclive al alboroto y la jarana, alérgica a los
cambios, las inversiones y las innovaciones, aunque afecto a los trapicheos y
regateos, las mudanzas y las alteraciones, lo variopinto y las varietés… Un fresco histórico, como puede comprobarse, de rabiosa actualidad,
circunstancia ésta que el autor del libro no sólo procura esquivar sino que la
estimula con suma eficacia y elegancia.
«Una plaga de
inacción económica que ya duraba cinco años. Era posible que hubiese algo más,
ese incomprensible e inmutable odio de los españoles por lo moderno. Aquí todos
alardean de estar al día, pero en cuanto les presentas una innovación, la
desprecian, la ignoran o la combaten, o las tres cosas a la vez. Luego, eso sí,
decenios más tarde, cuando la innovación ya es moneda corriente, presumen de
estar a la última.» (pág. 338).
El
marqués de Salamanca (1948), bien es
verdad, no es uno de los films más significativos ni memorables de la obra
cinematográfica de Edgar Neville, notable y muy meritoria en su conjunto. Con
un reparto de primera categoría, en el que destacan Alfredo Mayo en el papel protagonista y Conchita Montes (a la sazón, amante del director), se limita a
encadenar secuencias ambientadas en la Bolsa madrileña y escenas de gabinete
ministerial, combinadas con descripciones de la vida social de la época,
dejando de lado la verdadera pasión y acción empresarial del personaje, quien a
veces da más la impresión de ser un vividor que un emprendedor. El hilo conductor
amoroso está centrado en la relación con María Buschental (Conchita Montes),
esposa de un amigo y rico financiero, José Buschental (Guillermo Marín); en realidad, gran amiga y episódica amante de
José de Salamanca. Y, en fin, el rey Alfonso XII actúa de narrador de la trama,
lo cual realza la figura del protagonista, aunque dicho cometido resulte bastante inverosímil.
Edgar Neville tiene en su haber trabajos
mucho más valiosos que el referido: La señorita de Trevélez (1936),
La
torre de los siete jorobados (1944), La vida en un hilo (1945),
El
crimen de la calle Bordadores (1946) y, en particular, el último que
realizó, Mi calle (1960). ¿Por qué detenernos, entonces, en El marqués de Salamanca? Porque, aun
siendo un «trabajo menor», representa el homenaje a un individuo notable que, a
su vez, guarda muchos puntos en común con el director de cine nacido en Madrid.
Doble homenaje, pues. Consideremos el siguiente paralelismo entre Salamanca
y Neville.
Tanto uno como otro fueron aristócratas;
bon vivants y mujeriegos; casados los dos (aunque no entre sí), solían
vivir alejados de sus correspondientes cónyuges, lo cual no impidió que
mantuviesen corteses relaciones con ellas; caballeros elegantes, cuando no
dandis (mandaban confeccionar sus trajes y prendas de vestir a sastres de
Londres y París); creativos y creadores; viajeros con mando en plaza española y
extranjera; maestros en el arte de la diplomacia; soñadores y arrojados, a
menudo hasta impulsivos y temerarios; generosos y magnánimos (también derrochadores;
con su propio dinero, todo sea dicho); espíritus libres, renuentes a toda clase
de convencionalismos; promotores ambos de negocios inmobiliarios, empresariales
y privados (la mansión de Neville en Marbella, Malibú, fue comprada por el
actor Sean Connery); como genuinos
empresarios, conocieron la riqueza y no fueron ajenos a la quiebra económica; amigos
de sus amigos, procuraron ignorar a sus (muchos) enemigos, sin miedo al riesgo
ni al qué dirán; conservadores al tiempo que innovadores; sujeto/objeto de
escándalo para los espíritus más pacatos y resentidos; próximos, y en muchos
casos, íntimos, de personalidades del mundo de la política (aunque sin
servilismos), las finanzas y las artes; aficionados a la vida social y las
tertulias.
Parafraseando al historiador griego Plutarco, diría que la existencia de José de Salamanca y de
Edgar Neville se me antojan dos vidas
paralelas. Y aceptando, por otra parte, el juego lingüístico propuesto ad hoc por el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, añado que
las tengo por dos vidas para leerlas. A lo que agrego, en
fin, de mi propia cosecha, que también
para verlas en cine.
Nos traes unos personajes que bien podrian estar paseando por Madrid en éstos momentos.
ResponderEliminarLa historia tiene ciertos puntos de conexión, será porque se repite con ligeras modificaciones.
Libros para leer y documentarse y peliculas para ampliar conocimientos de la sociedad que nos precede.
Salucines amigo Genovés
Anoche soñé, Abril, que paseaba por el barrio de Salamanca de Madrid. O era alguien muy parecido a mí. Y no una sino, dos veces...
EliminarSalucines
Ains, Fernando, de aquellos polvos, estos lodos... Qué bueno encontrarse a Neville por aquí, siempre he disfrutado con sus películas, aunque algunas parecen difíciles de localizar. Esta no la he visto, intentaré encontrarla por algún sitio, aunque no albergo mucha esperanza. "Mi calle" es mi favorita...
ResponderEliminarUn abrazo
Tienes razón, Mara, en que no hay excusa por haber tenido abandonado el cine español, en general, y el de Neville, en particular, en Cinema Genovés. Intentaré en lo sucesivo enmendar este olvido. El cine español clásico, se entiende.
EliminarSalucines