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lunes, 3 de marzo de 2014

LA GRAN GUERRA (1959)



Título original: La grande guerra
Año: 1959
Duración: 135 minutos
Nacionalidad: Italia
Director: Mario Monicelli
Guión: Mario Monicelli, Furio Scarpelli, Luciano Vincenzoni, Agenore Incrocci
Música: Nino Rota
Fotografía: Giuseppe Rotunno, Giuseppe Serrandi, Leonida Barboni, Roberto Gerardi
Reparto: Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Silvana Mangano, Folco Lulli, Bernard Blier, Romolo Valli, Vittorio Sanipoli, Nicola Arigliano

Coproducción Italia-Francia: Dino de Laurentiis Cinematografica / Gray-Film


Coproducción Italia-Francia: Dino de Laurentiis Cinematografica / Gray-Film
En el presente 2014 se conmemoran los cien años del estallido de la Primera Guerra Mundial, la «Guerra del 14», suceso que condicionó poderosamente el devenir del siglo XX, especialmente en Europa. No será, entonces, inoportuno dedicar una sesión de Cinema Genovés a examinar algún título especialmente memorable ambientando en acontecimiento tan tremendo. No son pocas las películas que de manera directa o indirecta han tratado sobre el mismo. Si tengo que escoger de entre todos los que he visionado, me inclino por los siguientes cinco títulos: El gran desfile (Big Parade1925. King Vidor), Cuatro hijos (Four sons1928. John Ford), Alas (Wings1927William A. Wellman), La Gran Guerra (La Grande Guerra1959. Mario Monicelli), Lawrence de Arabia (1962, David Lean).

No se tratan, en rigor, de films de o sobre la Primera Guerra Mundial. Tal vez por ello son mis predilectas, porque, aun teniendo como telón de fondo el citado conflicto bélico, por encima de todo, lo trascienden, adquiriendo así un valor universal. Hay bastantes de otro tipo, acaso las más reconocidas y distinguidas, como por ejemplo: Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930. Lewis Milestone) o Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957. Stanley Kubrick). Pero tengo la impresión de que su reconocimiento y celebridad provienen más del mensaje que contiene (antibelicismo genérico, por ejemplo) que de los propios valores cinematográficos que pueda albergar. Es curioso. No es frecuente encontrar películas sobre la Segunda Guerra Mundial cuyo principal propósito sea lanzar una proclama pacifista (antibelicista y aun antimilitarista) en estado puro; casi diría que insólito (otro asunto es el del tratamiento de la posguerra). Cuando sucede lo contrario a propósito de la Primera Guerra Mundial. La perspectiva y mirada del asunto se transforma, pues, cuando cambia el escenario bélico; por ejemplo, la guerra de Vietnam o la misma Segunda Guerra Mundial. Y dejo aquí la reflexión, más apropiada para ser desarrollada in extenso en un libro que en una entrada de blog.


De mis cinco películas favoritas en la «Crisis Mundial» (Winston Churchill), deseo destacar ahora La Gran Guerra, acaso porque es la que he revisionado más recientemente. Vuelvo una y otra vez a dicho film y nunca deja de emocionarme, divertirme y conmoverme, de admirar este trabajo portentoso. La industria italiana del cine ha dejado buenas muestras de poseer rigor y vigor. En esta ocasión, Dino de Laurentiis, en coproducción con Francia, echa el resto poniendo en marcha esta auténtica super-producción. No se escatimó en ella una lira ni un franco francés a la hora de ofrecer un trabajo sólido y espectacular, minucioso y vigoroso, una recreación impresionante de la Italia de 1916 recién incorporada al conflicto bélico. La partitura es encomendada a Nino RotaMario Monicelli firma guión y dirección. Al frente del reparto, Vittorio Gassman, Alberto Sordi y Silvana Mangano.



Con el fantasma de la batalla de Caporetto flotando por todo el film, que es como mentar el desastre de Verdún para los franceses —es decir, el recordatorio de la derrota militar contra los alemanes y la humillación nacional de imposible olvido—, la cinta sitúa al espectador en los primeros movimientos del ejército italiano en el frente bélico. La primera secuencia nos sitúa en un centro de reclutamiento italiano. Giovanni Busacca (Vittorio Gassman), milanés, mientras hace cola para alistarse, propone a un veterano allí presente, cortándose las uñas de las manos, Oreste Jacovacci (Alberto Sordi), que a cambio de treinta liras le busque un buen destino, seguro y facilón. El ya uniformado le tima, lo cual no impide que cada cual más pillastre, se vuelvan inseparables, como la picardía y la perrería. Hasta el último aliento…


Mario Monicelli, quien luce una filmografía de primera división, nunca ha estado más inspirado y acertado como en este film. Realiza lo más difícil que puede pretenderse en el arte cinematográfico: combinar con pericia y precisión la comedia y el drama en una misma cinta. Lo lograba a menudo John Ford. Bastantes veces Ernst Lubitsch y Alfred Hitchcock; algunas, Billy Wilder. Y ya me dirán ustedes si me he dejado algún otro caso ejemplar. En La Gran Guerra he aquí la constante, la mezcla de situaciones trágicas llevadas con ternura y gracia, nunca con ira no furia, con otras incluso hilarantes.

En una determinada secuencia, tal transición de lo triste y dramático a lo festivo y burlesco se logra con una maestría raramente superable. Giovanni y Oreste, dos pillos que intentan escaquearse cuanto pueden y conseguir ganancias por medio del engaño a la menor ocasión, han conseguido unas monedas tras montar una falsa colecta para la tropa poco después de llegar a una población amiga. La compañía a la que pertenecen ha sido fuertemente golpeada en el último encuentro con las fuerzas austriacas, causando baja uno de sus camaradas más queridos.


En una determinada secuencia, tal transición de lo triste y dramático a lo festivo y burlesco se logra con una maestría raramente superable. Giovanni y Oreste, dos pillos que intentan escaquearse cuanto pueden y conseguir ganancias por medio del engaño a la menor ocasión, han conseguido unas monedas tras montar una falsa colecta para la tropa poco después de llegar a una población amiga. La compañía a la que pertenecen ha sido fuertemente golpeada en el último encuentro con las fuerzas austriacas, causando baja uno de sus camaradas más queridos.

Tras repartirse las ganancias del engaño, topan en la estación con la mujer del amigo muerto. Les pregunta si conocen a su esposo, Bordin (Folco Lulli), y si saben cómo está. Comoquiera que éstos no se sienten con valor para decirle la verdad, ella les pide que le entreguen cuando le vean un paquete con ropa limpia que ha preparado para el marido, y añade que es una pena no haber podido verle porque contaba con que le diera algo de dinero, ahorrado de la soldada, pues son muchos de familia y les falta de casi todo, aunque no importa, ya se arreglará. Oreste y Giovanni cruzan sus miradas, rebuscan en los bolsillos y le entregan el botín recién logrado. Oh, no puedo aceptarlo. No se preocupe, señora, Bordin nos lo repondrá cuando nos encontremos con él. Tras acompañar a la mujer hasta el tren y sin cortar el plano, ni decir palabra los truhanes de buen corazón, la cámara les sigue hasta la estación, donde civiles y militares, al son de una simple armónica, bailan una alegre cantinela en la cantina, todos ríen, buscan su pareja y parecen divertirse. La secuencia se cierra con lentitud y elegancia.

Monicelli, director funcional y poco dado habitualmente a ejercicios de estilo, lleva a cabo en esta cinta unos movimientos de cámara, planos secuencia y con grúa, filma unas escenas de batalla, concibe unos encuadres meticulosos y logra unas escenas de masas tan espectaculares que dan fe de una calidad y un oficio que no sorprende porque es sabido, pero que no deja de maravillarme.


No hay énfasis ni subrayados en esta película prodigiosa. A diferencia de lo que denomino el cine de trinchera, Monicelli evita moralizar y discursear. Los personajes son tratados con ternura, y ni siquiera el enemigo es estigmatizado (apenas mostrado en las escenas finales), cada uno está en su bando y cumple órdenes. Romanos, milaneses y sicilianos se mofan constantemente de las procedencias del otro, pero cuando suena el himno nacional, todos se levantan y gritan «Viva Italia». La relación que mantiene Giovanni con la prostituta Constantina (Silvana Mangano) es delicada y cálida por ambas partes, no meramente física ni transaccional. Los oficiales y los soldados discuten entre sí sin cuartel, pero en el fondo se guardan mutuo respeto y aun afecto..


Tunantes y bribones sin malicia, Giovanni y Oreste son, finalmente, víctimas de su propia picardía. Enviados a recoger unos aparejos en el puesto de abastecimiento más próximo al emplazamiento de la compañía, y a punto la puesta de sol, deciden pasar la noche en un pajar cercano y partir al amanecer. Pero sucede que durante la noche, y ante el avance imprevisto del enemigo, los mandos italianos dan orden urgente de retirarse. Les despierta, justamente, la llegada de los austriacos. Son detenidos e interrogados a fin de informar sobre el movimiento de su compañía. Aun sabiendo a lo que se exponen si no hablan, ninguno habla. Tampoco hay aquí énfasis ni grandilocuencia al mostrar el heroísmo trágico de los sinvergüenzas. Sólo ironía. En la compañía, varios compañeros de Giovanni y Oreste, celebran la retirada austriaca. A la vista de que no les han visto el pelo, hacen bromas sobre ellos: otra vez que se han escaqueado estos dos…




4 comentarios:

  1. Una gran película. Gassman y Sordi nunca estuvieron mejor juntos. Moniccelli siempre lo recordaré como el director de "Amici mei", la película que suelo reservar para mis momentos tristes y que me devuelve el buen humor.
    Saludos. Borgo.

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    1. Hay tanto y de tan buena calidad en el cine de Monicelli, amigo Borgo, que habría múltiples ejemplos para elegir. Por mi parte, prefiero su etapa de los años 40 y 50 más que las de los 70 en adelante. En Monicelli y en general...

      Salucines

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  2. Acabo de leer tus argumentos en favor del e-book en tu blog "Librepensador". Me parecen muy acertados.

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    1. Muy amable tu comentario, Alí. Gracias.

      Te doy también la bienvenida a este blog de cine. Vuelve cuando quieras.

      Salucines

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