Dícese del «fantasma» que es una especie de ente no real, que aparece bajo forma o apariencia insólitas, creando en las personas más impresionables, una cierta desazón, un estado de confusión.
Trataremos esta semana en nuestro espacio de películas y de fantasmas, un capítulo de la historia del cine que me apasiona. Y que tiene tras de sí una extraordinaria lista de títulos. Desde el Fantasma de la ópera, en sus distintas versiones, hasta El sexto sentido (1999 - M. Night Shyamalan), pasando por fantomas varios y las cintas de las que guardo mejor recuerdo: Jennie (Portrait of Jennie, 1948- William Dieterle, El fantasma y la señora Muir (Ghost and Mrs. Muir, 1947 - Joseph L. Mankiewicz) y Fantasmas de Roma (Fantasma a Roma, 1961- Antonio Pietrangeli). Piénsese, después de todo, que el mundo del cine, al menos desde los fantásticos cortos realizados por Géorges Méliès, tiene mucho de fantasmagórico. Sobre Jennie ya hemos escrito en Cinema Genovés y no descarto ocuparme de alguna otra obra representativa del género en el futuro.
En esta ocasión deseo detenerme, brevemente, de una sección del tema: los diálogos-fantasma. Me refiero por dicha expresión a aquellas líneas del guión que son atribuidas a determinadas películas, corren de boca en boca, adquieren hasta fama y leyenda, cuando, en realidad, no pertenecen a las mismas.
El ejemplo más conocido proviene de Casablanca (1942 – Michael Curtiz) y a la mítica frase fantasma: «Tócala otra vez, Sam». Porque el caso es que Rick (Humphrey Bogart), a quien se le atribuye la orden, no dice tal cosa. Ni siquiera Ilsa (Ingrid Bergman), cuando pide al pianista del club que interprete la pieza que remueve recuerdos y pasiones: «Play it, Sam. Play As Time goes by». He aquí el párrafo del guión, en cuestión. En una secuencia posterior, Rick, ahogado por la nostalgia y en el alcohol, le espeta a Sam: «You played it for her, you can play it for me. Play it» («La interpretaste para ella. Puedes, entonces, interpretarla para mí. Tócala»). Caso cerrado.
Dícese de una «charada» que es algo así como un acertijo, un rompecabezas, un entretenimiento. Y algo de esto hay en Charade, film dirigido por Stanley Donen en 1963. Típico producto marcado por la frenética estética sesentera, hoy se me antoja una comedia un tanto tontorrona, con un Cary Grant demasiado mayor para el papel y además muy pasado de rosca. Un atributo, por otra parte, habitual en este actor inglés que algún crítico positifo, con indudable éxito, denominó un día el «rey de la comedia». Y digo «éxito» porque la ocurrencia hizo fortuna, a base de repetirse como el ajo o un diálogo-fantasma. Por lo que a mí respecta en dicha comparación acaba para mí el éxito y la gracia del asunto.
La secuencia en la que Peter Joshua (Cary Grant) juega al baile de la naranja, la que se ducha vestido y la que revela (¡hay que ver la mueca que pone Cary!) su verdadera identidad a Regina «Reggie»Lampert (Audrey Hepburn) son tres ejemplos que muestran a las claras que en el país de los ciegos cinéfilos, el rey es tuerto. Lamentable error, cuando en el mundo del cine the King, por antonomasia, como todo el mundo sabe, no es otro que su excelencia Clark Gable.
¡Uy, Genovés, lo que ha dicho! ¡Una «crítica negativa»...! Como presiento que con estas últimas palabras casi estoy firmando mi testamento, y a fin de no ganarme enemistades, ni la vida que tanto quiero, me apresuro a compensar la anterior declaración con otras puntualizaciones más agradables, acerca del film. Son tan sinceras como las anteriores, pero, ay, más positifas: Audrey Hepburn, como siempre, se muestra encantadora (esta actriz sí es una reina del cine); Walter Matthau cumple su trabajo de modo sobresaliente; la música de Henry Mancini, muy inspirada; los títulos de crédito, diseñados por el gran Maurice Binder, de antología. Ea, dicho está. Ahora, vamos al caso.
¡Uy, Genovés, lo que ha dicho! ¡Una «crítica negativa»...! Como presiento que con estas últimas palabras casi estoy firmando mi testamento, y a fin de no ganarme enemistades, ni la vida que tanto quiero, me apresuro a compensar la anterior declaración con otras puntualizaciones más agradables, acerca del film. Son tan sinceras como las anteriores, pero, ay, más positifas: Audrey Hepburn, como siempre, se muestra encantadora (esta actriz sí es una reina del cine); Walter Matthau cumple su trabajo de modo sobresaliente; la música de Henry Mancini, muy inspirada; los títulos de crédito, diseñados por el gran Maurice Binder, de antología. Ea, dicho está. Ahora, vamos al caso.
Reggie.- (señalando con el dedo el hoyuelo en la barbilla de Peter/Cary) ¿Cómo te afeitas ahí? (How do you shave in there?).
Peter.- De la misma manera que los puercoespines hacen el amor, con mucho cuidado.
No negaré que la réplica es más que ingeniosa: brillante. Pero, ay, no está en la película. O yo no la he escuchado en el film, ni leído en el diálogo original. La conversación real transcurre en estos términos.
He aquí la transcripción del momento clave del diálogo:
Peter.- ¿Qué era?
Reggie.- ¿Que era qué?
Peter.- ¿En qué estuvo mezclado tu marido?
Peter/Cary, por tanto, no contesta a la observación de Reggie/Audrey, sino que sigue con la cháchara de Charada, sin hacer nigún comentario al señalamiento recibido (un toque, por lo demás, muy de los años pop). Relatan por aquí y por allá que la censura española de la época modificó el diálogo, y que tal y que cual. ¿Otra charada que sumar a la lista fantasmal?
¿Conocéis, queridos míos, la solución a este enigma? ¿Sabéis, queridas mías, de nuevas muestras de diálogos-fantasma en el cine? Es vuestro turno.





















