Páginas

lunes, 3 de octubre de 2011

FINALES DE CINE




Óscar López y Pablo Vilaboy, Finales de cine. 77 películas para recordar, Alianza Editorial, Madrid, 2011, 382 páginas

Según marca una costumbre inveterada en la crítica cinematográfica y entre el público en general resulta inoportuno y desaconsejable revelar el final de las películas. Más que nada, por si algún sujeto expectante (todavía no espectador), escucha o lee aquello que debería desconocer, y que tendría, en cualquier caso, que descubrir por sí mismo.

Las escenas o secuencias últimas de un film, concebidas para servirse a los postres, ¿por qué ofrecerlas de aperitivos? ¿Para qué destaparlas públicamente, anticipadamente, a destiempo? Esto es lo que sostiene la costumbre, incluso la lógica y el sentido común. 


Mas, ¿qué me dicen del gusto por innovar, por trasgredir la norma, por revolucionar y alterar el orden de las cosas? Tan antiguo como el orden es el desorden. No son pocos los profesionales del cine que han llevado a cabo ingeniosos experimentos en áreas diversas. Por ejemplo, en el guión y el montaje.

Mencionaré unas de esas alteraciones: la narración empieza por donde acaba la historia, y a continuación arranca un largo flashback. He aquí una forma. Todo un clásico. No es la única. Hace unos años, nos sorprendió una cinta ciertamente original dirigida por Christopher Nolan, titulada Memento (2000), aunque también podría denominársela «la otra cinta de Moebius». La peculiaridad más relevante del film es que el relato de los hechos es contado al revés de como, en realidad, se produjeron: empieza por el final y avanza hacia atrás, hasta llegar (¿volver?) al principio. En este caso, la incorrección sería contar el principio al que no conozca la cinta y tenga previsto darse un paseo por ella.


Sea como fuere, prevención acerca de revelación de secretos fílmicos, existe. Incluso también hay serias advertencias. Al final de Las diabólicas (Les diaboliques, 1955), película dirigida por Henri-Georges Clouzot, aparece un intertítulo, a modo de coda, donde se exhorta al espectador a «no contar el final». Por su parte, antes del estreno de Psicosis (Psicosis, 1960), Alfred Hitchcock, celoso de su trabajo, maestro del suspense, realizó un trailer del film advirtiendo a los espectadores que no debían contar a nadie el final de la película.

Psicosis: «La película que usted debe ver desde el principio. ¡O no verla! Pues nadie podrá entrar una vez que empiece.»



Hablando de finales... La consideración crítica del libro Finales de cine, editado hace unos meses en España, plantea un problema de primer orden, a saber: la finalidad del volumen. Lo diré de otro modo, ¿cuál es el auténtico propósito e intención, el sentido y utilidad, del mismo? Confiesan los autores del volumen que, de entrada, han dejado a un lado los títulos más célebres y celebrados por sus conocidísimos y comentadísimos finales: Casablanca (Casablanca, 1942), Con faldas y a lo loco (Something like it hot, 1959), Lo que el viento se llevó (Gone WithThe Wind, 1939), Psicosis (Psicosis, 1960)... 

El plan es, entonces, compendiar 77 títulos para recordar. ¿Por qué? Por tener, en común, un «final irresistible». Pero, ¿por qué 77? ¿Por tratarse tal vez de un número capicúa, que tanto vale, vale tanto, leído del derecho como del revés?

El listado de filmes recogido en el volumen se nos antoja, a primera vista, caprichoso. Si bien, nos queda también la impresión de haber sido concebido por una suerte de cuota cinematográficamente correcta: cupo por géneros (tiene que haber necesariamente directoras); por nacionalidad (no pueden faltar películas españolas); según una proporcionalidad geográfica (tantas americanas, tantas europeas, del Norte y del Sur del viejo continente); etcétera. La relación de títulos comienza con Lirios rotos (Broken Blossoms, 1919 – D. W. Griffith), le siguen otros  como Bola de fuego (Ball  of fire, 1941 – Howard Hawks), Carta de una desconocida (Letter fron an Unknown Woman, 1948 – Max Ophüls), La Strada (La Strada, 1954- Federico Fellini), Españolas en París (1971 – Roberto Bodegas), La linterna roja (Da hong Deng long Gao gau Gua, 1991 – Zang Yimou), El piano (The Piano, 1993 – Jane Campion), Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1996 – Lars Von Trier), y concluye con Volver (2006 – Pedro Almodóvar).

En términos generales, más que analizar con detalle la conclusión de filmes (¿especialmente destacables?), la ficha de cada entrada equivale a una reseña, con menciones, eso sí, a detalles de los últimos minutos de la filmación. Para ser rigurosos y precisos, y no confundir al potencial lector, los autores y editores deberían, a nuestro juicio, haber permutado el orden del título y el subtítulo del libro. Siguiendo así otra vieja costumbre: entender que lo primero manda sobre lo segundo.



lunes, 26 de septiembre de 2011

CARA ÁNGEL


La vieja manía de traducir los títulos de las películas rodadas en otros idiomas distintos al del lugar del estreno es una fea costumbre. Pero, hoy, quiero escribir de caras bonitas. ¿Cómo decirlo: caras con ángel o caras de ángel?
El célebre musical Funny Face (1957), dirigido por Stanley Donen, es conocido en España por el título Una cara con ángel. Funny traslation del inglés, diríamos, ante el que uno se encuentra, la verdad, un poco perdido... No es tarea sencilla, ciertamente, traducir al español el término «funny». «Funny» significa «divertido» o «gracioso», pero, igualmente, «raro» o «poco corriente». En nuestro idioma, una cara con ángel viene a querer decir «una cara con gracia».
La cosa, sin embargo, tiene poca gracia. Vamos a ver, respóndanme ustedes a esta pregunta, queridos amigos, se lo ruego: ¿puede definirse de esa guisa ―una cara con gracia― un rostro de querubín como el de Audrey Hepburn? ¿No ven ustedes, como yo veo, un ser angelical en vez de un rostro simplemente... gracioso?


Repasemos otros rostros femeninos tocados por la gracia de la belleza divina, la belleza elevada y dulce, con embeleso, ternura y pureza. No todas las bellezas son de esta clase. Aunque tampoco pintan mal las pingirls, las mujeres cemento y las monumento, las volcánicas y las petroleras, las que tiene que servir y las femmes fatales, las neumáticas y las explosivas, las de quitarse el sombrero y las que quitan el hipo. Todas ellas respetables señoras ante las que inclinarse. Pero eso será para otra ocasión.
Antes que pase un ángel y nos quedemos todos mudos, aunque no de piedra, que comience el pase de modelos de hermosura seráfica. Para empezar, fijemos nuestra atención en algunas reinas del cine silente, benditas sean, ante cuyos rostros uno, francamente, se queda sin habla.
Lillian Gish, mirada cándida y tierna, boquita de piñón, es el ángel del paraíso, un ángel que vuela alto en el cielo de las estrellas. Frágil muñeca de porcelana que el villano y el malvado de película ansían quebrar. Eterna niña, de mayor protegió a los niños del cazador nocturno, hambriento de carne inocente.

Mary Pickford, rodeada siempre de hombres famosos, caballeros con mucha fama, conservó en todo momento un aire virginal que todavía me conmueve.


As times goes by. Nuevas apariciones ocupan las pantallas del cinematógrafo, cautivándonos y maravillándonos. Ruby Catherine Stevens ―más conocida como Barbara Stanwyck― recorría con tal garbo la línea del coro que llegó a ser chica Ziegfeld. De las bambalinas pasa más tarde a la pantalla. En 1933 interpreta, bajo la dirección de Alfred E. Green a Lily Powers en el filme Carita de ángel (Baby Face). En esta ocasión, la traducción es perfecta, no da lugar a dudas y nada que objetar. Quien parece no haber roto un plato en su vida, se nos descubre (en todos los sentidos) como una muchacha que desea subir alto y a toda prisa, no sirviéndose para ello de alas de ángel, sino metiéndose bajo el ala de los tipos con pasta, y, si es preciso, entre sus sábanas. ¡Hala, lo que ha dicho!
Tampoco en Stella Dallas (1937), a las órdenes de King Vidor, Barbara Stanwyck acaba siendo como parecía/aparecía en los primeros planos del filme. Allí, la joven Stella, mirándose al espejo, se me antoja una tierna blancanieves arreglándose el cabello con primor, sabiéndose la chica más bella del mundo, en busca de príncipe. Lo consigue. O casi, porque el príncipe no es más que un soso esposo. El esplendor, fugaz como una estrella, cuando no es cuidada, acaba estrellándose en la dura realidad. Eso le pasa a la madura Stella. Les ahorro el fotograma que lo prueba. Aquí y ahora sólo cuentan las caras bonitas.


También a muchos nos embaucó Jean Simmons en Cara de ángel (Angel Face, 1952), dirigida por Otto Preminger.  El angelito se llevó a Robert Mitchum a volar por los aires.


De Marlene Dietrich dijo Jean Cocteau que su nombre comienza con una caricia y acaba como un latigazo. Aunque no se trate de su primera interpretación en la pantalla, El ángel azul (Der blaue Engel, 1930), película dirigida por Josef von Stenberg, lanza a la fama a Marlene. Pero, yo quiero recordarla ahora como ángel sin más, sin colorantes, aunque probablemente con algún conservante.  

Ni el propio cineasta que la dirige, Ernst Lubitsch, en Angel (1937), puede resistirse ni contenerse ante los encantos de este espíritu celestial.

Siento un turbador hechizo cada vez que contemplo el rostro pulcro y delicado de Gene Tierney. Incluso cuando lleva la carita sucia en La ruta del tabaco (Tobacco Road, 1941), dirigida por John Ford. Mas, ahora, lo dicho: sólo caras bonitas.

Habrá quien se pregunte qué hace una chica traviesa como Brigitte Bardot en este Olimpo de diosas. Si está Brigitte, también podría estar Ava Gardner, ¿no? No, no, Ava, la Eva del celuloide, invita al pecado. Brigitte, en cambio, al menos en la foto aquí escogida, firmada por Richard Avedon, diríase pintada por Rafael, ¿o no? 


Julie Christie no me deja frío nunca. Ni tocada con gorro de zorro en la estepa madrileña ni vestida de raso en un salón ruso. ¿Qué me pasa, doctor? ¿Tendré celos de Zhivago?

A Jacqueline Bisset la vi emerger de la noche americana siendo una jovencita adorable. Ya de mujer madura, no la perdí tampoco de vista, cuando llegó a ser rica y famosa. No sabría decir en qué momento me gusta más.

Solveig Dommartin constituyó una auténtica revelación en el filme Cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), dirigido por Wim Wenders. 

Viéndola balanceándose en el columpio del circo, las alas y el cabello al viento, lamenta uno no poder volar, más allá de la imaginación, para abrazar la causa de esta Siegessäule que me lleve a la victoria. 

Esta sí, finalmente, y literalmente hablando, es una cara (Marion/Solveig Dommartin) con un ángel (Damiel/Bruno Ganz).

viernes, 23 de septiembre de 2011

EL PREMIO ES PARA... ANRO, POR SUPUESTO





Resulta que me ha tocado un premio. Sí, sí, de veras. Algo así como un Oscar de la Academia de Hollywood, pero en plan modesto. Y el caso es que yo, no apostando nunca, gano. ¿No es para tenerme por un tipo con suerte?
Cinema Genovés ha sido escogido por el blog amigo Yo confieso como un espacio a tener en consideración. Gracias y adelante. Esto último significa que el espectáculo debe continuar: Showtime, folks! Según las normas establecidas en el juego, el recién premiado debe, a su vez, seleccionar a otros afortunados. Un máximo de diez, me cuentan. ¿Diez? No, no. Con uno me basta. Me inclino por conceder un Premio Honorífico.
Si tengo que elegir un blog de cine de entre los muchos que he visitado y aprecio, rindiéndole así homenaje, la cosa para mí está muy clara. Mi voto va para Las puertas de Babilonia. Premio a título póstumo para el blog de Anro, amigo, que estás en los cielos.

Las puertas de Babilonia representa uno de los trabajos más sólidos y originales de la blogosfera. Es mucho más que un formidable espacio de análisis cinematográfico. Es una sabia combinación de las memorias personales del autor y de reseñas de las películas que iban marcando, año tras año, su biografía. Pero, ay, el corazón del blog se paró, hace unos pocos meses. Y ya no sabemos más.
En el mes de julio, Anro se nos fue. Sí, se fue de viaje. Al Polo Norte, nos anunció.
«Lo siento, amigos, pero me tengo que marchar». Así tituló la última entrada de Las puertas de Babilonia. Así era de elegante, Antonio, amigo. Pero, no volvió. El viaje a los fiordos noruegos con su mujer, no fue para él de ida y vuelta. Resultó, después de todo, el largo viaje. Un viaje que le llevó a las puertas de la eternidad.


El día 26 de abril dejó este comentario (cito sólo una parte) a una de las entradas de mi blog viajero, Los viajes de Genovés:
«Días pasados te comentaba que no sabía donde iba a ir este año de vacaciones y al final he adelantado el viaje. Yo y mi mujer vamos a hacer un periplo por los fiordos noruegos en un par de meses. Llegaremos hasta el círculo polar ártico.
Estamos muy ilusionados porque después recalaremos unos días en Berlín, que a pesar de que estuvimos el año pasado es una ciudad que me encanta.
Ya te contaré
Un abrazote.»

No me lo contó. Me he quedado sin saber. Y sin Anro.
No me gustan las escenas de aplausos en las películas. Quedan demasiado artificiales y falsas, facilonas y comodonas. No pediré, pues, un aplauso para Anro. 

Ofreciendo el premio a Las puertas de Babilonia, solicito del público para nuestro amigo ausente un ¡Hurra! El último hurra.


jueves, 15 de septiembre de 2011

VINCENT PRICE, EL VILLANO EXQUISITO







José Manuel Serrano Cueto, Vincent Price. El villano exquisito, T&B Editores, Madrid, 2011, 231 páginas

El principal acierto del presente libro se halla más en la oportunidad que en la novedad. Vincent Price. El villano exquisito es la versión, corregida y notablemente aumentada, de un anterior trabajo del autor: Vincent Price. El terror a cara descubierta. Mucho mejor título el actual que el precedente, todo sea dicho. Ocurre que en el año 2011 celebramos el centenario de nacimiento de Vincent Price, actor de una pieza y amplísimos registros interpretativos, paladín de la elegancia en la escena y el plató, quien con similar distinción portaba una bata de terciopelo que el esmoquin, una de las voces con mejor dicción y modulación en el mundo del espectáculo, doctor horroris causa del cine de misterio y terror, un mito fantástico del arte de crear ilusión y alucinación, no importa el género ni el medio de expresión en que tenga lugar.
No hay, pues, momento más propicio para ofrecer al público ―incluidos los muchos fans que sienten devoción por Vincent Price (¿simpathy for the devil?) ― un completo volumen que ponga al día la importante contribución de nuestro personaje a las bellas artes. 

Sin poner el énfasis en el aspecto multidisciplinar del actor no es posible comprender ni valorar como se merece la dimensión y el carácter de sus trabajos.
Primeramente, porque Vincent Price personifica a la perfección la condición de profesional del espectáculo, disciplinado y competente, esforzado y meticuloso. No olvida una línea del papel, disfruta trabajando en equipo y apenas tiene roces con otros compañeros de reparto ni con los directores y productores para quienes trabaja. En última instancia, semejante actitud y tamaña disposición, en el oficio y en la vida, constituyen la manera más efectiva de mostrar respeto por el espectador, a quien brinda en todo momento una faena pulcra y solvente, de las que dejan un recuerdo imborrable en la memoria de todo aficionado al arte.
Escena de "Angel Street" en Broadway: Vincent Price, Judith Evelyn y Leo G. Carroll

Esta generosidad de ánimo convive, por lo demás, con una profusión de registros y capacidades artísticas del personaje que le permiten recorrer los más variadas esferas del mundo del espectáculo. El teatro, el cine, la radio, la televisión: cualquier escenario y medio es apropiado para que Vincent Price ejerza la interpretación, la locución, la publicidad, el doblaje, el cameo.
Nacido el 27 de mayo de 1011 en la ciudad de Saint Louis (Missouri), en el seno de una familia acomodada, Price siente desde muy joven la llamada de las tablas de la ley teatral. Marcha a Londres, donde toma contacto directo con el drama clásico y colabora con la compañía Mercury Theatre, fundada por Orson Welles y John Housemann. Vuelve a Estados Unidos, y tras demostrar en Broadway sus dotes interpretativas, cruza la línea que separa la escena teatral del estudio cinematográfico. El año 1938 realiza su debut en la gran pantalla: Service de Luxe dirigida por Rowland V. Lee. Desde ese momento, no hay género en el Séptimo Arte que se le oponga o frene. Sea la comedia sofisticada o el melodrama, el western o el musical, el mundo del circo o la capa y espada, el cine bíblico o de época, sea el suspense o el policiaco, el thriller, el cine fantástico o el de terror, no hay apenas temas, tramas, vestuarios o personajes que no encarne o queden fuera de su riquísima filmografía.
La educación recibida, amplia y exquisita, favorece el desarrollo de unas cualidades personales tan relevantes en la vida personal como en la carrera profesional del actor. Colecciona arte, cultiva el gusto por la buena comida y los vinos selectos, su presencia física ―afianzada por sus casi dos metros de altura― es imponente; sus maneras, elegantes, su movimiento corporal, delicado y firme a la vez. Sin ser un galán, en el sentido estricto del término, Vincent Price, gracias un cuidado trabajo de interpretación, consigue destilar gran fascinación, atractivo y hasta un cierto hipnotismo. 

Sin estas particularidades no hubiese sido tan convincente encarnando a Sir Walter Raleigh en La vida privada de Isabel y Essex (The Private Lives of Elizabeth y Essex, 1939), dirigida por Michael Curtiz; al mezquino gigoló Shelby Carpenter en Laura (Laura, 1944), dirigida por Otto Preminger; al soberbio Nicholas Van Ryn en El castillo de Dragonwyck (Dragonwyck, 1946), dirigida por Joseph L. Mankiewicz; al arrogante Cardenal Richelieu en Los Tres Mosqueteros (The Three Musketeers, 1948), dirigida por George Sydney; a Baka, el sibilino constructor de pirámides egipcias, en Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments, 1956); al enérgico director de pista en El gran circo (The Big Circus, 1959) ni al entrañable Mr. Maranov en Las ballenas de agosto (The Wales of August, 1987), dirigida por Lindsay Anderson y compartiendo reparto con las venerables Bette Davis y Lilian Gish.


Por otra parte, sin la perversidad romántica y la villanía exquisita que imprime a sus caracterizaciones, sin su porte y prestancia, tampoco resultarían creíbles y espeluznantes al mismo tiempo los personajes de terror: los abominables mad doctors, los tenebrosos señores de mansiones decadentes o castillo encantados, que le han dado fama mundial. Interpretando al Profesor Henry Jarrod en Los crímenes del Museo de Cera (House of Wax, 1953), dirigida por André de Toth; a Don Gallico en The Mad Magician (1954), dirigida por John Brahm; a Roderick Usher en La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960), a Nicholas Medina en El Péndulo de la muerte (The Pit and the Pendulum, 1961), al Doctor Erasmus Craven en El cuervo (The Raven, 1963), al Príncipe Próspero en La máscara de la Muerte Roja, 1964), filmes estos cuatro últimos dirigidos por Roger Corman; personificando, en fin, a El abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971), dirigida por Robert Fuest o a Edward Lionheart en Matar o no matar, éste es el problema (Theatre of Blood, 1973), dirigida por Douglas Hickox. En todos y cada uno de los papeles interpretados, el gran Vincent Price muestra el rostro del horror revestido por un aura de distinción y magnificencia.


Además de una amplísima carrera cinematográfica, Price participó en cerca de dos mil espectáculos en la radio, intervino en series famosas de televisión, como Daniel Boone (Daniel Boone, 1964-1970), El Supergante 86 (Get Smart, 1965-1970), Batman (Batman, 1966-1968), Colombo (Columbus), La mujer biónica (The Bionic Woman), Vacaciones en el mar... Puso voz y risa maléfica en celebérrimo videoclip Thriller (1983), con Michael Jackson. Por si esto fuese poco para completar un sobresaliente currículo profesional, en 1982, Tim Burton filma Vincent, un cortometraje de animación en homenaje a su ídolo, quien hace de narrador del mismo. Años después, Burton le asigna un breve pero muy relevante papel en la película Eduardo manostijeras (Edward Scissorhands, 1990). 


Estas últimas colaboraciones de Vincent Price abrieron la senda por la cual una legión de adolescentes y jóvenes (y no tan jóvenes) del mundo entero han hecho del actor un talismán del cine de terror. Un curriculum vitae et mortem, en fin, el de Vincent Price como para merecer estar en el Olimpo de los grandes monstruos del género, junto a Bela Lugosi, Boris Karloff, Peter Lorre, Christopher Lee, Peter Cushing, entre otros.


El libro Vincent Price. El villano exquisito ha sido cuidadosamente editado, constando, además de los capítulos dedicados a la vida y obra del personaje, de un buen número de fotografías e ilustraciones, de prácticos anexos («Tour Price»; «Colección Vincent Price»; «Sus actores de doblaje en España»; «Price visto por...»; «Bibliografía, Índice onomástico y de películas»), todo lo cual satisfará al aficionado y hará las delicias del fan. Lamentablemente, el texto no está a la altura de la exquisita edición. El lenguaje y la redacción resultan a veces descuidados y hasta ordinarios («en un mundo, el del cine, marcado por las envidias y los malos rollos de todo tipo» [pág. 11]; «para no fomentar el guirigay, ciñámonos a la realidad»; «amenizar el cotarro [...] Una chorrada» [pág. 118]). Asimismo, el autor regala, en ocasiones, al lector unas consideraciones personales (cinematográficas, pero también extra-cinematográficas), innecesarias, gratuitas y fuera de lugar. El estilo y el enfoque del trabajo revelan, en definitiva, que la mano(tijera) que ha compuesto el texto ha sido guiada por la pasión de un friki. Esta consideración improbablemente podrá molestar, y menos desacreditar, a un escritor que, según consta en la solapa del volumen, ha colaborado en la revista Freek y actualmente conduce el Friki Films Blog (de la distribuidora catalana Friki Films).