José Manuel Serrano Cueto, Vincent Price. El villano exquisito, T&B Editores, Madrid, 2011, 231 páginas
El principal acierto del presente libro se halla más en la oportunidad que en la novedad. Vincent Price. El villano exquisito es la versión, corregida y notablemente aumentada, de un anterior trabajo del autor: Vincent Price. El terror a cara descubierta. Mucho mejor título el actual que el precedente, todo sea dicho. Ocurre que en el año 2011 celebramos el centenario de nacimiento de Vincent Price, actor de una pieza y amplísimos registros interpretativos, paladín de la elegancia en la escena y el plató, quien con similar distinción portaba una bata de terciopelo que el esmoquin, una de las voces con mejor dicción y modulación en el mundo del espectáculo, doctor horroris causa del cine de misterio y terror, un mito fantástico del arte de crear ilusión y alucinación, no importa el género ni el medio de expresión en que tenga lugar.
No hay, pues, momento más propicio para ofrecer al público ―incluidos los muchos fans que sienten devoción por Vincent Price (¿simpathy for the devil?) ― un completo volumen que ponga al día la importante contribución de nuestro personaje a las bellas artes.
Sin poner el énfasis en el aspecto multidisciplinar del actor no es posible comprender ni valorar como se merece la dimensión y el carácter de sus trabajos.
Primeramente, porque Vincent Price personifica a la perfección la condición de profesional del espectáculo, disciplinado y competente, esforzado y meticuloso. No olvida una línea del papel, disfruta trabajando en equipo y apenas tiene roces con otros compañeros de reparto ni con los directores y productores para quienes trabaja. En última instancia, semejante actitud y tamaña disposición, en el oficio y en la vida, constituyen la manera más efectiva de mostrar respeto por el espectador, a quien brinda en todo momento una faena pulcra y solvente, de las que dejan un recuerdo imborrable en la memoria de todo aficionado al arte.
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| Escena de "Angel Street" en Broadway: Vincent Price, Judith Evelyn y Leo G. Carroll |
Esta generosidad de ánimo convive, por lo demás, con una profusión de registros y capacidades artísticas del personaje que le permiten recorrer los más variadas esferas del mundo del espectáculo. El teatro, el cine, la radio, la televisión: cualquier escenario y medio es apropiado para que Vincent Price ejerza la interpretación, la locución, la publicidad, el doblaje, el cameo.
Nacido el 27 de mayo de 1011 en la ciudad de Saint Louis (Missouri), en el seno de una familia acomodada, Price siente desde muy joven la llamada de las tablas de la ley teatral. Marcha a Londres, donde toma contacto directo con el drama clásico y colabora con la compañía Mercury Theatre, fundada por Orson Welles y John Housemann. Vuelve a Estados Unidos, y tras demostrar en Broadway sus dotes interpretativas, cruza la línea que separa la escena teatral del estudio cinematográfico. El año 1938 realiza su debut en la gran pantalla: Service de Luxe dirigida por Rowland V. Lee. Desde ese momento, no hay género en el Séptimo Arte que se le oponga o frene. Sea la comedia sofisticada o el melodrama, el western o el musical, el mundo del circo o la capa y espada, el cine bíblico o de época, sea el suspense o el policiaco, el thriller, el cine fantástico o el de terror, no hay apenas temas, tramas, vestuarios o personajes que no encarne o queden fuera de su riquísima filmografía.
La educación recibida, amplia y exquisita, favorece el desarrollo de unas cualidades personales tan relevantes en la vida personal como en la carrera profesional del actor. Colecciona arte, cultiva el gusto por la buena comida y los vinos selectos, su presencia física ―afianzada por sus casi dos metros de altura― es imponente; sus maneras, elegantes, su movimiento corporal, delicado y firme a la vez. Sin ser un galán, en el sentido estricto del término, Vincent Price, gracias un cuidado trabajo de interpretación, consigue destilar gran fascinación, atractivo y hasta un cierto hipnotismo.
Sin estas particularidades no hubiese sido tan convincente encarnando a Sir Walter Raleigh en La vida privada de Isabel y Essex (The Private Lives of Elizabeth y Essex, 1939), dirigida por Michael Curtiz; al mezquino gigoló Shelby Carpenter en Laura (Laura, 1944), dirigida por Otto Preminger; al soberbio Nicholas Van Ryn en El castillo de Dragonwyck (Dragonwyck, 1946), dirigida por Joseph L. Mankiewicz; al arrogante Cardenal Richelieu en Los Tres Mosqueteros (The Three Musketeers, 1948), dirigida por George Sydney; a Baka, el sibilino constructor de pirámides egipcias, en Los Diez Mandamientos (The Ten Commandments, 1956); al enérgico director de pista en El gran circo (The Big Circus, 1959) ni al entrañable Mr. Maranov en Las ballenas de agosto (The Wales of August, 1987), dirigida por Lindsay Anderson y compartiendo reparto con las venerables Bette Davis y Lilian Gish.

Por otra parte, sin la perversidad romántica y la villanía exquisita que imprime a sus caracterizaciones, sin su porte y prestancia, tampoco resultarían creíbles y espeluznantes al mismo tiempo los personajes de terror: los abominables mad doctors, los tenebrosos señores de mansiones decadentes o castillo encantados, que le han dado fama mundial. Interpretando al Profesor Henry Jarrod en Los crímenes del Museo de Cera (House of Wax, 1953), dirigida por André de Toth; a Don Gallico en The Mad Magician (1954), dirigida por John Brahm; a Roderick Usher en La caída de la casa Usher (House of Usher, 1960), a Nicholas Medina en El Péndulo de la muerte (The Pit and the Pendulum, 1961), al Doctor Erasmus Craven en El cuervo (The Raven, 1963), al Príncipe Próspero en La máscara de la Muerte Roja, 1964), filmes estos cuatro últimos dirigidos por Roger Corman; personificando, en fin, a El abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971), dirigida por Robert Fuest o a Edward Lionheart en Matar o no matar, éste es el problema (Theatre of Blood, 1973), dirigida por Douglas Hickox. En todos y cada uno de los papeles interpretados, el gran Vincent Price muestra el rostro del horror revestido por un aura de distinción y magnificencia.

Además de una amplísima carrera cinematográfica, Price participó en cerca de dos mil espectáculos en la radio, intervino en series famosas de televisión, como Daniel Boone (Daniel Boone, 1964-1970), El Supergante 86 (Get Smart, 1965-1970), Batman (Batman, 1966-1968), Colombo (Columbus), La mujer biónica (The Bionic Woman), Vacaciones en el mar... Puso voz y risa maléfica en celebérrimo videoclip Thriller (1983), con Michael Jackson. Por si esto fuese poco para completar un sobresaliente currículo profesional, en 1982, Tim Burton filma Vincent, un cortometraje de animación en homenaje a su ídolo, quien hace de narrador del mismo. Años después, Burton le asigna un breve pero muy relevante papel en la película Eduardo manostijeras (Edward Scissorhands, 1990).

Estas últimas colaboraciones de Vincent Price abrieron la senda por la cual una legión de adolescentes y jóvenes (y no tan jóvenes) del mundo entero han hecho del actor un talismán del cine de terror. Un curriculum vitae et mortem, en fin, el de Vincent Price como para merecer estar en el Olimpo de los grandes monstruos del género, junto a Bela Lugosi, Boris Karloff, Peter Lorre, Christopher Lee, Peter Cushing, entre otros.
El libro Vincent Price. El villano exquisito ha sido cuidadosamente editado, constando, además de los capítulos dedicados a la vida y obra del personaje, de un buen número de fotografías e ilustraciones, de prácticos anexos («Tour Price»; «Colección Vincent Price»; «Sus actores de doblaje en España»; «Price visto por...»; «Bibliografía, Índice onomástico y de películas»), todo lo cual satisfará al aficionado y hará las delicias del fan. Lamentablemente, el texto no está a la altura de la exquisita edición. El lenguaje y la redacción resultan a veces descuidados y hasta ordinarios («en un mundo, el del cine, marcado por las envidias y los malos rollos de todo tipo» [pág. 11]; «para no fomentar el guirigay, ciñámonos a la realidad»; «amenizar el cotarro [...] Una chorrada» [pág. 118]). Asimismo, el autor regala, en ocasiones, al lector unas consideraciones personales (cinematográficas, pero también extra-cinematográficas), innecesarias, gratuitas y fuera de lugar. El estilo y el enfoque del trabajo revelan, en definitiva, que la mano(tijera) que ha compuesto el texto ha sido guiada por la pasión de un friki. Esta consideración improbablemente podrá molestar, y menos desacreditar, a un escritor que, según consta en la solapa del volumen, ha colaborado en la revista Freek y actualmente conduce el Friki Films Blog (de la distribuidora catalana Friki Films).


