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lunes, 4 de abril de 2016

OUR TOWN (1940)


Título versión española: La sinfonía de la vida
Año: 1940
Duración: 90 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Sam Wood
Guión: Harry Chandlee y Frank Craven a partir de la obra teatral de Thornton Wilder
Música: Aaron Copland
Fotografía: Bert Glennon
Dirección artística: William Cameron Menzies
Reparto: William Holden, Martha Scott, Thomas Mitchell, Frank Craven, Fay Bainter, Beulah Bondi, Guy Kibbee, Stuart Erwin
Producción: United Artists


El valor de lo clásico. ¿Qué es una obra clásica? Muy sencillo, aquella que del modo más natural posible, con simplicidad y sinceridad, con sobriedad y claridad, muestra y revela la profunda complejidad de las cosas. A partir de esta caracterización, Our Town (1940) constituye, por excelencia, uno de los títulos clásicos de la cinematografía. Basada en una pieza teatral en tres actos escrita por Thornton Wilder (premiada con el Premio Pulitzer en la categoría de Drama), narra la vida cotidiana en Grover's Corners, pequeña ciudad de New Hampshire, a lo largo de doce años, desde 1901 hasta 1913, pero que muy bien podría retratar la historia de la humanidad en su conjunto y longitud.

 Thornton Wilder en el papel de narrador en la escena. Our Town, 1959

¿Qué significa “clásico”? Aquello que combina con genio y sensibilidad lo particular y lo universal. Grover’s Corners es una típica población estadounidense, refleja los tipos humanos y las costumbres características de una small town de Nueva Inglaterra. Grover’s Corners está ubicada en New Hampshire. Pero, del mismo modo que Ítaca, en la Magna Grecia, o Innesfree en Irlanda, constituyen ámbitos de realidad fantástica que remiten al nicho del hombre y la civilización, allí donde venimos y allá hacia donde regresamos tras completar el ciclo, el viaje de la vida. Se trata de un lugar imaginario, mas no por ello de escasa fuerza significativa y simbólica. Si bien existen notables diferencias entre los mencionados lugares: de Ítaca y de Innesfree partieron los héroes de la historia respectiva para conocer el mundo; pero, de Grover’s Corners no salen los personajes (ni desean abandonarlo) porque nuestra ciudad es nuestro único mundo.


El narrador de la historia, Mr. Morgan (Frank Craven), se dirige al espectador desde distintos lugares de la villa, pero al menos en dos ocasiones nos da la posición; habla desde “la cima de la colina”: he aquí la divisa desde la cual contemplamos la escena ciudadana y nos aproximamos a la trama. Tal expresión (plegaria que entonan los primeros peregrinos llegados desde Inglaterra a lo que será Nueva Inglaterra, el origen de una nueva nación), simboliza el sueño americano, la nueva Tierra Prometida, una comunidad en la que nacer, vivir y morir como individuos libres y felices.

Y no es otra sino ésta la historia de Our Town: el relato de dos familias residentes en Grover’s Corners, los Gibbs y los Webb, dos hogares colindantes: el médico y el director del periódico de la ciudad, respectivamente; dos fuerzas vivas de la comunidad. Pero, en la carne mortal de ambas familias está personificado el espíritu universal (no necesariamente en sentido hegeliano) de todos los habitantes de la Tierra. Porque nos cuentan los episodios comunes y reconocibles en los seres humanos, en la gente corriente que acude a diario al trabajo o la escuela, que se ocupa de lo suyo y se preocupa por los suyos, que descubre el amor, que se casa, tiene hijos… y, finalmente, muere.




Por lo que se ve, nada fuera de lo corriente. Pero he aquí una cotidianidad y una normalidad que por mor del arte escénico y cinematográfico se elevan a la categoría de acontecimientos extraordinarios y sublimes. Producida por United Artists, Our Town no es una superproducción, aunque en su misma sencillez —temática y presupuestaria— contiene lo más valioso del mundo: el milagro de la vida (asistimos, en efecto, a un milagro en la película) y la voluntad de vivir (he aquí la fuerza humana que obra el milagro). Un prodigio en que participan tanto los vivos como los muertos.



El equipo artístico y técnico del film da lo mejor de sí mismo, logrando lo más difícil y delicado en el oficio cinematográfico: hacer verosímil lo cotidiano y lo fantástico; combinar con éxito comedia y drama; armonizar lo hermoso y lo tenebroso. Gracias todo ello a un pulso narrativo pulcro y sabio (Sam Wood); una dirección artística de fábula a la hora de recrear la familiaridad de los espacios domésticos y vecinales (William Cameron Menzies); una fotografía capaz de transitar sin sobresaltos del tono impresionista al expresionista (Bert Glennon); una música inspiradísima y evocadora, que tiñe de melancolía y añoranza el claroscuro de las imágenes (Aaron Copland); y gracias a un reparto, en fin, que más que actuar, más aún que dar vida a unos personajes mortales, hacen de ellos seres eternos.



Martha Scott, quien interpreta a Emily Webb, fue nominada al Oscar de Hollywood a la Mejor Actriz, en el primer papel de su carrera cinematográfica. Contaba 28 años para encarnar a una muchacha que cumple los 16 en el primer tramo de la historia. Su mejor amigo y vecino, su futuro marido, es George Gibbs (William Holden); Holden tiene por entonces 22 años para interpretar a un joven que también frisa los 17. No obstante, el maravilloso trabajo de ambos, pleno de inocencia y pureza, suple estas innegables diferencias de edades. Porque en Grover’s Corners diríase que el tiempo se ha parado o que sigue un curso muy particular en el universo, como los ciclos de la luna, cuyo influjo tanto fascina a los personajes. De ahí los constantes travellings del film que mueven a aquéllos a través de los años, de acá para allá, del más acá al más allá, y viceversa.


¿Es irrelevante para el mundo que estemos vivos o muertos? He aquí no sólo una sesuda cuestión filosófica sino la base de films muy célebres, como, por ejemplo, ¡Qué bello es vivir! (It's a Wonderful Life, 1946), película dirigida por Frank Capra y que guarda notorios paralelismos con Our Town. Si bien la perspectiva, el fondo y la forma de ambos films ofrecen notables disparidades. Aun tratándose de dos trabajos clásicos (en los sentidos de la expresión aquí señalados), en Our Town prima la emoción contenida y el realismo mágico frente a la sensiblería y el buenismo (lo capriano) dominantes en ¡Qué bello es vivir!; la nebulosidad del romanticismo frente al descaro y la liviandad del realismo social; la “tormenta y el ímpetu” (Sturm und Drang) frente al candoroso canto celestial a lo ¡Viva la gente!, respectivamente.

Our Twon no se ajusta con exactitud , en su complejidad y hondura, al canon de la comedia, pero tampoco encaja estrictamente con el melodrama. El careo del film con otro primo cercano puede ayudarnos a clarificar, para terminar este texto, nuestro asunto:


«Cotejemos, a modo de ejemplo, las siguientes obras: Our Town (Sinfonía de la vida, 1940), dirigida por Sam Wood (en esta ocasión, para la United Artist) y The Human Comedy (La comedia de la vida, 1943), realizada por [Clarence] Brown para la Metro-Goldwyn-Mayer. Ambos trabajos parten de textos escritos por escritores de probada experiencia y solvencia: Thornton Wilder (nacido en Madison, Wisconsin, galardonado con tres Premios Pulitzer, uno de ellos, justamente, por la pieza teatral Our Town), y William Saroyan (californiano de raíces armenias, ganador de un Oscar de la Academia de Hollywood y un Premio Pulitzer), respectivamente.

»La esencia de la trama en ambas historias mantienen un similar aire de familia: la vida cotidiana en una pequeña ciudad, atendiendo particularmente a las pequeños hechos de cada jornada, vistos por los miembros de las familias, y en la que intervienen tantos los vivos como los muertos (éstos en fantasmagóricas apariciones). La participación en ambos títulos de la actriz Fay Bainter en el papel de Mrs. Gibbs (Our Town) y Mrs. Macauley (The Human Comedy) favorece, por lo demás, la analogía. Pues bien, el film de Wood destila un lirismo de altura, pautado y preciso, merced a una dirección mesurada, casi flotante, que confiere al film la atmósfera melancólica y de fábula que exige la narración, auxiliada en todo momento por la extraordinaria música compuesta a la sazón por Aaron Copland. Mientras la evocación y la sensibilidad a flor de piel mandan en Our Town, Brown, por su parte, tiende hacia melodrama familiar en The Human Comedy.» 

(Fragmento del capítulo III, “Clarence Brown, un filmmaker entre silencios”, incluido en el volumen Hollywood revelado. Diez directores brillando en la penumbra [Ártica, 2012])


Our Town no es, en rigor, una comedia ni un melodrama más, sino una obra maestra, un film encantador y gentil, conmovedor y realmente, mágico, que se visiona con el corazón encogido y los ojos húmedos.


Our Town (1940) está disponible en Youtube en una aceptable copia en VOSE



2 comentarios:

  1. Un ejemplo excelente de cine clásico, una obra que se ha representado-y creo que se sigue haciendo en los escenarios-,que merece ser rescatada y no sólo por ser una pieza de museo, tambien porque se puede ver y apreciar en 2016. Mi admirado Newman tambien la interpretó en el teatro en 2003 aquí y muchos actores consagrados.

    En cuanto a las comparaciones, no sé en el caso de la Comedia de la vida que no he visto, pero en la obra capriana por excelencia yo diría que no hay sólo buenismo, hay tambien ese retrato de un pueblo y sus gentes,vidas corrientes,sus pequeñas o grandes tragedias, Bedford Falls, con sus luces y sus sombras (SÍ TAMBIEN HAY SOMBRAS)pero que termina con esa escena que es un canto a la esperanza, al buenismo,en la creencia de que "nadie fracasará si tiene buenos amigos".

    Hemos de agradecer, los que por aquí pasamos, que nos recuerdes que están ahì estas pequeñas joyas.

    Salucines, amigo Genovés.

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    1. Gracias, amiga Abril, por tu estupendo comentario. Los buenos amigos hacen, sin duda, nuestra vida y 'our town' más agradable. Tu presencia aquí lo demuestra...

      No conocía el trabajo de Paul Newman como narrador en una versión de esta maravillosa historia. Parece ser para la televisión, ¿verdad? Gracias también por este aporte a la entrada.

      Salucines

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