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domingo, 17 de abril de 2016

AMOR ETERNO (1929)


Título versión original: Eternal Love
Año: 1929
Duración: 71 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Ernst Lubitsch
Guión: Katherine Hilliker, Hanns Kräly, H.H. Caldwell, a partir de la novella de Jakob Christoph Heer
Música: Hugo Riesenfeld
Fotografía: Oliver T. Marsh & Charles Rosher
Reparto: John Barrymore, Camilla Horn, Victor Varconi, Hobart Bosworth, Bodil Rosing, Mona Rico, Evelyn Selbie, Constantine Romanoff
Producción: United Artists


Para la tradición clásica del pensamiento griego, los géneros en las artes y la literatura se reducían, básicamente, a dos categorías: la tragedia y la comedia. Así, por ejemplo, el filósofo Aristóteles decía de la tragedia que, mediante los mecanismos del temor y la compasión, lleva a cabo la purgación de las afecciones que mueven la actuación de los personajes que en ella intervienen. (Sobre la poética). Posteriormente, fue introducido otro subgénero que adquiriría con el paso del tiempo la categoría estricta de “género”; pongamos que hablo del drama, el cual a su vez generó nuevos subgéneros: docudrama, comedia dramática, melodrama… Deseo reparar ahora en este último término señalado, a propósito de un film memorable, un epítome del melodrama en estado puro: Amor eterno (Eternal Love, 1929), potente película dirigida por Ernst Lubitsch para United Artists.

A mi juicio, es en la etapa silente del cine donde el melodrama alcanza sus grandes cimas: la naturaleza del “cine mudo” es particularmente adecuado para recoger y hacer ascender a gran altura la intensidad de las emociones humanas, llevándolas al límite, elevándolas a cotas incluso “demasiadas humanas”, esto es, que rozan la eternidad, culminando más allá de la vida, en la muerte que todo lo reúne y perpetúa.



La trama argumental de Amor eterno transcurre en un pueblo de los Alpes suizos. Durante la Primera Guerra Mundial, la población es ocupada por las tropas francesas, exigiendo que todos los habitantes de la comunidad entreguen sus armas. Si no, habrá represalias. Parece que todos los habitantes del villorrio cumplen el mandato. Pero no es así. Mientras se celebra un acto religioso, un disparo sorprende y estremece  a los parroquianos allí presentes (Lubitsch comienza a sacar partido narrativo y emocional  de los efectos sonoros en una producción “muda”, ya en su última fase: 1929).




Marcus Paltram (John Barrymore) acaba de cobrar una pieza en la montaña. Con un ciervo sobre el hombro, retorna a la aldea, donde la comunidad, que ha salido espantada de la iglesia al escuchar la detonación, recibe amenazante al cazador. Le exigen que, como han hecho los demás, entregue la escopeta. Sin el arma no soy nada, contesta Marcus. En primera fila, la excitada Pia (Mona Rico) toma posiciones. La moza —que de pía no tiene nada, más bien de arpía— acosa con lascivia a Marcus a quien materialmente anhela cazar, no importa que éste la desprecie. Aunque ya ha sido advertido: “serás mío”.





De pronto, de entre el grupo se abre paso la gentil Ciglia (Camilla Horn), hija del párroco, y muchacha muy próxima al corazón de Marcus. Pide a éste que ceda y suelte el rifle. De momento, el amor propio vence al amor carnal... e inmortal. No queriendo verse humillado ante los vecinos, Marcus rehúsa y da la espalda a la congregación. En una escena posterior, Lubitsch deja con toda su maestría el sello de su quehacer. Llaman a la puerta de la casa del pastor de almas, donde se encuentra éste con su hija Ciglia. El dueño de la casa ordena a la ama de llaves que va a ver quién es. Pocos segundos después, se abre apenas la puerta del salón, lo justo para una mano dejar apoyada una escopeta sobre la pared y vuelva a cerrarla.


Ha quedado fijada la centralidad del asunto: la presión del Deseo y el Amor sobre Marcus, fuerzas destructiva y fructuosa, respectivamente, si bien se cruzarán en su existencia de modo dramático. Lubitsch dirige a los protagonistas del conflicto a ambientes cotidianos que pronto les llevarán al abismo de pasiones. Como ocurre en el baile de disfraces, donde con suma inteligencia y destreza se juega a los equívocos, destapándose las esencias de la pasión carnal que tientan al hombre enamorado. La lujuria, que no adopta aquí la forma de serpiente sino de brujita gitana, parece ganar la partida. Pero, es el amor y la fidelidad los que acaban venciendo al deseo y el embrujo, aunque para ello el protagonista “purgue” trágicamente su libido desatada, su afección demasiada humana, acompañado por su ser amado, quienes entregan sus vidas a la montaña helada, allí donde finalmente encontrarán la paz y el amor eterno.

Lubitsch realiza con Eternal Love su último film “mudo”. En el mismo año 1929 estrena El desfile del amor (The Love Parade), maravilloso musical con Maurice Chevalier y Jeanette MacDonald al frente del reparto. Culmina así la etapa silente y comienza la hablada en su filmografía, y no podía hacerlo de modo más soberbio. A partir de este momento, no es que el melodrama desaparezca en el cine del maestro berlinés, pero, sin duda, la comedia avanza en su obra como fuerza mayor.



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