Páginas

lunes, 14 de marzo de 2011

LIBERTY VALANCE: LA BESTIA DEBE MORIR


La bestia debe morir
Para que el hombre perviva y la civilización avance, vale decir —parafraseando el título de la célebre novela negra de Nicholas Blake— que «la bestia debe morir» (The beast must die, 1938). Entiéndase aquí la expresión, claro está, como primariamente simbólica. La bestia de la aquí hablo remite, ciertamente, a una presencia, pero, ante todo, a una representación, cuya desaparición constituye la garantía inexcusable de la continuidad de la humanidad y la libertad.
Viene esto a cuento de la constatación trágica de un suceso: la manifestación del mal, es decir, la eterna lucha entre el bien y el mal.
Decía Victor Hugo: nadie es malo, pero ¡cuánto mal se hace! Quizás. Pero, a veces, para vencer al mal hay que matar al «malo»... ¿Esto lo dice uno con palabras o lo expresa (mejor) John Ford en imágenes?

MATar a Liberty para ganar la libertad
¿Qué significa, en nuestro contexto cinematográfico, «matar a la bestia»? Reparemos en un magnífico ejemplo, fijemos nuestra atención en quién mató a Liberty Valance: The Man Who Shot Liberty Valance, 1962). También, en por qué tenía que morir. El director John Ford, combinando con maestría penetración intelectual y sensibilidad artística, describe en este clásico indiscutible el fin de un tiempo y un espacio determinados: el «salvaje» Oeste americano. Respetando escrupulosamente el género del western, filma la lucha a muerte entre dos mundos. Uno, un estadio de vida indómito, sin más norma que la ley del más bruto — barbarie—. El otro, reglado y gobernado por la ley civil —civilización—. 

El primero de los dos estadios está representado por Liberty Valance (Lee Marvin). Liberty: fina ironía a la hora de calificar lo innombrable, y que favorece sobremanera la descripción de un mundo alterado. Es el malvado superlativo, una presencia maligna que surge literalmente de las sombras. Pero, a ese estadio «fronterizo» pertenece, asimismo, Tom Doniphon (John Wayne). Ambos son los protagonistas de la cita con la muerte, que no del duelo: el duelo es entre Valance y Ramsom Stoddard (James Stewart). Valance y Doniphon, pertenecientes a los «viejos tiempos», están condenados a muerte: Valance es liquidado; Doniphon se sacrifica a sí mismo. El segundo estadio, lo personifica y ejemplifica el letrado, y posterior senador, Stoddard. He aquí, entonces, el conflicto principal: la ley de la fuerza contra la fuerza de la ley.
La mirada de Ford hacia el pasado es, en todo momento, poética. También tierna y comprensiva, incluso nostálgica. Mas nunca complaciente ni remisa. El futuro, el mundo moderno, llega a Shinbone en ferrocarril para quedarse, para cerrar el Oeste fronterizo. ¡Qué le vamos a hacer! John Ford prefiere el caballo de cuatro patas al caballo de hierro, simpatiza con la vida dura del cowboy, elogia y canta la belleza bruta de la flor del cactus, los viejos tiempos, cuando todo era descomunal… como los filetes, las borracheras, la jarra donde sirven el café o el mismo sheriff local (Andy Devine). El antiguo Oeste: cuando todo era grande... Pero, ay, los tiempos modernos son imparables. Notario del celuloide, Ford levanta acta del acontecimiento.
 El viejo mundo, la violencia y la brutalidad tienen necesariamente que ceder el paso al orden social, donde pueda existir la prensa libre e independiente, la escuela y la justicia; donde uno, en fin, pueda tranquilamente estar en un restaurante sin que ningún matón, impunemente, le amargue la cena... El látigo y el tiroteo en plena calle son sustituidos por nuevos símbolos: el ferrocarril, un sheriff efectivo, un juez no venal, un libro de leyes.
Liberty Valance, el tipo bestial del látigo con empuñadura de plata muere finalmente, porque debe morir. No a manos, irónicamente, del hombre civilizado, sino, justamente, de quien ya no puede civilizarse (Tom Doniphon). Aquellos a quienes el tiempo, literalmente hablando, les ha sobrepasado, pronto serán arrastrados por los nuevos vientos que llegan del Este. Doniphon y Valance, la cara y la cruz del viejo Oeste,  lo que el tiempo se llevó…


El héroe solitario mata al villano antisocial. Pero, la fama y la gloria — también la heroína Hallie (Vera Miles)— son para el senador Sttodard. La épica capitula ante la moral. La epopeya deja paso a la política. El mito cede ante la presión de la Historia. La película arranca con la llegada del tren a la estación de Shinbone. Es el funeral de Tom Doniphon.
John Ford, el bardo, nos cuenta qué pasó, cómo pasó y por qué razón pasó. ¡Y nos narra la verdad de lo sucedido, no la leyenda!
La frase más conocida (y citada) del filme dice lo siguiente: «Esto es el Oeste, y cuando los hechos se convierten en leyenda, imprimimos la leyenda». Perfecta síntesis del filme, en el que mito y realidad se funden en un solo cuerpo. He aquí la ficción dentro de la ficción, nueva ironía de un cineasta superior. A pesar de todo, desde que los hechos sucedieron, no todo sigue igual en Shinbone. Prácticamente todo ha cambiado. Pero, ahora, sabemos lo que de verdad pasó y por qué pasó. Dirigido por John Ford.



¡Extra! ¡Extra!

A modo de complemento (o contenido extra) de este post añadiré algunos apuntes «bestiales» en referencia al título. En 1952, el realizador uruguayo Román Viñoly Barreto llevó a la pantalla una versión bastante aceptable de la novela La bestia debe morir de Nicholas Blake. Encabezaba el reparto de esta producción argentina el actor de origen asturiano, Narciso Ibáñez Menta, padre del director (de cine y televisión) Narciso Ibáñez Serrador. Por su parte, Claude Chabrol, en 1969, llevó a cabo otra adaptación cinematográfica del relato en el filme Accidente sin huella (Que la bête meure / Ucciderò un oumo), en coproducción franco-italiana. De 1974 es, finalmente, la producción de la película, con el mismo título que el original de Blake, realizada por el director de series de televisión Paul Annett e interpretada por el siempre correcto Peter Cushing. Se trata de una producción británica de terror y licantropía (no filantropía, ojo), típica de aquella «década prodigiosa» (ni siquiera lleva el sello de la Universal) y que no guarda ninguna relación argumental con la obra de Blake.


Finalmente, y abundando en anécdotas de linaje paterno-filial, hago notar que Nicholas Blake es el seudónimo del verdadero nombre del autor de The beast must die, esto es, Cecil Day Lewis, padre del conocido actor Daniel Day Lewis. Pero, esa es otra historia…


12 comentarios:

  1. Recuerdo la curiosa "La bestia debe morir" con Peter Cushing. Era una intriga a lo "Diez negritos" de Agatha Christie pero con licántropo por medio. Incluso dejaban la pantalla en negro durante un minuto para que el público deliberara quién de los actores era el hombre lobo. Saludos tienes un blog muy bueno. Borgo.

    ResponderEliminar
  2. El que diga que el western crepuscular lo inventó Peckinpah u otros que vea esta peli, o incluso "Centauros..."
    Lo siento, pero Ford ya había filmado todo un tratado sobre ello.
    Por cierto, la peli de Chabrol es una obra maestra como la copa de un pino.
    Saludos!

    ResponderEliminar
  3. Muy amable tu comentario, Borgo. Por mi parte, recuerdo haber visto por primera vez "La bestia debe morir" (1974) en un cine de sesión continua poco después de su estreno. Hace tiempo de esto...
    Salucines

    ResponderEliminar
  4. De acuerdo con lo que dices, Ethan. Y eso que, sin dejar de ser atrevido, descubrir el western con Peckinpah aun tiene un mérito... Lo que ya sería estar "fuera de la ley" es pensar que el western se inventa en el siglo XXI. Ya sabes a lo que me refiero.

    Claude Chabrol encontró en el tema de la "bestia" de Blake un tema muy propicio para su cine. Fue un maestro en lo que podríamos llamar "policiaco rural francés"

    Salucines

    ResponderEliminar
  5. Excelente entrada: mi enhorabuena por ella.

    Estoy de acuerdo con Ethan. Me gusta mucho Peckinpah pero Ford se adelantaba siempre más de una década al resto.

    La película que no he visto (y queda anotada en mi lista de "pendientes") es La Bestia Debe Morir.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  6. Gracias, Guionista, por tu comentario.

    A propósito de John Ford, permíteme una exageración, aunque juiciosa y nada desquiciada: en el cine, está Ford, y luego el resto. Lo mismo que en ópera, está Puccini, y luego los demás. Con todo los respetos para los restantes y los demás... No sé si he dejado claro mi criterio.

    La "bestia" de Chabrol es recomendable, aunque tampoco habría que olvidarse de la producción argentina. Aceptable y con un Ibáñez Menta siempre sólido.
    Salucines

    ResponderEliminar
  7. Si se me permite disentir, me gustaría señalar que habría sido más correcto decir que John Ford es al western lo que Puccini a la ópera, ya que tanto el cine como la música son manifestaciones artísticas demasiado amplias como para ser reducidas a un simple nombre. No obstante, si accedemos a partipar en ese trivial juego, dudo mucho que los elegidos fuesen los anteriormente citados, sino autores más elevados como Andrei Tarkovsky (cine) y Johann Sebastian Bach (música).
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  8. Bienvenido, Anónimo, a Cinema Genovés. Claro está que el disenso es aceptado en este blog de cine, especialmente cuando es mesurado, positivo y participativo, como es el caso.

    Los cinéfilos, por lo general, tenemos una fuerte inclinación a la mitomanía, así como una incontenible afición a las listas, los géneros y el canon (¡no, canon digital, ojo!, sino entendido como modelo o, según dice la etimología, “vara de medir”). Aunque, bien pensado, quizá no se trate de una disposición exclusiva o privativa nuestra. Después de todo, somos lo que elegimos.

    En cualquier caso, en lo que no pongo objeción es en considerar a Johann Sebastian Bach como el músico más grande (mi referencia a Puccini se refería exclusivamente a la ópera).

    Salucines

    ResponderEliminar
  9. Hola Fernando ya hace unos días que quiero escribir unas líneas en tu excelente entrada.
    "El hombre que mató a Liberty Valance" es una de mis películas favoritas del maestro Ford, una emocionante metáfora cinematográfica del fin de una época(épica)y del principio de otra (más moderna, más civilizada).
    El punto de ruptura temporal simbolizado en el duelo final entre Stewart y Marvin, queda resuelto de una manera absolutamente Fordiana. El heroe arquetípico Fordiano, Wayne, con su acto de valor se decanta por la opción correcta, sin esperar recompensas y aún sabiendo que esa implicación acabará con su mundo y con lo que el representa.
    Por cierto que opinas de "Once upon in the West" (á esta el apelativo de Puccinesca le va de cine), la obra maestra de Leone, una historia absolutamente distinta, pero con el mismo trasfondo que "... Valance".
    Salucines

    ResponderEliminar
  10. Don Fernando, permítame que me quite el sombrero...El comentario a esta peli genial es de marco, sinceramente.
    Me ha llamado muchísimo la atención, porque desconocía el hecho, es que el autor de la novela "La bestia debe morir" es el padre de DAniel DAy Lewis....¡Todos los días se aprende algo en la bloguería!
    Un abrazote.

    ResponderEliminar
  11. En efecto, David, en el “El hombre que mató a Liberty Valance” hay más de un duelo. Aparte del que registra la Leyenda entre Stoddard y Valance, está el que entablan Doniphon y Stoddard y, sobre todo, en el que se “miden” Doniphon y Valance. Este último, creo, es el crucial. Estamos ahí ante una lucha de contrarios —pero “entre iguales”—, la pugna de dos individuos violentos que saben manejar las armas, que “se respetan” al conocer ambos las posibilidades del contrario (cuando Doniphon en su rancho enseña a disparar a Stoddard, dice de Valance: «Él es casi tan rápido como yo.» Se retan y desafían, pero sin llegar nunca a batirse formalmente en singular combate (como son las peleas que Homero identificó como propias de los héroes en la Antigua Grecia). Todo ello hasta el “duelo final”... donde hay “truco”.
    Fíjate en el diálogo entre Doniphon y Stoddard antes referido:

    Doniphon. Odio los trucos, forastero, pero eso es a lo que te enfrentas con Valance. Él es casi tan rápido como yo.
    Stoddard. A mí tampoco me gustan los trucos, por tanto estamos iguales.
    Doniphon. Forastero, olvidaste tu pistola de juguete.

    Con esto, se nos dan ya las pistas del desenlace. ¿No es genial?

    Pero, el cogollo del asunto está, claro, en la pugna entre Doniphon y Valance. La grandeza moral de Doniphon es su sacrificio por un valor superior, el «acto de valor» como tú dices. Doniphon no es plenamente consciente de ello. Él sólo sabe que ama a Hallie... Lo cual añade a la épica un elemento de sublime romanticismo que sólo Ford podía resolver con éxito.

    Por lo que respecta a "Once upon a time in West", te seré sincero: hace décadas que no he vuelto a verla, creo que desde su estreno. De manera que no sabría darte mi opinión sobre ella. Nuevamente, el cruce (o sea, el duelo) de películas que propones es muy inteligente. Aunque tendría que revisionarla para afinar el juicio, yo diría que la obra maestra de Leone es otro filme de nombre parecido: "Once upon a time in America". Según reconoció él mismo, es la película con la que soñó toda su vida, hasta, finalmente, hacerla realidad. Su testamento cinematográfico, vamos. No estaría mal, por cierto, un ciclo sobre “testamentos cinematográficos”.

    Salucines

    ResponderEliminar
  12. Don Anro, muy gentil por tu parte. A propósito, ¿tú también usas sombrero…?

    Bienvenido de nuevo a la bloguería, donde se te echaba de menos. Espero con interés noticias de Babilonia.

    Salucines

    ResponderEliminar