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miércoles, 15 de diciembre de 2010

«MUNICH» (2005) de STEVEN SPIELBERG

1

En el último plano del film está el fin
Debo reconocer que no me esperaba el final del film de Spielberg Munich (2005). Si la conclusión de la película es la que creo que es, en el final está nuestro fin. Nada más y nada de menos. Así de simple. Probablemente, sin embargo, muchos espectadores la verán como un thriller más «basado en hechos reales», como el que no quiere la cosa, como si nada.
Asistí a la proyección de la película del director de ET, debo confesarlo, con bastantes reservas y sin hacerme grandes esperanzas de disfrutar de una buena experiencia cinematográfica, que es lo primero que debe exigirse a un filme. Mi prevención estaba justificada. Para empezar, tengo a Steven Spielberg por un cineasta muy irregular, un realizador que sabe hacer buen cine, como ha demostrado en algunas ocasiones, pero a quien los proyectos más prometedores y ambiciosos se le van de las manos. Ocurrió esto que digo con La lista de Schlinder (1993), un trabajo de correcta factura cinematográfica, pero con un muy dudoso mensaje final. The end, again.
Encuentro, además, en el cineasta Spielberg otra gran limitación: su tremenda ambigüedad discursiva con respecto a asuntos políticos e ideológicos de calado. Si se desenvuelve mejor (que peor) en el género de aventuras, si sus encuentros con las musas están, como mínimo, en la tercera fase, yo me pregunto: ¿para qué afrontar empresas en las que se ve claramente desbordado y proclive a desbarrar? Un realizador como Spielberg, que no es serio, no es capaz de producir películas serias, y si lo hace, comete sin remedio errores muy severos.
¿Qué comunica Spielberg en la secuencia final de La lista de Schlinder? Algo muy simple también, a saber: que está justificado pactar con el diablo (con el nazismo, o parte de él) si al menos es posible salvar a unos cuantos (judíos). ¿Inocencia o juventud? ¿O algo peor? Salvando a un individuo, salvamos a la humanidad entera. ¿No está claro el aviso? A Spielberg nunca le ha preocupado entrar en el fondo de la cuestión tratada en sus películas «serias»; por ejemplo, el  tema del Holocausto. O, también, la Segunda Guerra Mundial: Salvar al soldado Ryan (1998). El título lo dice casi todo.
En Munich, Spielberg afronta nada menos que el conflicto árabe-israelí. El tema de nuestro tiempo. Y lo hace con «buena voluntad», procurando salvar lo que se pueda e intentando colaborar en la pacífica solución del «conflicto». En la práctica, ya sabemos a lo que lleva semejante actitud: al ¡sálvese quien pueda!
En La lista de Schlinder no hay valoración sobre el régimen nazi en bloque ni alusión a la trama civil, social, económica e ideológica que abrió la espita del Holocausto y del nuevo desastre mundial. No afronta tampoco allí Spielberg la cuestión en términos de justicia ni de reparación a las víctimas. Iba más allá de la dialéctica de los vencedores y los vencidos. No vale decir aquí que no es ésta la función de un cineasta o un discurso que puede esperarse de un producto de Hollywood. Porque, sencillamente, pueden citarse casos que sí lo han hecho; y muy bien, además. Por ejemplo, Vencedores o vencidos (El Juicio de Nuremberg, 1961), film realizado por el también cineasta «liberal» (en la acepción norteamericana del término, no europea) Stanley Kramer, en el que los perfiles del criminal y de la víctima están claramente determinados y diferenciados, sin ambages, sin ambigüedades. Con un neto recado: si no hay identificación inequívoca y reconocimiento explícito de vencedores y vencidos no hay justicia. Ni libertad. Ni paz.
Spielberg, por el contrario, no atiende a cuestiones de justicia o de geoestrategia, porque su inquietud es de orden moral y/o estético (¿justicia poética?). En el caso de Munich, le preocupa el conflicto de conciencia que produce el empleo de la violencia (la «espiral de la violencia»); la frontera entre la justicia y la venganza (la cuestionable moralidad de la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente; quien a hierro mata, a hierro muere); las sinergias del terrorismo (el «terrorismo de Estado» como una forma más de terrorismo). Al director de ET  le preocupa más que nada el problema de la (mala) conciencia, o lo que es lo mismo: salvar su mala conciencia de rico judío americano en Hollywood.
Munich es un largo rodeo de casi tres horas de metraje (164 minutos) sin otro objeto que lanzar a quien corresponda un mensaje final. Primero, a Israel; segundo, a USA; tercero, a la opinión pública mundial. Un mensaje sutil. Puesto que, después de todo, nos referimos a un veterano autor que no desconoce los mecanismos del cine y la comunicación, y, por ende, de la manipulación de las emociones y los sentimientos del público, el recado que lanza a la cara y a la conciencia del espectador es claro, aunque subrepticio, diríase que subliminal. Para muchos pasará inadvertido. Aunque, al subconsciente nada se le escapa. Tampoco al espectador atento, despierto y perspicaz.
Sucede que en el último plano del film está… el fin.
2
«No habrá paz al final de esto»
Tras dos horas y cuarenta minutos de una muy mediocre, impersonal y tediosa película de acción, llega el momento de acercarse al fin, a modo de conclusión. Avner (Eric Bana) es jefe del comando secreto israelí a quien encomienda extraoficialmente el Gobierno de Golda Meir que localice y ejecute a los responsables de la masacre en la Ciudad Olímpica de Munich en 1972: el grupo terrorista palestino Septiembre Negro secuestra y asesina a once atletas israelíes. Concluida la misión, Avner y Ephraim (Geoffrey Rush), su superior, se encuentran finalmente en Brooklyn (Nueva York) y cambian impresiones sobre la naturaleza del plan de ejecución llevado a cabo; el sentido de la acción/reacción de los grupos de Inteligencia israelí; el adónde lleva todo «esto» (o sea, la venganza o la misma respuesta al terrorismo); sobre el futuro que nos aguarda si vamos por el mismo camino…
Avner, protagonista del film, el héroe de la acción, verbaliza las profundas dudas que le atenazan, sus miedos (teme más al Mosad  y al Gobierno israelí que a una represalia terrorista palestina), sus problemas de conciencia sobre lo que han hecho. Todo esto lo confiesa a Ephraim, personaje presentado, en todo momento, como un manipulador, el brutal e insensible conductor de la «otra» masacre, esta vez contra los terroristas palestinos: ¿el «malo» de la película? Quid pro quo.
Finalmente, Avner sentencia concluyente: «No habrá paz al final de esto». Ambos personajes se separan, quedando la imagen congelada ante un horizonte inquietante: el perfil del skyline neoyorquino ¡con las Torres Gemelas en el centro de la imagen! 

¿Resulta, entonces, inocente esta alusión, esta manipulación de una imagen rodada en 2005, cuando, ay, las Torres ya no están en pie, siendo, pues, recortadas y pegadas en el fotograma? Dos años después de la vesania, en septiembre de 2003, escribía yo lo siguiente:
«La imagen de las Torres Gemelas de Manhattan está grabada en las mentes de millones de personas del mundo entero, registrada en infinidad de fotografías y películas que pasan diariamente por las televisiones de todas las naciones del globo—algo lamentable para la americanofobia, pero que ahora venía muy oportuno a los productores de la vesania: por eso la eligieron—. Cada plano, cada secuencia, cada ángulo reproducido nuevamente desde la destrucción del modelo, representa una nueva agresión y una nueva victoria para el provocador.
No se trata, por tanto, de que con esta planificación de la fechoría el criminal vuelva otra vez al lugar del crimen, sino más bien que la víctima y sus deudos vuelvan incontables veces a contemplar lo que ya no existe, lo que les falta. El skyline define el horizonte y delimita nuestras vistas. Pues bien, el objetivo de la vesania de los sacerdotes era convertirla en silueta del abismo y orla de las tinieblas. Hacer de ella un retrato del horror con el que meter el miedo en el cuerpo a los infieles; una evocación del holocausto que no busca tanto recordarles que son ser para la muerte, cuanto literalmente anunciarles que van a morir por mano santa y vengadora, vesánica, muy pronto, próximamente, y que como los demás impíos arderán en el infierno de los injustos. Los destinatarios del mensaje son cristianos y entenderán el mensaje.»
 ¿Qué significa, entonces, «esto», en la sentencia «No habrá paz al final de esto», para un espectador de 2005 en adelante? Traduciendo el lenguaje cinematográfico a palabras que se entiendan: «esto» (la lucha contra el terrorismo, la intolerancia y la «cerrazón» ante la «causa palestina», y, por tanto, la no solución del conflicto, todo esto dicho entre paréntesis) ha sido la causa de los ataques del 11 de Septiembre de 2001. ¿Llevamos la interpretación del plano todavía más lejos? Vayamos a ello: ha sido la intransigencia israelí, en connivencia con la política exterior estadounidense, la que ha provocado, después de todo, la devastación de Manhattan. Israel sería, por consiguiente, la auténtica culpable de lo que ha sucedido. He aquí el mensaje.
Spielberg, curtido en el oficio del cine, no es manco en el arte de manipular las emociones humanas. El miedo atenaza el corazón de Occidente. La comunicación de corazón a corazón es, pues, directa y llana. El mensaje, como una flecha, da en el centro de la diana. «No habrá paz al final de esto». Si queremos paz, hay que poner fin a «esto». THE END.

El presente texto es una versión reducida de mi artículo «Spielberg y el retorno a Munich» publicado en la revista El Catoblepas, número 49, marzo 2006.

2 comentarios:

  1. El mensaje está claro, al menos para mí. También lo comenté en su día en un post dedicado al filme, aunque no tan completo como el tuyo.
    Saludos!

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  2. Gracias, Ethan, por tu comentario. Sí, he leído el post sobre "Munich" en tu blog. Compruebo, en efecto, que a ti, como buen observador y conocedor del lenguaje cinematográfico, no se te ha escapado tampoco el «detalle» del final, el cual para mí más que claro, resulta obsceno. Pero eso ya pertenece al plano de la valoración que cada uno haga al respecto. Yo no soy tan entusiasta de la película como tú. Ni tampoco del director Steven Spielberg. Conocedor del oficio y buen «hacedor de películas» (you know, moviemaker), pues buenas son, sin duda, "Salvar al soldado Ryan" o la primeriza "El diablo sobre ruedas", a Spielberg le pierde, a mi juicio, su sentimentalismo y su diletantismo.
    Saludos.

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