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miércoles, 13 de octubre de 2010

OTOÑO DE MEMBRILLO (y 2)


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Espacio y tiempo en el arte de Antonio López
La pintura de Antonio López constituye un ejemplo magnífico del encuentro del arte con el espacio y el tiempo. Un encuentro de ninguna manera idílico o bucólico, sino conflictivo, casi trágico. La técnica pictórica de López consiste, ya lo hemos visto, en una forma depurada de acotar el espacio de la obra artística. La técnica es mostrada en la cinta de Erice sin pomposidad, en algunos momentos casi con cierta ironía, como advirtiendo en ella un asomo de extravagancia: el pintor enmarca el membrillero y después cuadricula el lienzo; coloca pesos y contrapesos; las señales que va fijando en las hojas y los frutos del árbol permiten que sus movimientos no se aparten de los márgenes que contiene el lienzo; el pintor delibera con su amigo Gran sobre la correcta elección de las medidas del mismo y sobre el equilibrio de las formas que va pintando; etcétera.
La puesta en escena que López monta alrededor del objeto a pintar supone una integral reconstrucción del espacio artístico, una recreación del microcosmos del artista, en el cual se instala para la consagración de un auténtico ritual. El jardín de Antonio López, cual jardín epicúreo, constituye un espacio en el que gravita un mundo propio, hecho a la medida del arte y el artista. Pero un mundo tal real como el que lo circunda.
A este santuario de creación artística, de amistad y recogimiento llegan voces y sonidos del exterior. Además de la ajustada banda sonora que nos da cuenta de los mismos, Erice inserta oportunos saltos de cámara que nos llevan más allá de los muros de la casa y el jardín, en los que registra acontecimientos cotidianos, ajenos a lo que se gestan en el jardín del membrillo. El transistor del pintor le acerca, asimismo, noticias del mundo, también canciones y señales horarias. Los espacios y tiempos generales y particulares se cruzan, pero  no chocan, manteniendo así la autonomía y la particularidad imprescindibles para la creación artística.
Lección práctica de sabiduría práctica. Como en una composición de mundos concéntricos (más que paralelos), la realidad se diversifica en niveles que remiten siempre, como siguiendo una fuerza de gravedad creadora, al centro, es decir, al membrillero y al cuadro, al cuadro y al membrillero. El mundo exterior existe, vaya que sí, mas no distrae ni perturba el mundo interior.
El tiempo, la fugacidad y la eternidad. El membrillero es árbol de otoño. Urge al pintor perseguir la explosión radiante de los frutos durante estos días. Para captarlos y capturarlos adecuadamente, para inmortalizarlos, necesita la luz solar del otoño, cambiante, esquiva. El acto de pintar el membrillero significa una lucha contra el tiempo. Unos breves instantes lo iluminan. A menudo, se apresura el pintor para no perder la ocasión, pero ya es tarde, el instante tan bello ha huido.
El tiempo de creación, mesurado, queda recogido con primor por la cámara en el espacio medido, ambos cotejados, mensurados, more geometrico.
Erice dirige, más que un documental al uso, una crónica de la creación artística narrada con sumo detalle, con minuciosidad, al segundo, articulando los bloques de secuencias (los capítulos del filme) por jornadas. El sol del membrillo: los trabajos y los días.
La temporalidad en la creación artística acaba fundiéndose con la memoria del pintor. El trabajo diario, el árbol del membrillo, sus evoluciones, con inevitable melancolía, le hacen caer en la cuenta de una circunstancia inapelable: el tiempo, como la luz, se le escapa materialmente de las manos. El artista sabe que no tiene todo el tiempo del mundo, sino su tiempo.

 
Hablando del tiempo. El recuerdo. Antonio López y Enrique Gran rememoran en una escena espléndida los años de formación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Recuerdan a los profesores, a los compañeros de estudios, reviven anécdotas de aquellos años. Años de juventud, de aprendizaje y adiestramiento. Recordar significa para ambos artistas, por encima de todo, rememorar lo aprendido de los maestros.
López y Erice rinden aquí un profundo homenaje a la constancia, la memoria y la fidelidad. El resultado —revelado, finalmente, como su mayor premio— será la coherencia, mas no la consecuencia. Para el afán perfeccionista del pintor ningún cuadro, ni ninguna otra obra que sale de sus manos, puede darse nunca por acabada, por finaliza.
López no consigue, en efecto, acabar el cuadro en marcha. El sol del membrillo se ha ocultado, la hora del membrillo ha pasado. Hasta el próximo otoño. El artista, sin embargo, no ha perdido el tiempo. Hay otra clase de recompensa en esta empresa y en esta búsqueda: la alegría y el gozo de la actividad creativa. Así como los héroes trágicos sufrían padecimientos y dolores sin lamentarse en ningún momento su suerte, sin injuriar a la vida, sin acusar a los hombres, así también el pintor asume la circunstancia devenida con entereza. Materialmente, lo vemos recogiendo velas, volviendo a puerto sin el tesoro anhelado. No hay lamento ni protesta. 

El arte es experiencia gozosa, no asalto a una fortaleza. Antonio López canta mientras pinta antiguas coplas, solo o en simpático dueto con Enrique Gran. ¡Qué gozo contemplativo y qué dichosa laboriosidad! ¡Qué sensación de dicha y de placer en el trabajo creativo! ¡Cuánta inocencia en la mirada y en el trazo!
4
López y Erice: el pincel, la cámara, el arte


El sol del membrillo contiene una enseñanza principal: el sentido último del arte reside en el empeño por realizar una obra bien hecha. Que ésta pueda, finalmente, concluirse es secundario. El The End en el cine no significa necesariamente el final. Erice lo sabe muy bien. Su película anterior, El sur, fue mutilada, segada, por la productora. Aun en su condición de filme inacabado, de ningún modo puede ser tildado, como hace Shakespeare a propósito de Ricardo III, de un ser monstruoso, contrahecho, unfinished. Hoy, seguimos considerándola una obra casi perfecta. Un proyecto posterior del cineasta, El embrujo de Shanghai, con el guión ya compuesto, quedó, asimismo, frustrado y cedido para su realización a manos de un director mucho menos talentoso, aunque más acomodaticio y servicial que Erice. La obra de un artista verdaderamente creador podrá quedar interrumpida u obstaculizada, por los hombres o los elementos, pero no será jamás una obra malograda. El verdadero genio está por encima de estas contingencias.

 
Los respectivos oficios de López y Erice —artista plástico y cineasta, respectivamente— siguen destinos afines. López, quien no impone sus reglas al modelo, se rinde, finalmente, ante la ley natural representada por el membrillero. Erice, por su parte, director de escena y de actores, no marca el rumbo del pintor/protagonista, sino que sigue sus pasos. También su mirada. En uno de los últimos planos de la película (plano acaso demasiado explícito y naïf, un tanto incongruente con el tono evocador y realista del filme), una vez que López ha dejado el árbol a su cíclico destino —vemos los frutos caídos y marchitos en tierra— el cineasta coloca la cámara frente al árbol, con el objetivo apuntando al suelo, los focos iluminando el círculo mágico, en señal de homenaje y respeto, como queriendo prestar la luz que le faltó al maestro para completar su trabajo. ¡Luces, cámara, acción!
Víctor Erice ha rodado El sol del membrillo en forma de documental, intencionadamente. El tono naturalista de la producción resulta, con razón, imprescindible, plenamente coherente con su contenido. ¿Henos, pues, ante un filme/testimonio en favor del arte realista o naturalista? Creo que no. Erice, sencillamente, adopta el punto de vista del pintor por pura coherencia formal (no material), coherencia lingüística, cinematográfica en este caso. Erice coloca el trípode de la cámara, en el plano comentado anteriormente, sobre las mismas marcas donde previamente ha colocado López el caballete para así adoptar su mirada y su perspectiva. ¿Qué más cabe añadir al respecto?
Cuando, al final del trabajo, la luz del membrillo ha declinado, llega la noche. Es tiempo de recogimiento y reposo. El telón cae, asimismo, en el mundo exterior. Las luces temblorosas de los televisores encendidos que relampagueaban en las viviendas circundantes, van apagándose. Incluso Torrespaña (el Pirulí madrileño) queda a oscuras, como en un gesto de alta consideración hacia artista, que se retira a descansar. 

Erice sitúa a López recostado sobre una cama, mientras María retoma el retrato yaciente del pintor. López, no demasiado satisfecho con el resultado (¡nunca lo está!), pregunta a su mujer que por qué no lo deja. María contesta que todavía no, seguirá con él unos días más, a ver qué pasa, a ver cómo sale. La posición, el relajamiento y la penumbra reinantes transportan pronto a López al sueño. 


El sueño del pintor evoca a su vez el sueño que le indujo a pintar el membrillero. Un sueño, que remite al sueño originario, lo transporta en la noche a la luz del Mediterráneo, al sol de Grecia. Tumbado sobre el lecho, López sostiene en una mano una pequeña fotografía en blanco y negro en la que divisamos el Partenón. En la otra sujeta con los dedos, suavemente, un cristal en forma de diamante. El leve movimiento de la mano hace que refleje temblorosamente la luz de la estancia. De repente, cuando el sueño le vence, el brillante resbala de su mano, cae al suelo y rueda en dirección a donde se encuentran María y el caballete. María recoge la piedra preciosa, detenida a sus pies, y la guarda en el bolsillo del pintor. Apaga la lámpara y sale de la habitación. No quiere turbar el sueño de Antonio. 

La escena remite, claro está, al filme Ciudadano Kane  (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles, a aquella en la que el magnate Charle Foster Kane, inmediatamente antes de entrar en el largo sueño, suelta la célebre bola de cristal con el paisaje nevado que mantenía agarrada entre sus dedos —la infancia irrecuperable—, con firmeza, como si en ello/ella le fuera la vida…
El pintor no ha fracasado. Al final, la luz, condensada en el cristal diamantino, ha quedado en su poder, en su interior. Acaso todo haya sido un sueño[i]: la quimera del artista en pos de la luz. Tal vez sólo a través de la ensoñación es posible poseerla. A pesar de todo, mañana, seguramente, al despertar, con los primeros rayos de sol, volverá la pasión por materializar el sueño, por capturar la luz. Aunque tal vez en esa ocasión ya no sea la luz de un membrillo.


NOTAS

[i] La versión en inglés de El sol del membrillo lleva por título Dream Light.

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