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miércoles, 1 de febrero de 2017

ANIMALES NOCTURNOS (2016)


Título original: Nocturnal Animals
Año: 2016
Duración: 115 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Tom Ford
Guión: Tom Ford a partir de la novela de Austin Wright
Música: Abel Korzeniowski
Fotografía: Seamus McGarvey
Reparto: Amy Adams, Jake Gyllenhaal, Aaron Taylor-Johnson, Michael Shannon, Armie Hammer, Isla Fisher, Michael Sheen, Laura Linney
Producción: Focus Features / Universal Pictures

2016 no ha sido, a mi parecer, un año para recordar ni para reseñar ni para enmarcar; cinematográficamente hablando, al menos. Con franqueza afirmo, aun sin seguir la cartelera de cerca, a la semana, que no he tenido la ocasión de visionar ningún producto valioso, notorio, destacable estrenado en dicha data. Alguno sí interesante; por ejemplo, Animales nocturnos (Nocturnal Animals, 2017), film realizado por Tom Ford, el segundo título que escribe y dirige. La circunstancia de que su carrera profesional se haya desenvuelto principalmente en el ámbito de la moda (directivo de diseño para las marcas Gucci y Yves Saint-Laurent), ha facilitado la tarea a bastantes reseñadores de la película, los inclinados al cliché y el encasillamiento, fijando sin más los trabajos del cineasta nacido en Texas en el área del esteticismo, casi un capítulo de los anuncios comerciales. Porque hay quienes hacen ascos a la publicidad, pero no a la propaganda; es un decir. Sea como fuere, grave error ése, y allá cada cual con sus manías, prejuicios y melindres.


El problema que pueda albergar una cinta como Animales nocturnos (2016), más que particular o privativo, sería el propio de gran parte de las producciones cinematográficas contemporáneas, a saber: o la afición por el simplismo narrativo o su correlato contrario, el efectismo; es decir, la inclinación y el apego por los efectos especiales de todo tipo. Pues bien, juzgo que no éste el caso, de ahí el dedicarle atención y espacio en Cinema Genovés.

Moviéndose fílmicamente en el género del thriller psicológico, la segunda cinta dirigida por Tom Ford se me antoja un trabajo concebido con inteligencia y construido con suma habilidad. Un trabajo, debo añadir, nada fácil, justamente por lo que comporta de riesgo, al penetrar directamente en la esencia del cine: la relación entre la apariencia y la realidad. He aquí, en su faceta explícita, una tarea arriesgada que muchos intentan ensayar, por lo general, con resultados muy decepcionantes, en los que la trampa y el truco, el engaño y el artificio, quedan obscenamente en evidencia. Sólo quienes dominan los oficios de un mago, que no otra cosa es el quehacer de un capaz cineasta, logran que éstos estén latentes, mas nunca patentes.

La protagonista principal del film, Susan Morrow (Amy Adams) es una mujer próxima a la madurez, aunque, desgraciadamente, sólo en cuanto a la edad, pues acusa una gran fragilidad emocional y un comportamiento inseguro bastante acentuados. Bien situada en el plano profesional y económico, arrastra, sin embargo, una inestable personalidad, que diríase remontarse a la infancia o la adolescencia, según advertimos por alguna secuencia altamente informativa (encuentro con la madre, una estupenda Laura Linney), insertada en el transcurso de la trama; un síndrome apreciable, al mismo tiempo, a lo largo del metraje, donde quedan definidos constantes indicios y síntomas de su tendencia al enajenamiento, si no mental, sí conductual.




Con serias reservas por parte de sus padres, Susan se casa con un aprendiz de escritor, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), joven con más inclinación a la escritura que capacidad y competencia para ello; un tipo pusilanime y, sobre todo (he aquí un rasgo crucial en la base de la historia), débil y vacilante, por no decir “cobarde”. No obstante, la perspectiva de aventurarse en una experiencia presumiblemente excitante y bohemia, decide los pasos de Susan. Pronto, tiene un affaire con un atractivo médico, Hutton Morrow (Armie Hammer), de quien deja embarazada. Aborta, y poco después, abandona a Edward para casarse con el nuevo romeo, quien, a continuación, la ignora y le es infiel. Todo lo cual genera desánimo y gran confusión personal a la fantasiosa Susan; si bien, no hace nada al respecto para poner remedio a su situación y desazón. Excepto darles vueltas interiormente al tema.


Un día, recibe un paquete en la oficina. Al intentar abrirlo se hace un pequeño corte; la sangre que mana de sus dedos anuncia un contenido inquietante. En el interior el manuscrito de la primera novela de su exmarido Edward. Le dedica el libro y desea que ella, precisamente ella, sea la primera persona en leerlo. Suele decirse que toda novela, en mayor o menor grado, tiene un fondo autobiográfico. Lo cierto -el caso- es que Susan así lo percibe, nada más comenzar a leer sus páginas, involucrándose en la historia hasta provocarle gran ansiedad y angustia. La pesadilla novelada que protagoniza Tony Hastings, junto a su mujer e hija, constituye una segunda lectura del film, como una segunda película, presuntamente la ficcional. Aunque nunca se sabe.

La familia Hastings, trasunto imaginativo -y acaso morboso a la vez que mórbido-, penetra en el interior de la noche (¿viaje interior?) donde topan con animales nocturnos, acaso una especie de sublimación de deseos/miedos internos. Se abre un caso policial, en el que interviene un no menos oscuro y trágico personaje, el detective Bobby Andes (Michael Shannon), quien de alguna manera evoca al amigo americano de la novela Ripley’s Game (1974) de Patricia Highsmith.

Ciertamente, turbadora, la película juega con hacer creer al espectador que en la misma se cuentan dos historias, sean o no paralelas, una real y otra de ficción, una vivida y otra leída. Ahora bien, tal vez se trate sólo de un juego, que atrape e incite al engaño. Porque quizás, y después de todo, estemos presenciando una sola historia, experimentada por Susan, mujer, amén de soñadora, insomne (Edward la llamaba por ese motivo, precisamente, “animal nocturno” …), propensa a la ilusión y la representación, a la fantasía y la figuración. Y, por qué no, también a la alucinación.



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