Título versión española: Mujeres
enamoradas
Año: 1931
Duración: 70 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director:
William A. Wellman
Guión:
Maude Fulton
Fotografía:
Barney McGill
Reparto:
Grant Withers, Mary Astor, Regis Toomey, James Cagney, Fred Kohler, J. Farrell
MacDonald, Joan Blondell, Lillian Worth, Walter Long
Productora: Warner Bros. Pictures
Los
directores pioneros del Séptimo Arte,
los grandes cineastas clásicos, no se
formaron en los cines-clubs ni en la crítica de magazine ni en los platós de televisión, como
sucede con el cine moderno. Aprendieron el oficio y el arte de hacer
películas haciendo películas. Hacían películas mientras inventaban el cine.
Buena parte de ellos, hombres prácticos y de acción, conocían de primera mano
los caminos de la técnica (hacer cosas) y la industria (levantar y sostener un
negocio). De hecho, algunos de ellos
fueron ingenieros o pilotos antes que cineastas, esto es, filmmakers. Howard Hughes, Clarence Brown, Lewis Milestone, Howard
Hawks, Victor Fleming y William A. Wellman serían, entre otros, buen
ejemplo de esta procedencia.
Causalmente —o acaso por causalidad— en
ellos encontramos un notorio punto en común: su inclinación por llevar a la
pantalla el tema de la amistad y la
camaradería masculina, sea vinculada al género bélico en particular (muy
apropiado al asunto), sea encajado, en general, dentro del resto: western, policiaco, aventuras, etcétera.
En William A. Wellman dicho asunto lo encontramos de modo patente y palpable
en uno de sus primeros títulos que alcanzaron celebridad: Wings (Alas, 1926), que
recibió el Oscar a la Mejor Película en la primera edición de los Premios de la
Academia de Hollywood. Pero, también en otros films menos conocidos. Por
ejemplo, Other Men's Women (1931), titulado en la versión española con
el genérico, vago y equívoco rótulo de Mujeres enamoradas, cuando el título original remite a los problemas que conlleva desear a la mujer del prójimo, en especial, si se trata de tu mejor amigo.
Tengo
por el film Other Men's Women una
especial querencia, aun tratándose de un film con notables debilidades. La primera y principal: un argumento convencional y manido, abatido además por unos diálogos de muy escasa calidad: frases
hechas o previsibles (los diálogos más jugosos —vgr. los que acontecen en la cantina— fueron añadidos en el rodaje por el propio Wellman). Pobre escritura en palabras, en suma.
Comoquiera que el cine clásico —o, mejor, el cine sin más— se caracteriza por la fuerza (y la escritura) de la imagen, que vale más que miles de palabras bien o mal pergeñadas, en el título referido, el valor primordial reside, justamente, en la poderosa fuerza visual que emana, así como por la fluidez y la inteligente narrativa por la que discurre la trama.
Comoquiera que el cine clásico —o, mejor, el cine sin más— se caracteriza por la fuerza (y la escritura) de la imagen, que vale más que miles de palabras bien o mal pergeñadas, en el título referido, el valor primordial reside, justamente, en la poderosa fuerza visual que emana, así como por la fluidez y la inteligente narrativa por la que discurre la trama.
Welman,
consciente probablemente de tal deficiencia de partida, se esmeró hasta tal
punto en su labor que consumó un film hermoso, inteligente y con algunas
secuencias antológicas. Y repárese
además en el siguiente dato: tras estrenar Other Men's Women, el mismo año 1931 dirige El
enemigo público (The Public
Enemy); Enfermeras de noche (Night Nurse); El testigo (The Star Witness) y Safe
in Hell.
Bill White (Grant Withers) y Jack Kulper (Regis
Toomey) son compañeros de trabajo en el ferrocarril, maquinistas que
comparten la cabina de la locomotora y a quienes une una estrecha amistad. Bill
es bebedor, juerguista y mujeriego, si bien mantiene una particular relación
con la camarera Marie (Joan Blondell).
La vivaracha joven insiste en llevarle al altar, pero él se resiste. Pronto
sabemos por qué. Tan íntima es la confianza entre ambos amigos que Jack acoge
en su propia casa a Bill, de modo que está muy cerca de Lily (Mary Astor), una clase de mujer más
ansiada que, por ejemplo, Marie; aunque mujer casada con su mejor amigo.
Difícil resulta reprimir la pasión sobre
un mismo techo y en régimen de confianza, de modo que, el mismo día del
aniversario de boda de la pareja anfitriona, mientras Jack ha salido a hacer un encargo para la cena, Bill
besa a Lily y le declara su amor, sentimiento, por lo demás, correspondido.
El conflicto queda abierto en carne viva: Bill jamás traicionaría a su amigo
Jack, de modo de, sin más explicaciones, abandona la vivienda.
No traicionado, aunque sí destronado,
Jack sospecha, interroga a Bill, quien acaba confesando, teniendo a continuación una violenta pelea en la cabina del tren,
en plena marcha, frente la caldera de la locomotora y sin que nadie domine la
maquina. Se saltan una señal de stop y se produce la colisión con un vehículo
estacionado en las vías. Como resultado, Jack
pierde la visión. El triángulo queda roto y sólo las líneas paralelas podrán
poner remedio a esta historia de amor, amistad, reparación, sacrificio y muerte,
para que todo acabe sino para que la vida siga lo curso.
El melodrama sin mucho relieve en el
papel, una tragedia sin épica con palabras, cobra viva y enérgico lirismo en
unas imágenes de gran fuerte e intensidad dramática, acrecentadas con la formidable fotografía firmada por Barney
McGill. Director y cameraman filman en exterioridades, de día y de noche
desafiando los misterios de la luz; retando a la perspectiva con el hábil dominio
de la profundidad de campo; se suben a la cubierta del tren donde los
personajes (James Cagney cubre aquí un
breve papel de reparto) platican
mientras sortean bandazos del vagón en marcha, cables y catenarias, de frente y
de espaldas; ruedan secuencias frenéticas bajo una lluvia torrencial sin mojarse un pelo; y sólo recurren a la maqueta y las transparencias en la escena
del descarrilamiento del tren, más que nada porque no atraviesa el río Kwai.
¿Cómo
planificar un fuera de campo en una situación en la que interviene un ciego? Emotiva y emocionante secuencia la que muestra la visita
de Bill al malherido Jack, deseando explicarse, pedirle comprensión y acaso su perdón. No llegan a verse, claro está, sólo oyen
voces que provienen del pasado. Aunque nunca dejarán de ser amigos. Hay
otras secuencias memorables.
Durante el momento más virulento de la
tormenta, Jack escucha a sus compañeros en la cabaña donde hacen tiempo entre
servicio y servicio que Bill, se ha
ofrecido a conducir el convoy ferroviario y atravesar el puente, sometido al
empuje de la riada, sabedor del peligro de muerte que corre, acaso hacia donde se precipita para expiar su culpa. A pesar de la ceguera —conoce la estación del
tren como la palma de su mano— y entre el tropiezo y el traspié, logra acceder
antes que el amigo a la cabina, poner en marcha el caballo de hierro y perderse al galope en la línea del horizonte.
He
aquí el sacrificio final de Jack.
Dejar la vía libre para que quienes aún ven con claridad el espacio del amor
puedan colmarlo a plena luz. Bajo un cielo limpio, rueda Welman la secuencia
final. Bill y Lily vuelven a encontrase en la cantina de la estación, atendidos
por una camarera que no es Marie, quien se ha buscado otra compañía. Ambos
esquivan la mirada del otro, más al encontrase ya es para concederse una oportunidad y que la muerte de Jack no haya sido en
vano. Bill brinca de alegría y vuelve al trabajo, la vida sigue, subiéndose
al tren en marcha, se encarama al techo y corre jubiloso sobre los vagones hasta el final del convoy y del film.
De lo que no hay duda es de tu amor porel cine (ya no le llamaré clásico)puesto de manifiesto en tu labor "arqueológica".
ResponderEliminarEntiendo que el film no es perfecto sin embargo te conmueve. Toda una lección de cine, amigo Genovés.Gracias.
Salucines
Gracias por tu amable comentario, amiga Abril. Tú sí que me entiendes...
EliminarSalucines