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viernes, 8 de enero de 2016

PATTON (1970)


Título original: Patton
Año: 1970
Duración: 169 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Franklin J. Schaffner
Guión: Francis Ford Coppola & Edmund H. North
Música: Jerry Goldsmith
Fotografía: Fred J. Koenekamp
Dirección artistica: Gil Parrondo
Reparto: George C. Scott, Karl Malden, Stephen Young, Michael Bates, Michael Strong, James Edwards, Frank Latimore, Morgan Paull, Jack Gwillim, Edward Binns, Peter Barkworth, Karl Michael Vogler
Producción: Richard Zanuck para 20th Century Fox

No suele hablarse mucho del director Franklin J. Schaffner (1920–1989), y lo que resulta más relevante en un cineasta: tampoco de las películas que realizó. A bastantes aficionados al cine poco les dirá su nombre, si bien ha dirigido títulos muy afamados y exitosos en la historia del cine. Pongamos que hablo de El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968), Patton (1970), Papillon (1973), Los niños del Brasil (The Boys from Brazil, 1976), por sólo citar algunos films de todos conocidos.


Nacido en Tokio, hijo de misioneros afincados en el país del sol naciente, al volver a los Estados Unidos se enroló en el Ejército, donde sirvió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Al volver a América, tras el fin del conflicto bélico, se inició en la profesión cinematográfica a través del medio televisivo, donde aprendió los fundamentos del oficio. Eran los años en que el cine clásico se encontraba en declive, consecuencia, entre otros motivos, del auge espectacular de la televisión entre las masas. Sus primeros trabajos para la gran pantalla revelan la influencia directa de esa formación y apenas tienen interés. Lamentablemente, los últimos volverán a verse afectados por el mismo sello, con unos resultados muy decepcionantes.

En el ínterin, año 1965, para sorpresa general, Schaffner realiza El señor de la guerra (The War Lord), film ambientado en la Edad Media y protagonizado por Charlton Heston. El título es tenido hoy en día como un clásico, para muchos hasta un film de culto. En los años siguientes, encadena una serie de trabajos —los citados arriba, al que hay que añadir Nicolás y Alejandra (Nicholas and Alexandra, 1971), sobre los últimos días de la familia Romanov en Rusia— que elevan al director al primer nivel de la cinematografía, hasta el punto de ser calificado como “alumno aventajado” de David Lean.

No se trata de una caracterización gratuita ni ligera. Como el cineasta inglés —también Francis Ford Coppola, quien colaboró en uno de sus films— Schaffner entra por méritos propios en la “segunda generación” de cineastas épicos, categoría que sucede en el tiempo a los grandes maestros del género: D. W. Griffith, Cecil B. DeMille, John Ford, Akira Kurosawa. Lástima que la última fase de la carrera de Schaffner (finales de los setenta y años ochenta), la calidad de sus producciones bajara notoriamente, hasta el punto de realizar productos francamente mediocres, para decirlo con delicadeza. Estaríamos, pues, ante un director que he dado en caracterizar como situado en la siguiente categoría: entre el cielo y el infierno.

Con todo, Franklin J. Schaffner cuenta con un repóquer de ases fílmicos que no puede negarse ni obviarse, además de haber obtenido un Oscar al Mejor Director, cuatro Emmys televisivos y el premio Directors Guild of America a la Mejor Dirección de Largometrajes, siendo elegido en 1987 presidente de dicha asociación profesional, cargo que sólo pudo ejercer durante dos años, pues en el año 1989 falleció en la localidad californiana de Santa Mónica.


El Oscar de la Academia de Hollywood al Mejor Director lo obtuvo por su labor en la superproducción Patton, un film soberbio, un bélico de primera categoría; extraordinario, por varios motivos. Para empezar, llama la atención la fenomenal recepción general que tuvo el film, teniendo en cuenta la fecha del estreno: 1970. La guerra de Vietnam está en pleno auge y son unos tiempos en los que el pacifismo y el antimilitarismo reinan en los espacios de la opinión pública y publicada.

Ciertamente, un sector influyente de la crítica queda escandalizado a la vista de un biopic que ensalza hasta el ditirambo el ardor guerrero, el espíritu de lucha, el valor patriótico, el anticomunismo, valores que ya estaban entonces bajo sospecha, hasta nuestros días. El escándalo roza el colapso entre este grupo al presenciar los primeros seis minutos de proyección, con la célebre secuencia del discurso del general Patton presidida por una gigantesca bandera de los Estados Unidos de América; una escena posteriormente muy imitada y/o parodiada de múltiples maneras. 

Tal fue el impacto de esta superproducción (rodada parcialmente en España y contando con un buen número de técnicos españoles en el staff de rodaje) que buena parte de la doctrina oficial optó por darle la vuelta a la interpretación y persuadir al público, con un argumentario de botiquín de primeros auxilios, según el cual la película defendía justamente lo contrario, a saber, el antibelicismo.


Ocurre que era —y es— muy difícil resistirse a la excelencia de esta producción sobre el ascenso y caída de un héroe de las armas, como el general George Patton, durante la campaña en el norte de África, la incursión por el Sur de Europa y la marcha hacia Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, escrita por Francis Ford Coppola (el guión definitivo fue firmado, finalmente, junto a Edmund H. North, quien se incorporó a la composición del mismo); con una formidable partitura musical compuesta por Jerry Goldsmith (habitual en los trabajos de Schaffner); con una muy cuidada producción, seguida atentamente por Richard Zanuck); y, en fin, con un reparto de cinco estrellas, a la cabeza del cual brilla con esplendor la portentosa composición del personaje efectuada por George C. Scott (actor de conocida inclinación izquierdista, quien, acaso abrumado por la gloria alcanzada, no recogió el Oscar al Mejor Actor que le concedió la Academia de Hollywood, alegando unas endebles excusas).


Dejando al margen presiones y preocupaciones ideológicas (extra-cinematográficas), Patton es un film que se mantiene, ayer como hoy, tan firme y sólido como el protagonista del mismo en el puesto de mando. El general Patton es un guerrero nato; clásico, en el sentido más estricto y noble del término. Profesional de una pieza y cultivado (domina idiomas, además del inglés; conoce la historia y los grandes textos de la literatura, muchos de cuyos fragmentos cita con soltura, practica la poesía); militar puro y agresivo; orgulloso e incorruptible; leal y pulcro. Malhablado (habla de cuartel) y poco diplomático, general sin contemplaciones, se mantiene al margen de la política, que incluso desprecia. Nunca se retira del campo de batalla ni fue vencido, aunque acabará siendo retirado no por el ejército enemigo, sino por el poder político y la pre-corrección política dominante en el alto mando militar y en la administración en Washington.

Schaffner cuenta en Patton la grandeza de un guerrero a la antigua, pero también sus debilidades, la soledad del comandante en jefe, el ocaso de una estirpe de hombres de acción que son retirados por los ejecutivos de la guerra. Patton es espectador, y al mismo protagonista, de un fin de ciclo: el fin de las guerras clásicas y el viejo código del honor, un general que estimula a sus soldados, marchando junto a ellos, delante de ellos, a quienes perdona cualquier cosa excepto la cobardía, más que nada por el oprobio y el insulto que suponen para sus hermanos de armas (band of brothers). Al valiente lo premia, al cobarde, lo abofetea. Y eso no se lo van a perdonar. Patton es un guerrero a la antigua.




En este sentido, son muy significativas y magistralmente filmadas dos secuencias, en particular. Durante una batalla de tanques contra los alemanes, Patton, contempla las evoluciones de las tropas desde una colina, junto a los principales mandos, dando las órdenes oportunas de estrategia a sus subordinados para que las trasladen inmediatamente a los oficiales en combate, cual si se tratase de una reencarnación de Napoleón Bonaparte u otro gran general de los viejos tiempos.



Resulta, asimismo, muy lograda y conmovedora la secuencia en las ruinas de la vieja Cartago, o al menos esto dice el guión, cuando se rodó en Marruecos. De patrulla junto a su segundo en el mando Omar N. Bradley (un espléndido Karl Malden), a bordo de un jeep por un lugar de Túnez, Patton ordena parar al chófer. Le indican el destino al que se dirigen en una dirección, pero él ordena tomar la contraria: huelo la batalla, dice. La intuición (o acaso la ensoñación) del guerrero le lleva a unas viejas ruinas. Aquí, afirma, los cartagineses libraron duros combates. Lo sé, estuve aquí (creía en la reencarnación). Iluminado por el encantamiento del lugar, cita unos versos de altura épica. ¿Sabes quien compuso este poema, Omar? Pregunta, al pusilánime Bradley. No, George. Contesta, éste. Yo. Es la respuesta final del general Patton.


Película de envergadura, bélico poderoso, cinta hermosa y melancólica, Patton merece una medalla al mérito cinematográfico.



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