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domingo, 14 de febrero de 2016

EL JINETE PÁLIDO (1985)


Título original: Pale Rider
Año: 1985
Duración: 113 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Clint Eastwood
Guión: Michael Butler & Dennis Shryack
Música: Lennie Niehaus
Fotografía: Bruce Surtees
Reparto: Clint Eastwood, Sydney Penny, Michael Moriarty, Elisha Cook, Chris Penn, Carrie Snodgress, Richard Dysart, John Russell, Richard Kiel, Billy Drago
Producción: Warner Bros. Pictures / Malpaso


Visionado en el momento de su estreno, El jinete pálido (Pale Rider), película producida (en colaboración con Warner Bros.) y dirigida por Clint Eastwood en 1985, fue, generalmente, apreciada como un western crepuscular más de entre los realizados por aquellos años (acontecimiento impulsado décadas antes por Sam Peckinpah, entre otros cineastas). Pero, en realidad, el título representaba mucho más que eso. Se trata de un trabajo ambicioso y de amplias miras, hermoso y rebosante de significados, que sintetiza y condensa la tradición de un género estrella en la historia del cine; un referente básico e imprescindible en el proceso de puesta al día del western emprendido por aquellos años y que  hoy, afortunadamente, sigue activo y en buena forma.

La cinta dirigida por Eastwood tampoco es, simplemente, como se ha dicho, un remake de Raíces profundas (Shane, 1951. George Stevens). La proyección de la historia y las imágenes que contiene (lo mismo que su protagonista: el forastero, el predicador, el pistolero, el héroe…), viniendo del pasado, van mucho más lejos de lo que puede verse a primera vista: concentran no sólo la esencia del western sino del cine en su conjunto.



Repárese, para empezar, en el prólogo del film. Brillante e inquietante la carga de la partida de secuaces, que, cual jinetes del apocalipsis, arrasan a sangre y fuego el campamento de mineros que intenta instalarse en la tierra prometida y salir adelante con su trabajo y esfuerzo. La embestida (que la carga el diablo) deja tras de sí destrucción y miedo, amén del sacrificio ritual de algunos animales (un vaca, un perro). Estamos ante una evocación estética (perfecto montaje paralelo), un claro y directo tributo fílmico, una invocación, en fin, del espíritu de D. W. Griffith (como volviendo del pasado ante la llamada de su presencia, de su retorno) y la célebre cabalgada, en El nacimiento de una nación (The Birth of the Nation, 1915), de los jinetes de sábanas blancas y cruz flamígera que acuden a la granja a rescatar a la familia protagonista de la epopeya, refugio sitiado por el pelotón de hostiles soldados negros de la Unión. Y esto es sólo el principio.


Diríase que Eastwood, con cincuenta y cinco años de edad, había concebido una obra maestra a modo de colofón, de testamento vivo, de una carrera cinematográfica espléndida. Pero no, la historia no acabó ahí. Eastwood, en 1985, compone una obra sublime, perfecta, pero a la vez emprendiendo de seguido, cual Quijote de la pradera y las montañas, la segunda salida, en la que todavía quedaba por consumar lo mejor de su filmografía. Clint Eastwood: el último director clásico vivo del cine, empeñado en morir con las botas puestas.

El jinete pálido es la historia de un milagro hecho realidad; el mito del eterno retorno elevado a categoría cinematográfica, incluso teológica.

«“Es Yavé mi pastor, nada me falta.” Pero me faltan cosas. "Me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma”. Pero han matado a mi perra. “Aunque haya de pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno..." Pero tengo miedo. "…porque tú estás conmigo. Tu clava y tu cayado son mis consuelos." Pero necesitamos un milagro. "Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida." Si existes. "Y moraré en la casa de Yavé por dilatados días." Pero antes me gustaría disfrutar más de esta vida. Si no nos ayudas, vamos a morir todos. Por favor. Sólo un milagro. Amén.»


He aquí el soliloquio, vestido de plegaria (o viceversa), entonado por Megan (Sydney Penny)  mientras entierra a su perra, baleada durante la razzia perpetrada en los primeros compases del film por los rufianes a las órdenes de Coy Lahood (Richard Dysart), cacique del poblado donde transcurre la acción. En un soberbio encadenado por medio de transparencias, la oración de la muchacha va fusionándose con la imagen de un jinete solitario que cabalga en el horizonte hacia el lugar de la llamada. Es el Preacher (Clint Eastwood), hombre sin nombre propio, figura espectral, jinete pálido, quien regresa al mundo para salvar a los vivos de buen corazón y mandar al infierno a los rufianes, y de paso redimirse de sus pecados... del pasado.


Megan es hija de Sarah Wheeler (Carrie Snodgress), mujer madura, abandonada por su marido, que vive en el campamento minero, mientras decide si casarse con su pretendiente, Hull Barret (Michael Moriarty), miembro influyente y portavoz in pectore de la pequeña comunidad de buscadores de oro. La muchacha es la única que cree ciegamente en el aparecido, en quien proyecta la inocente y juvenil ilusión de primer enamoramiento. Los demás, dudan y desconfían del Preacher; recelan de él o le temen, sin más. Unos, ven en el predicador la forma de un mesías, la manera de ver realizados sus sueños y anhelos, el hacedor del milagro de la vida; otros, lo sienten como un ángel caído, el brazo ejecutor de la ley y el orden.

El forastero llega en el momento justo para hacer justicia. Tiene una misión que cumplir. Digo “llega”, pero acaso sea más ajustado decir “regresa”. Porque el Preacher lleva marcada en la espalda, como una cruz, el peso del pesado. Mientras se adecenta antes de la primera cena en casa de Sarah, Hull descubre en su torso desnudo unas turgencias como fósiles, unas cicatrices que forman una constelación de ceniza y plomo, que no logra interpretar. Habrá que esperar al duelo final para salir de dudas y encontrar la salida: la salida de las balas que recibió en la otra vida, en la vida anterior, en su singular vida.


Tras intentar sin éxito, con sus propios efectivos, apoderarse del campamento minero y expulsar a sus legítimos propietarios, el poderoso Lahood reclama la presencia (sin oración) de un pistolero profesional, el cual llega, a su vez, del más allá,  del otro lado de las montañas: el marshall Stockburn (John Russell), a quien acompaña un coro de ángeles exterminadores envueltos en guardapolvos que al caminar y balancearse en el aire asemejan las alas de un ave maligno capaz de lo peor. Su trabajo: truncar la misión del Preacher. Ambos ya se conocían de antes, aunque no esté aún identificado (dudan de él).


Los pájaros de mal agüero van cayendo uno a uno, hasta llegar al duelo definitivo cara a cara con el propio Stockburn. El duelo adopta más buen la forma de un careo: "Tú. Tú", exclama éste al reconocer, finalmente, la blanca palidez del predicador. Recorren, ceremoniosamente, la calle central del pueblo, plantándose uno frente al otro a poca distancia. De tal modo, tras desenfundar y vaciar los revólveres, las balas atraviesan el cuerpo del marshall dejando un rastro singular: una constelación de plomo que pronto será ceniza. 




Acaso la vida y la muerte de Stockburn y del Preacher no son paralelas sino las mismas, o sea, la misma. De ahí que más que de misión, a propósito del predicador, haya que hablar de remisión del pasado.

En la última secuencia, Megan ya no llama al Preacher. Es la hora de la despedida. El reclamo ha sido atendido. El jinete, pálido como la muerte, cabalga de nuevo. «¡Predicador! ¡Te queremos, predicador! ¡Te quiero! Gracias. Adiós.»




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