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lunes, 24 de junio de 2013

OLIVER STONE, EL DOCUMENTO ES EL CUENTO


Érase una vez un guionista aficionado a las películas, a dar el espectáculo y a llamar la atención. Un día claro quiso seguir la senda de Steven Spielberg — quizás también la de David Lean o incluso de Bernardo Bertolucci— , pero al penetrar en la noche oscura, acabó convirtiéndose en un sosias de Michael Moore. Le va el género documental, en general. Pero no tanto con el fin de interpretar el mundo, sino de transformarlo. La historia oficial y los grandes relatos le interesan según lo que cuenten y cómo. En cualquier caso, nuestro hombre en La Habana está siempre a punto para reescribir los hechos, abrir expedientes, reabrir los casos, cerrar contratos, convencido como está de que al final la historia le absolverá.


Oliver Stone practica el film-documento en formato espectáculo o en plan casero, según las ocasiones, dependiendo del tema y personaje a tratar o retratar. Se sirve para ello tanto de un travelling y una grúa como de una steady-cam, siempre con similar soltura, como quien edita sus textos con parejo entusiasmo, sea en las prensas de una gran editorial o en una rudimentaria vietnamita. Sea como fuere, logra con facilidad ser la estrella del show, el centro del mundo, el deus ex machina, el nuevo Prometeo, pero no en el sentido de la tradición occidental judeo-cristiana, sino tirando más a lo oriental, entre el Tao y Mao.






















A la vista de los resultados obtenidos en la gran industria o la manufactura, hay que reconocer que no llega al virtuosismo de Leni Riefenstahl. Principalmente, porque posee (o es poseído por) un carácter demasiado nervioso e inconstante, que le lleva a transitar de la elegía y el culto a la personalidad al libelo y al reportaje escandaloso, sin sucesión de continuidad, sin medias tintas. Tampoco puede compararse su trabajo al de Sergei Eisenstein, puesto que las masas le interesan poco, sólo para hacer de extra o figurante en los films de gran presupuesto, nunca hasta el punto de darles protagonismo. Para este excombatiente de la guerra de Vietnam, con síntomas de sufrir estrés postraumático, al que añadir un tropical síndrome de Estocolmo, los verdaderos protagonistas son gente importante, no corriente; gente conocida y relevante, rica y famosa. Como él mismo.

Érase una vez un cineasta con tendencia al género épico que no ha acabado de asimilar la obra completa de William Shakespeare, si bien se le ha quedado grabada una frase que puede servir de bandera —o epitafio— a su filmografía: la vida es una historia contada por un idiota, llena de estruendo y furia, que nada significa. Y así acaba el cuento.



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