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martes, 22 de marzo de 2016

SHOTGUN (1955)



Título versión española: La pradera sangrienta
Año: 1955
Duración: 80 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Lesley Selander
Guión: Clarke Reynolds, Rory Calhoun, John C. Champion
Música: Carl Brandt
Fotografía: Ellsworth Fredericks
Reparto: Sterling Hayden, Yvonne De Carlo, Zachary Scott, Guy Prescott, Robert J. Wilke, Fiona Hale
Producción: Allied Artists Pictures


Esta semana conmemoramos el centenario del nacimiento del actor norteamericano Sterling Hayden, venido al mundo el día 26 de marzo de 1916, en Montclair, Nueva Jersey.

Actor de raza, de complexión fuerte y sólida, con una estatura de casi dos metros de altura, rasgos duros y mirada tierna, Hayden fue todo lo contrario de un actor de escuela, nada más lejano a la formación académica y engolada del Actor’s Studio, ese laboratorio de interpretación, de presumido arte y ensayo. Ni siquiera se esforzaba Hayden por componer personajes sobrios y parcos en palabras y movimientos. Le bastaba con plantarse frente a cámara y esperar a que el director diese la orden de “¡Acción!”, para ponerse de inmediato en situación y hacer su trabajo. Y, así, como quien no quiere la cosa, compone una filmografía compacta, que contiene más de setenta títulos, especializándose en los géneros del western y el policiaco.

Todo buen aficionado al cine recuerda sus papeles en films muy célebres. Pongamos que hablo de La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950. John Huston), Johnny Guitar (1954. Nicholas Ray) o Atraco perfecto (The Killing, 1956. Stanley Kubrick), por citar tan sólo tres ejemplos en los que afronta papeles protagonistas. Sin embargo, aquí y ahora deseo rendir tributo a este actor de una pieza recordando un film que muchos tildarían de “menor”, de western de serie B sin más historia, pero que goza de mi estimación y, a mi juicio, caracteriza bien la carrera de este actor de carácter discreto y templado, contenido y austero, allí donde creo que dio lo mejor de sí mismo, sin estridencias ni rechinamientos, sin apretar los dientes...


Si traigo a cuento un título poco conocido, menos campanillas sonarán al señalar el nombre del director responsable de la película: Lesley Selander. Modelo también, como Hayden, de hombre de cine hecho a sí mismo, iniciado en el cine mudo como técnico de laboratorio, que se mantuvo casi cincuenta años en el oficio, fraguando una carrera que suma ciento cincuenta films acreditados, en los que se incluyen largometrajes y trabajos para la televisión, especialmente dentro del género del western (el 95 % de films que realiza pertenecen a este género).


Shotgun (titulado en la versión española de modo muy poco original, La pradera sangrienta) es, por su parte, un film que representa con justeza el trabajo del cineasta. Basada en un relato del actor Rory Calhoun, la trama tiene buena parte de las constantes del género, tomando como símbolo e instrumento la escopeta de cañones cortos que da título a la cinta (Shotgun), arma letal cuyos cartuchos destrozan materialmente la pieza que resulta abatida bajo la fuerza de su impacto sobre la piel.



Con dicho trabuco (en realidad, éste sería su precedente), el forajido Ben Thompson (Guy Prescott), bajo orden de caza y captura, fulmina al sheriff de un poblado de Arizona, cuando éste intenta arrestarlo. Su ayudante y mejor amigo es Clay Hardin (Sterling Hayden), quien tras tener conocimiento del asesinato, y  contemplar el cuerpo desgarrado del colega, sale en busca del asesino, sin más compañía que su valor y afán de venganza, su caballo y la escopeta abandonada en el lugar de los hechos. Al montarse Hardin/Hayden en la cabalgadura, vemos cómo enfunda el arma que a hierro ha matado y a hierro hará justicia, en el lado derecho, manteniendo el rifle convencional en el otro extremo del jamelgo.

Durante la búsqueda a través del árido territorio, Hardin va eliminando a los otros miembros de la banda criminal, pisándole los talones a Thompson, la presa que fue preso fugado, el objetivo principal de la aventura. En el trayecto, se topa, primero, con Abby (Yvonne De Carlo), mujer con pasado que sueña con instalarse en California, y acompaña circunstancialmente a uno de los secuaces de Thompson, de igual modo que ahora seguirá de mala gana a Hardin. No obstante, hay una notable diferencia: respecto al sheriff, percibimos la clásica hostilidad de la mujer hermanada con la atracción física. Posteriormente, tropiezan con Reb (Zachary Scott), cazarrecompensas de poco fiar, traicionero y villano, que une, por interés profesional, sus fuerzas y armas en la búsqueda del rufián.


Como puede comprobarse, nada nuevo bajo el sol tórrido del desierto de Arizona. Y es que Shotgun no pretende innovar el Séptimo Arte ni impresionar al cinéfilo, sino ofrecer un compacta película, un trabajo fílmico bien facturado, correctamente narrado, con un reparto que cumple su cometido con solvencia. Rodado en unos escenarios espectaculares (porque no sólo Anthony Mann o Budd Boetticher eran capaces de localizarlos y llevarlos a la pantalla), cuenta con unas trepidantes secuencias de acción: enfrentamientos con los apaches, cruce de ríos bajo una lluvia de disparos y flechas, etcétera. Y, por si esto fuera poco, muestra una sensual escena de baño en el río a cargo de la brava y bella Ivonne DeCarlo.

Hardin, el papel interpretado con bravura y entereza por Sterlyng Hayden, cumple, finalmente, su cometido y se lleva a la chica a California, subida a la grupa del caballo. No sabemos con seguridad lo que les aguarda a los personajes, mas sí el al actor. En la ciudad californiana culminó su camino en el cine con nervio y talento, y allí falleció, en la ciudad, de Sausolito, el día 23 de mayo de 1986.


jueves, 10 de marzo de 2016

EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON (2008)


Título original: The Curious Case of Benjamin Button
Año: 2008
Duración: 167 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: David Fincher
Guión: Eric Roth a partir de un breve relato de Francis Scott Fitzgerald
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Claudio Miranda
Reparto: Brad Pitt, Cate Blanchett, Taraji P. Henson, Tilda Swinton, Jason Flemyng, Julia Ormond, Eric West, Elias Koteas, Elle Fanning, Jared Harris
Producción: Paramount Pictures / Warner Bros. Pictures 


He vuelto a visionar recientemente El curioso caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button, 2008), superproducción en la que intervinieron dos poderosos estudios del actual Hollywood, dirigida por David Fincher.

El film me produjo una muy buena impresión en el momento del estreno, y, por lo demás, sigo con interés la filmografía de su realizador. “Interés” no significa “fascinación” ni “seducción” cinéfila, pues hablamos de un filmmaker con tendencia al exceso y a la trampa, al efectismo y al relumbrón. Moverse en el límite y ejercer de equilibrista tiene sus riesgos, aunque andes por el alambre con red y servicio de recogida. 


Pues bien, El curioso caso de Benjamin Button no sólo ha soportado bien un segundo pase (la verdadera prueba de la excelencia cinematográfica es comprobar cómo sobrelleva un film el paso del tiempo), sino que me lo pasé en grande, confirmando mi criterio de que nos hallamos ante uno de los títulos más valiosos de las últimas décadas. Y, desde luego, el trabajo más logrado de Fincher, quien en este curioso caso ha atravesado con éxito el campo de minas que representa una cinta de tamañas características. 

Más que un ejercicio de estilo, el film supone una acrobacia fílmica, un reto artístico superior, en el que o caes en la zanja que uno mismo ha cavado y en el ridículo, o bien llegas a la meta con la cabeza alta y sin contusiones. Dicho en pocas palabras, y que nadie se ofenda ni sulfure: cuando un director se tira a esta clase de piscinas, o se hunde, es un decir, como en Memento (2000. Christopher Nolan), o bracea y avanza ligero, haciendo los largos que hagan falta, como si nada… 




Lejos de la narcisista y falsaria actitud de la “Política de Autor”, y recogiendo el testigo del mejor cine clásico, El curioso caso de Benjamin Button representa un buen ejemplo de trabajo en equipo, en el cual sin la perfección del guión (Eric Roth), sin la soberbia fotografía (Claudio Miranda), sin la sutileza de la banda sonora (Alexandre Desplat), sin el sorprendente, virtuoso y creíble labor de ordenador y laboratorio llevada a cabo a fin de manipular convenientemente las imágenes, y, en fin, sin las excelentes interpretaciones del reparto en su conjunto, una película ambiciosa como es ésta no podría pasar con garantías de triunfo el Rubicón del cinematógrafo.

En este film portentoso, cada plano, cada escena, cada secuencia, están rodados con un espíritu de perfección, un halo de melancolía gozosa, filmando un material proyectado a la eternidad, con afán de duración, con una exquisitez, una ternura y una elegancia como pocas veces hemos visto en producciones contemporáneas.



Película conmovedora, sin sentimentalismo, y reflexiva, sin pedantería, El curioso caso de Benjamin Button remite (o al menos, a mí me evoca), entre otros, a dos referentes excepcionales. Primero, un clásico de los años 40: Jennie (Portrait of Jennie, 1948William Dieterle), por cuanto contiene “una fantástica historia de amor, del amor expresado como fuerza poderosa que lucha por vencer el tiempo, el vacío y la muerte.” En la cual, además: “Para que obre la maravilla, debe producirse un radical quebrantamiento de la unidad espacio-temporal. En este caso, en la piel —de celuloide— de dos personajes en busca del amor, aunque viven en dimensiones temporales distintas.”

Segundo, un clásico de los años 90: Forrest Gump (1994. Robert Zemeckis), en el sentido en que Benjamin Button (Brad Pitt) es un tipo raro, extraordinario, excepcional, fuera de lo común, un caso tan extraño como único (los individuos humanos somos, en rigor, únicos). Por decirlo así, el protagonista transita y nos relata su existencia singular desde el otro lado del espejo, recorriendo el ciclo vital, de la vida a la muerte, si bien en sentido contrario al natural: desde la ancianidad a la infancia. Ese lado es el de la inocencia, término que significa curiosamente “bien nacido”, es decir, quien aun siendo dañado, no daña; el que observa y percibe el vivir (y sus circunstancias) con permanente extrañeza, con más admiración que confusión, con más asombro que desconcierto, con más sorpresa que estupefacción.

En el fondo de todo, a Benjamin Button le ocurre como a los demás hombres: conoce a personas y lugares, el amor y la decepción, la amistad y el abandono, los placeres y las miserias de la existencia. Pero, Benjamin (atención al nombre propio) Button (no es un botón de muestra ni un muñeco de feria) no odia ni maldice ni se queja de la buena o mala suerte ni se consume en el resentimiento ni en la lamentación. Simplemente, se dedica al ejercicio maravilloso del vivir; cada día y cada vida como si fuesen únicos. 

¡No existen hombres así, en realidad! Exclamará el impaciente y poco atento espectador. Claro, amigo mío, respondo yo: esto es cine, fantasía y emoción, no documentalismo, y en ese mundo maravilloso todo parecido con la realidad es pura coincidencia.



La historia de Benjamin Button la cuenta él mismo por medio de su diario que da a conocer su amada Daisy Fuller (Cate Blanchett), por boca de la hija de ambos, Caroline Button (Julia Osmond), a quien la madre hace leer las páginas de este curioso caso por el gusto, afirma, de escuchar la voz de la hija, y por matar el tiempo mientras llega el final. En una habitación de hospital, Caroline acompaña a Daisy en su fase terminal, y allí descubre quién es y de dónde viene. Adónde va es cosa sólo el Destino dirá.

Fuera del recinto médico, se avecina un cíclico ciclón, uno más de los que azota periódicamente Nueva Orleans (escenario principal del film), recurso narrativo que proporciona un elemento más de dramatismo a la trama. Las enfermeras preparan la evacuación de los internos, aunque Daisy y Caroline tienen el propósito de permanecer… La hija, quien ya sabe lo suficiente sobre este extraño caso tan común, se separa un momento de su madre al objeto de buscar más información sobre la inminencia y ferocidad del vendaval en ciernes. Poco después, Daisy cierra los ojos para siempre, recordando cuando acunó en sus brazos al moribundo y viejo bebé Benjamin. El verdadero amor es asunto de dos partes que terminan juntándose, formando una unidad para siempre.




lunes, 29 de febrero de 2016

UNA GRAN SEÑORA (1942)


Título original: The Great Man's Lady
Año: 1942
Duración: 90 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: William A. Wellman
Guión: W.L. River a partir de los textos originales de Seena Owen, Adela Rogers St. Johns y Viña Delmar
Música: Victor Young
Fotografía: William C. Mellor
Reparto: Barbara Stanwyck, Joel McCrea, Brian Donlevy, K.T. Stevens, Thurston Hall, Lloyd Corrigan, Etta McDaniel, Lee Phelps, John Hamilton
Producción: Paramount Pictures


El título de la versión española del film The Great Man's Lady (1942) no traduce literalmente el original, sino que le incorpora la tradición significativa del proverbio: junto a todo gran hombre siempre hay una gran mujer. El caso es que en este formidable film el gran hombre es el protagonista masculino, Ethan Hoyt (Joel McCrea), aventuro, buscador de oro, emprendedor, personaje principal que logra fundar una ciudad, Hoyt City, logrando así el sueño americano por excelencia, ese que está concentrado en la plegaria expresada por los padres fundadores de la nación norteamericana, llegados de Inglaterra, quienes por boca de John Winthrop, su primer gobernador, anunciaron: «seremos una ciudad sobre una colina, el mundo entero se fijará en nosotros».


En el propio film hay varias menciones expresas a esa colina proyectada. En la primera aparición de Ethan, ya anuncia con claridad su proyecto de actuación a un banquero de Filadelfia, a quien solicita fondos y financiación para abrir caminos hacia el Oeste, haciendo del país un big country: «Es como una señal del Todopoderoso. Nos marca el emplazamiento de una gran ciudad. Habrá fuentes y árboles. Y más allá, una colina. Y en esa colina, hogares


El dueño de la casa es padre de tres hijas, una de ellas es Hannah Sempler (Barbara Stanwyck). El voluntarioso pionero de nueva generación no consigue el dinero, pero se lleva consigo un tesoro mucho más valioso: Hannah, quien no duda un instante en fugarse con aquel joven que huele a búfalo y ha ganado su corazón al instante. En el tramo final de la película, Hannah, resumirá su relación con Ethan por medio de esta declaración henchida de nostalgia: «Así se fue [Ethan]: cabalgando. Igual que había entrado en mi vida. Bajando por aquella colina. Bueno, entonces había una colina.».

No fue fácil subir a la colina y construir la vida en común. Los dos jóvenes fugados celebran una rápida ceremonia de boda en la caravana que les lleva al Oeste, bajo una tormenta de rayos y centellas, lo cual proporciona a la secuencia un momento más de esplendor y grandeza. Hannah guarda amorosamente el Certificado de Casamiento en su seno, un documento que alberga la pasión amorosa de la chica y también la clave de la película.


Todo es grande y palabras mayores en esta soberbia cinta dirigida por William A. Wellman para Paramount Pictures, con la que logra lo mejor de su mismo, elevándose a la altura de Raoul Walsh o John Ford. He aquí una película realizada en estado de gracia, que reúne con superior armonía la épica de una historia basada en un breve relato de la escritora norteamericana Viña Delmar y el lirismo de una historia de amor y de sacrificio (este segundo elemento acentuado por una muy inspirada música compuesta por Victor Young). En Una gran señora, el transcurrir del tiempo no se cuenta por años sino por siglos.




La centenaria Hannah asiste, desde la distancia de su vieja mansión (materialmente rodeada de rascacielos) y con placidez, a un importante evento en la ciudad: la inauguración de un colosal monumento al fundador de Hoyt City, su marido Ethan Hoyt. ¿Su marido? La soledad de la gran señora es trastornada por un pelotón de periodistas que, con brusquedad y sin modales, quieren saber toda la verdad sobre el héroe de la localidad y la naturaleza del vínculo que existe entre ambos.

Es de dominio público el casamiento de Hoyt con otra mujer, de modo que si Hannah proclama ser su esposa, la leyenda del gran hombre se tambalearía, pasando de héroe impoluto a la condición de vulgar bígamo, según le hace notar un insolente reportero. Por ello Hannah guarda celosamente el Certificado de Boda en el regazo, como conserva el recuerdo de una vida larga, dura, siempre a la sombra del amado, quien vive ajeno a los asuntos domésticos y privados. Un desconocimiento que genera malentendidos, como el sospechado affaire de la esposa con su común amigo y jugador profesional Steely Edwards (Brian Donlevy), tipo fiel que, en silencio, la ama y se mantiene asimismo en un segundo plano. Nada ni nadie puede detener el devenir de la gran gesta. 

Ethan Hoyt tiene una misión que cumplir, eso es lo que importa y esa es la leyenda que es preciso mantener viva.





Hannah sólo contará los auténticos hechos a Katharine Stevens (K. T. Stevens), joven biógrafa que, mezclada entre la turba de la prensa, se introduce en la vivienda de la ya anciana mujer con la intención de escribirlos. Conmovida (como cualquier espectador del film, sensible y atento) con la historia narrada, decide finalmente no dar a conocer el secreto que Hannah conserva en el fondo de su corazón. Tras la confesión, cuando los fastos y las muchedumbres han dado paso a la noche, la gran señora y la gentil señorita se acercan a la estatua de Ethan Hoyt. A los pies del héroe la biógrafa transmite a Hannah su decisión y la deja sola tras besarla con respeto:

Katharine: Es un beso de despedida para mi biografía.
Hannah: Pues anda, ve. Te quedan cien años de vida por vivir. Si los aguantas.
Katharine: Debería acompañarla a casa.
Hannah: Bendita seas, hija. Llevo volviendo sola a casa desde la muerte de Abe Lincoln. Gracias igualmente. Anda, ve. (Rasga el Certificado de Boda para que nadie descubra el secreto de su vida). Para siempre, Ethan. Ahora nadie puede cambiarlo. Para siempre.




domingo, 14 de febrero de 2016

EL JINETE PÁLIDO (1985)


Título original: Pale Rider
Año: 1985
Duración: 113 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Clint Eastwood
Guión: Michael Butler & Dennis Shryack
Música: Lennie Niehaus
Fotografía: Bruce Surtees
Reparto: Clint Eastwood, Sydney Penny, Michael Moriarty, Elisha Cook, Chris Penn, Carrie Snodgress, Richard Dysart, John Russell, Richard Kiel, Billy Drago
Producción: Warner Bros. Pictures / Malpaso


Visionado en el momento de su estreno, El jinete pálido (Pale Rider), película producida (en colaboración con Warner Bros.) y dirigida por Clint Eastwood en 1985, fue, generalmente, apreciada como un western crepuscular más de entre los realizados por aquellos años (acontecimiento impulsado décadas antes por Sam Peckinpah, entre otros cineastas). Pero, en realidad, el título representaba mucho más que eso. Se trata de un trabajo ambicioso y de amplias miras, hermoso y rebosante de significados, que sintetiza y condensa la tradición de un género estrella en la historia del cine; un referente básico e imprescindible en el proceso de puesta al día del western emprendido por aquellos años y que  hoy, afortunadamente, sigue activo y en buena forma.

La cinta dirigida por Eastwood tampoco es, simplemente, como se ha dicho, un remake de Raíces profundas (Shane, 1951. George Stevens). La proyección de la historia y las imágenes que contiene (lo mismo que su protagonista: el forastero, el predicador, el pistolero, el héroe…), viniendo del pasado, van mucho más lejos de lo que puede verse a primera vista: concentran no sólo la esencia del western sino del cine en su conjunto.



Repárese, para empezar, en el prólogo del film. Brillante e inquietante la carga de la partida de secuaces, que, cual jinetes del apocalipsis, arrasan a sangre y fuego el campamento de mineros que intenta instalarse en la tierra prometida y salir adelante con su trabajo y esfuerzo. La embestida (que la carga el diablo) deja tras de sí destrucción y miedo, amén del sacrificio ritual de algunos animales (un vaca, un perro). Estamos ante una evocación estética (perfecto montaje paralelo), un claro y directo tributo fílmico, una invocación, en fin, del espíritu de D. W. Griffith (como volviendo del pasado ante la llamada de su presencia, de su retorno) y la célebre cabalgada, en El nacimiento de una nación (The Birth of the Nation, 1915), de los jinetes de sábanas blancas y cruz flamígera que acuden a la granja a rescatar a la familia protagonista de la epopeya, refugio sitiado por el pelotón de hostiles soldados negros de la Unión. Y esto es sólo el principio.


Diríase que Eastwood, con cincuenta y cinco años de edad, había concebido una obra maestra a modo de colofón, de testamento vivo, de una carrera cinematográfica espléndida. Pero no, la historia no acabó ahí. Eastwood, en 1985, compone una obra sublime, perfecta, pero a la vez emprendiendo de seguido, cual Quijote de la pradera y las montañas, la segunda salida, en la que todavía quedaba por consumar lo mejor de su filmografía. Clint Eastwood: el último director clásico vivo del cine, empeñado en morir con las botas puestas.

El jinete pálido es la historia de un milagro hecho realidad; el mito del eterno retorno elevado a categoría cinematográfica, incluso teológica.

«“Es Yavé mi pastor, nada me falta.” Pero me faltan cosas. "Me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma”. Pero han matado a mi perra. “Aunque haya de pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno..." Pero tengo miedo. "…porque tú estás conmigo. Tu clava y tu cayado son mis consuelos." Pero necesitamos un milagro. "Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida." Si existes. "Y moraré en la casa de Yavé por dilatados días." Pero antes me gustaría disfrutar más de esta vida. Si no nos ayudas, vamos a morir todos. Por favor. Sólo un milagro. Amén.»


He aquí el soliloquio, vestido de plegaria (o viceversa), entonado por Megan (Sydney Penny)  mientras entierra a su perra, baleada durante la razzia perpetrada en los primeros compases del film por los rufianes a las órdenes de Coy Lahood (Richard Dysart), cacique del poblado donde transcurre la acción. En un soberbio encadenado por medio de transparencias, la oración de la muchacha va fusionándose con la imagen de un jinete solitario que cabalga en el horizonte hacia el lugar de la llamada. Es el Preacher (Clint Eastwood), hombre sin nombre propio, figura espectral, jinete pálido, quien regresa al mundo para salvar a los vivos de buen corazón y mandar al infierno a los rufianes, y de paso redimirse de sus pecados... del pasado.


Megan es hija de Sarah Wheeler (Carrie Snodgress), mujer madura, abandonada por su marido, que vive en el campamento minero, mientras decide si casarse con su pretendiente, Hull Barret (Michael Moriarty), miembro influyente y portavoz in pectore de la pequeña comunidad de buscadores de oro. La muchacha es la única que cree ciegamente en el aparecido, en quien proyecta la inocente y juvenil ilusión de primer enamoramiento. Los demás, dudan y desconfían del Preacher; recelan de él o le temen, sin más. Unos, ven en el predicador la forma de un mesías, la manera de ver realizados sus sueños y anhelos, el hacedor del milagro de la vida; otros, lo sienten como un ángel caído, el brazo ejecutor de la ley y el orden.

El forastero llega en el momento justo para hacer justicia. Tiene una misión que cumplir. Digo “llega”, pero acaso sea más ajustado decir “regresa”. Porque el Preacher lleva marcada en la espalda, como una cruz, el peso del pesado. Mientras se adecenta antes de la primera cena en casa de Sarah, Hull descubre en su torso desnudo unas turgencias como fósiles, unas cicatrices que forman una constelación de ceniza y plomo, que no logra interpretar. Habrá que esperar al duelo final para salir de dudas y encontrar la salida: la salida de las balas que recibió en la otra vida, en la vida anterior, en su singular vida.


Tras intentar sin éxito, con sus propios efectivos, apoderarse del campamento minero y expulsar a sus legítimos propietarios, el poderoso Lahood reclama la presencia (sin oración) de un pistolero profesional, el cual llega, a su vez, del más allá,  del otro lado de las montañas: el marshall Stockburn (John Russell), a quien acompaña un coro de ángeles exterminadores envueltos en guardapolvos que al caminar y balancearse en el aire asemejan las alas de un ave maligno capaz de lo peor. Su trabajo: truncar la misión del Preacher. Ambos ya se conocían de antes, aunque no esté aún identificado (dudan de él).


Los pájaros de mal agüero van cayendo uno a uno, hasta llegar al duelo definitivo cara a cara con el propio Stockburn. El duelo adopta más buen la forma de un careo: "Tú. Tú", exclama éste al reconocer, finalmente, la blanca palidez del predicador. Recorren, ceremoniosamente, la calle central del pueblo, plantándose uno frente al otro a poca distancia. De tal modo, tras desenfundar y vaciar los revólveres, las balas atraviesan el cuerpo del marshall dejando un rastro singular: una constelación de plomo que pronto será ceniza. 




Acaso la vida y la muerte de Stockburn y del Preacher no son paralelas sino las mismas, o sea, la misma. De ahí que más que de misión, a propósito del predicador, haya que hablar de remisión del pasado.

En la última secuencia, Megan ya no llama al Preacher. Es la hora de la despedida. El reclamo ha sido atendido. El jinete, pálido como la muerte, cabalga de nuevo. «¡Predicador! ¡Te queremos, predicador! ¡Te quiero! Gracias. Adiós.»