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lunes, 13 de abril de 2015

EL PRÍNCIPE ESTUDIANTE (1927)


Título original: The Student Prince in Old Heidelberg
Año: 1927
Duración: 103 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Ernst Lubitsch
Guión: Hans Kraly
Música: David Mendoza, William Axt
Fotografía: John Mescall, John Alton
Reparto: Ramon Novarro, Norma Shearer, Jean Hersholt, Gustav von Seyffertitz, Philipe de Lacy
Producción: MGM



Esta semana, Cinema Genovés se viste de largometraje, de alta costura y fina confección, de etiqueta negra, disfrutando de un film silente en blanco y negro dirigidopor el maestro Ernst Lubitsch en 1927, una de las obras cinematográficas que más veces he visionado, una de mis películas favoritas: El príncipe estudiante (The Student Prince in Old Heidelberg), producida por Metro-Goldwyn-Mayer y protagonizada, al frente del reparto, por Ramon Novarro y Norma Shearer.

El proyecto de llevar a la gran pantalla la opereta compuesta por Sigmund Romberg fue inicialmente concebido por el productor Irving Thalberg a Erich von Stroheim, quien lo rechazó. Lubitsch recibió a continuación la propuesta y se puso en acción, si bien recelaba al principio de la pareja protagonista elegida por el estudio: Ramon Novarro y Norma Shearer, ambos bajo contrato en MGM.

El actor de origen mexicano fue la segunda opción, una vez descartado John Gilbert. Con veintiocho años y rostro aniñado, Novarro estaba en la cima de la popularidad tras el gran éxito de Ben-Hur (Ben-Hur: A Tale of the Christ, 1925. Fred Niblo), a pesar de que su físico ligero y sus maneras delicadas no encajaban con la energía que exigía el personaje del héroe judío (y que Charlton Heston encarnó de modo soberbio en la versión de 1959).

La actriz, por su parte, con veinticinco años y novia del magnate Talberg (contrajeron matrimonio el mismo año del rodaje del film), todavía no había experimentado la metamorfosis que en los años del pre-code transfiguró transitoriamente su imagen de tierna y dulce doncella a una especie de vampiresa o femme fatale, para volver, ya avanzados los años treinta, a su estereotipo más propio a su imagen y su estilo de interpretación.



Ramon Novarro y Norma Shearer componen una pareja protagonista perfecta, muy atractiva, conmovedora, inolvidable, en El príncipe estudiante, film encantador sobre la inocencia y el destino, sobre la iniciación y el pronto acabamiento de un amor imposible.

La película destila romanticismo por todos los costados, un candor sin asomo de sensiblería, tampoco de sátira ni cinismo, aunque sus imágenes sí comuniquen con generosidad serena ironía y fino sentido del humor. Lubitsch, también en plena forma, recrea el espacio y el tiempo perdidos, envueltos en una ensoñadora atmósfera de nostalgia y añoranza (el viejo Heidelberg y la Alemania que dejó atrás, la alegría de los años estudiantiles, el optimismo de la juventud, el paraíso perdido, la predestinación). El viejo Heildelberg es el Innisfree de Ernst Lubitsch.


Será acaso este romanticismo puro y nada impúdico lo que haya decepcionado a no pocos devotos, estudiosos y admiradores de la obra de Lubitsch. Probablemente, echando de menos aquí también signos claros de la elegancia obscena y maliciosa (o malicia y obscenidad elegante) y la mordacidad que le hicieron célebre. He aquí la posible causa de que el film El príncipe estudiante apenas haya sido examinado ni siquiera referido como merece en las monografías y los estudios consagrados a la filmografía del cineasta berlinés, cuando no minusvalorado o simplemente desestimado sin contemplaciones. El mismo Lubitsch se mostró a su vez distante y esquivo a la hora de hablar de este film primoroso, quizá porque (lo mismo sucede con su pupilo más aventajado, Billy Wilder), detestaba/temía ser tomado por un blando y un sentimental…
 
Lubitsch y Novarro en un descanso del rodaje del film
En el reino de Karlsburg, todo está preparado para recibir al príncipe Karl Heinrich, sobrino del soberano, nombrado oficialmente heredero del trono. En la estación del ferrocarril, la multitud saluda gozosa los fastos y los actos festivos («Debe ser genial ser príncipe», declara la chiquillería allí presente). Del vagón real vemos descender, y luego recorrer la alfombra roja, al personaje de la ceremonia: un muchacho de poco más de diez años. La salva de bienvenida dispensada por la guardia de honor y le asusta, haciéndole retroceder a los brazos de su madre. Con gesto severo y firme, el rey reprende al infante y le hace ponerse en su sitio.

Comienza así la estricta y muy reglamentada formación del futuro príncipe. Confinado en el palacio real, su educación es confiada a un tutor particular, el entrañable Dr. Friedrich Jüttner (Jean Hersholt), custodiado por funcionarios del reino (y aun por el propio rey) y acompañado por una cohorte de sirvientes de avanzada edad que juegan a la pelota y entretienen al niño en sus horas de ocio. No se relaciona con niños de su edad, ni con niñas…, a quienes ve jugar y divertirse a distancia, en el otro lado del muro de palacio.


Llegado el momento, Karl Heinrich es enviado, junto al tutor (su único amigo, su cómplice y protector) a la universidad de Heidelberg. «¿Sabes lo que significa ir a Heidelberg?», le susurra el Dr. Jüttner al oído. Tras un momento de desconcierto, el rostro del joven se ilumina con una radiante expresión de gozo y agitación. Próximo al centro universitario (lo vemos sobre la cima de la montaña, cual castillo encantado), la carroza principesca se detiene en una posada, calificada por el mayordomo de «imposible» por modesta y rústica. 

Pero, de pronto, de su interior surge, la camarera del albergue, la hermosa, gentil y sin par Kathi (Norma Shearer), brillando como un amanecer en primavera, radiante como el nacimiento de Venus. La muchacha muestra las estancias al joven príncipe con gracilidad y suma gracia, demostrando la confortabilidad de la cama botando sin embarazo sobre el colchón, dejando al muchacho boquiabierto: «¡Cómo puede decirse que son “imposibles” unas habitaciones que he preparado y dispuesto yo misma!», afirma muy ufana. Pocas veces he visto en el cine una secuencia más admirable, bella y emotiva.




Al caer la tarde, la fonda es el centro de reunión de distintas hermandades de estudiantes. Allí beben cerveza y vitorean a la camarera, a la hermosa del lugar, la gentil Kathi. En pocas horas (ya ha perdido demasiado tiempo y el impacto del goce es efímero), Karl Heinrich conocerá lo que es la camaradería y el amor… El encuentro de fin de fiesta entre el príncipe y la cenicienta de Heidelberg en el prado compone otra de las secuencias más sublimes del film. Sobre un mar de flores agitadas por el viento y bajo un firmamento de luminarias, los amantes tocan el cielo. Cuando Kathi vuelve a la posada, Karl Heinrich mira hacia lo alto y ve pasar una estrella fugaz.


Esta lírica y pulcra escena de desfloramiento sobre un lecho de flores parece que no convenció a productor ni director, hasta el punto de volver a filmarse una vez terminada la película. A mi juicio, la escena no ha perdido su atractivo. Por lo demás, notables cineastas, de manera más o menos, explícita la han evocado/homenajeado en sus películas años después. David Lean, sin ir más lejos, la trasladó a Irlanda en la secuencia del primer abrazo amoroso entre Rosy (Sarah Miles) y el mayor Randolph Doryan (Christopher Jones) en La hija de Ryan (1970).

El rey enferma y el heredero es llamado a la corte. El destino del príncipe exige continuar el linaje y desposarse con princesa, no con plebeya. Lo que el amor unió, el deber separa. Karl Heinrich regresará una vez más al pasado, al viejo Heidelberg, ahogado en la melancolía y el desconsuelo, para despedirse de Kathi, de su inocencia y juventud. Ya todo ha cambiado.


El último plano permite Lubitsch permite poner el broche de oro a este largometraje de ensueño. Bodas reales en Karlburg. En carroza engalanada, el nuevo rey y la esposa prometida saludan al público («Debe ser genial ser rey», afirma un parroquiano), tras los esponsales. El director berlinés sólo muestra en el plano a un abatido y rígido Karl Heinrich, quedando la reina fuera de campo. Y es para el príncipe estudiante, hoy soberano, no existe y ni existirá otra mujer más que la gentil y sin par Kathi.






2 comentarios:

  1. Creo que vi esta película hace años, muchos quizás, pero tengo que recuperarla. Un día te dije que tenía pendiente mucho cine silente y que, poco a poco, me pondría a ello. Pues bien, hace poco vi alguna peli de la Greta Garbo "muda" y qué maravilla. Me gustó especialmente El demonio y la carne.

    Queda añadida El Príncipe Estudiante a la lista.

    Salucines

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    1. Pues, créeme si te digo, amigo deWitt, que también en mi caso el cine silente es una asignatura pendiente... Hay tantas películas de este mágico periodo por ver y disfrutar.

      Salucines

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