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lunes, 21 de septiembre de 2015

HABÍA UN PADRE (CHICHI ARIKI,1942)


Título original: Chichi ariki
Año: 1942
Duración: 94 minutos
Nacionalidad: Japón
Director: Yasujiro Ozu
Guión: Yasujiro Ozu, Tadao Ikeda, Takao Yanai
Música: Kyoichi Saiki
Fotografía: Yuuharu Atsuta
Reparto: Chishu Ryu, Shuji Sano, Shin Saburi, Takeshi Sakamoto, Mitsuko Mito, Masayoshi Otsuka, Shinichi Himori
Productora: Shochiku


A mi parecer, en la historia del Séptimo Arte, las principales cinematografías nacionales (si es que tal cosa existe) son la norteamericana, la japonesa y la italiana. Considerando el volumen y la importancia de la industria del medio, la cantidad y la calidad de cineastas y estrellas de la pantalla, así como las obras maestras que han producido, esta selecta triada no tiene parangón. Siempre desde mi particular punto de vista, no se me vayan a sublevar, caramba, quienes mantengan otro criterio…

Yasujiro Ozu no es sólo figura clave en el cine japonés, sino en el cine en su conjunto. Director de la serenidad y la emoción, virtuoso del encuadre y la planificación fílmica, Ozu cuenta con un buen número de obras sublimes. La más célebre y citada, con todo mérito y justicia, suele ser Cuentos de Tokio (1953). Menos conocida —al menos, para el espectador occidental— es Había un padre (1942), película que guarda múltiples paralelismos con aquélla, diríase que su imagen contrapuesta o la otra cara del asunto allí tratado: las relaciones afectivas y de dependencia entre padres e hijos como base de los sentimientos humanos y la estabilidad de la familia. Ciertamente, he aquí el tema  principal y recurrente en la filmografía de Ozu, si bien la transposición del conflicto narrado en los citados títulos no se conforma con ser latente, sino que se hace patente.


En Cuentos de Tokio, son los padres quienes buscan el contacto y afecto de los hijos, mientras que éstos los evitan. Los dos ancianos del film echan de menos a sus vástagos, viajan hasta la capital del Japón para compartir la vida con ellos, aunque no desean ser una molestia, sólo tenerles cerca. Los hijos han formado, sin embargo, sus propias familias y están siempre ocupados con sus cosas, entre cuyos planes no cuentan el padre y la madre. Aquel viaje supone para éstos la última oportunidad. El último viaje de su vida termina en largo viaje...

Había un padre plantea el caso inverso: el esmero, existencial y muy vital, del hijo, Ryohei (Shûji Sano) por estar con el padre, el señor Horikawa (Chishû Ryû, actor habitual de la “factoría Ozu”). Horikawa es viudo y profesor en una escuela secundaria de una ciudad de provincias. El hijo representa para él un alumno más; en casa, repasa con el muchacho las lecciones, le ayuda a hacer los “deberes”. El ir a pescar juntos constituye el único lazo, de hecho, que les mantiene unidos emocionalmente. En el río, cada cual lanza el sedal y el anzuelo por su cuenta, pero al mismo tiempo, con ritmo acompasado, en una soledad acompañada y silenciosa que, no obstante, les colma y conforta.

Durante una excursión escolar, uno de los pupilos del profesor Horikawa sufre un accidente. Montándose sin permiso en una barca, cae a un lago y muere ahogado. El maestro, no es capaz de superar la falta y la vergüenza que semejante tragedia representa. Lo cual le lleva a abandonar la profesión: no desea nunca más hacerse responsable de la vida de un infante. Tamaña resolución, como un reflejo conductual, acaso inconsciente o no pretendido, afecta de rebote al hijo, quien es internado en un colegio próximo a localidad donde viven. El padre, arguye, debe buscar un nuevo trabajo y no puede ocuparse del chaval. Ryohei no discute la decisión del progenitor, aunque le sume en un profundo dolor y desamparo. Poco después, la distancia entre ambos será mayor, al desplazarse Horikawa a Tokio donde, según dice, encontrará más posibilidades de empleo.


Pasan los años. Ryohei acaba los estudios universitarios y encuentra empleo… como profesor en otra ciudad de provincias. No se conforma, sin embargo, con seguir los pasos profesionales del padre. Le hace visitas con asiduidad. Incluso llega a plantearse mudarse a Tokio para vivir con el padre, iniciativa que a éste no parece entusiasmarle.

Durante una estancia del hijo en la casa paterna, antiguos alumnos, hombres casados, hechos y derechos, invitan al viejo profesor junto a otro colega jubilado a una celebración-homenaje. Ryohei queda solo en la vivienda esperando al padre hasta que vuelve, bastante bebido. Poco después, el señor Horikawa sufre un colapso que le lleva a separarse más lejos del hijo y definitivamente. Al ahora literalmente huérfano Ryohei siempre le quedará el recuerdo de las jornadas de pesca en el río, cuando, cada cual con su caña, compartían existencias próximas, acompasadas.



Conmovedor film el dirigido por Ozu. Inconfundible narrativa del cineasta nipón: mirada pausada y con los pies en el suelo; la cámara fijada en el suelo. Concisión y simplicidad: bastan tres escenas para contar al espectador el accidente que desencadena —o mejor dicho, “desata”— la trama; y una frase en el barracón de los excursionistas, cercano al lugar de la tragedia: “Esta noche llegan los padres de Yoshida (el muchacho fallecido)“. 

Supremacía de los planos fijos (con preferencia por el plano/contraplano), centrados en espacios interiores, que van encadenándose por medio de insertos de bellísimas imágenes de exterior, allí donde reina el vacío, el horizonte partido, donde transitan personajes, vistos en la distancia. Porque, para Ozu, lo importante en las películas  se oficia en los interiores, de edificios y personas, en el corazón de los personajes.



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