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lunes, 22 de junio de 2015

TIERRAS LEJANAS (THE FAR COUNTRY, 1955)


Título original: The Far Country
Año: 1955
Duración: 97 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Anthony Mann
Guión: Borden Chase
Música: Joseph Gershenson
Fotografía: William Daniels
Reparto: James Stewart, Ruth Roman, Corinne Calvet, Walter Brennan, John McIntire, Jay C. Flippen, Henry Morgan
Producción: Universal Pictures


James Stewart es, a mi parecer, uno de los mejores actores de la historia del cine. Junto a Spencer Tracy y Clark Gable, compone el trío de ases de la interpretación masculina que colma mi olimpo cinematográfico. Stewart, largirucho, un tanto patoso, cuerpo elástico como una caña de bambú, no tiene complexión ni físico de galán. Tampoco posee una anatomía de atleta. Ni una particular vis cómica. Lo contrario de un rostro trágico. Es, nada más y nada menos, un actor. 

Y acaso, ay, no haya actor tan versátil y camaleónico como Stewart; sea haciendo de Charles Lindbergh, de Glenn Miller, de Monty Stratton, sea encarnando que papel que le pongan por delante. En todo momento se muestra solvente, creíble y resuelto, no importa el género cinematográfico que acometa: comedia, musical, drama, aventuras…, western. Trabajó a las órdenes de los mejores directores de la historia: Lubitsch, Wilder, Hitchcock, Ford…, Mann.


Aunque no personifica el héroe del western (John Wayne) ni sea el hombre del Oeste (Gary Cooper), Jimmy Stewart protagonizó cinco de los más memorables títulos en el género. Justamente, dirigidos por Anthony Mann: Winchester- 73 (1950), Bend of the River (Horizontes lejanos, 1952), The Naked Spur (Colorado Jim, 1953), The Far Country (Tierras lejanas, 1955), The Man from Laramie (El hombre de Laramie, 1955). 

Como es conocido —y sabido—, Mann tuvo la gran habilidad de hacer aflorar del alma y el cuerpo del actor su faceta feroz, su lado salvaje. Una traza que hasta entonces mantenía oculta —o, al menos, menguada—, en beneficio del rol que le caracterizaba: un tipo simpático y pacífico, buena gente, un hombre afable y bondadoso, un ciudadano ejemplar (véase, en particular, la películas con Frank Capra).

 Aaron Rosenberg, James Stewart, Anthony Mann y William Daniels
La serie de westerns Mann- Stewart introduce un notable cambio en el arquetipo establecido. Una serie que podría dividirse en dos partes: las tres películas producidas por Aaron Rosemberg para la Universal: Winchester- 73 (1950) Horizontes lejanos (1952) Tierras lejanas (1955), con guión de Borden Chase; y los dos films restantes: Colorado Jim (1953. M. G. M.), con guión de Sam Rolfe y Harold Jack Bloom,  y El hombre de Laramie (1955. Columbia Pictures),  escrita por Philip Yordan y Frank Burt. 

No resulta a menudo fácil distinguirlas, debido, principalmente, a que comparten temáticas parejas y comunes escenarios (tierras altas, cumbres nevadas, caravanas, ríos caudalosos), actores de reparto, y, claro está, el patrón del personaje principal interpretado por Stewart: un hombre con pasado que ha renunciado al futuro (aunque lo encontrará); violento y aun feroz cuando se le provoca; un ser solitario y errabundo; huraño y hasta antipático; héroe a la fuerza; calmado (y con esfuerzo) sólo por quien de verdad le estima y confía en él (sea un amigo o escudero, sea la chica).


Es recomendable, por tanto, visionar una tras otra y con continuidad las cinco películas de la serie, o revisarlas, como he tenido el gusto de hacer yo, recientemente. El resultado es espectacular y muy gozoso para el buen aficionado al cine; especialmente, al western. He seleccionado en la presente entrada de Cinema Genovés, The Far Country (Tierras lejanas, 1955), por la sencilla razón de que se me antoja un título escrito con señalada maestría (espléndido trabajo de Borden Chase), en la que la transformación del personaje de Jeff Webster (James Stewart) resulta muy sobresaliente, en particular tras la muerte de su fiel compañero de fatigas (una especie de Pepito Grillo del héroe), interpretado por un inconmensurable Walter Brennan.



El itinerario que conduce la caravana hacia Alaska permite sacarle todo el esplendor a un paisaje maravilloso, teñido de sangre por los truhanes de turno. Resulta, asimismo, singularmente lograda la relación sentimental con la protagonista femenina (Ruth Roman), menos convencional y más sugerente de lo habitual, y que ofrece una de las mejores secuencias del film (de interiores, frente a lo que define el perfil del cine de Mann): a poco de embarcar en un paquebote fluvial, Webster, a quien los oficiales del navío le pisan los talones, es protegido y ocultado por una resuelta y hermosa mujer (la Roman, ciertamente espléndida) metiéndose ambos en la cama, él tapado por ella y sin quitarse las espuelas…



El crítico francés, André Bazin, declaró en cierta ocasión: «Dadle a [Anthony] Mann un paisaje, una montaña y un itinerario. Y ya tendremos una obra maestra». Le faltó añadir a dicha lista el nombre de James Stewart.
  



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