Hay películas que se mantienen en la
memoria por apenas una secuencia, la presencia de una cara atrayente o
perturbadora, por un paisaje exuberante, por una melodía que embelesa, por un
diálogo agudo… Me refiero a films no memorables en su conjunto, los cuales no
pueden calificarse necesariamente de productos de «mala calidad», «fallidos» o «mediocres»,
si bien han dejado en el espectador alguna
huella en el recuerdo; acaso tras este pequeño rastro al que aludo atisbamos
una demostración de genio/ingenio aislado en un marco general sin más
contemplaciones ni añoranzas.
Nos lleva esta introducción a la
película These Thousand Hills (Duelo en el barro, 1959), producción de
la 20th Century Fox dirigida por Richard Fleischer, la cual sé que tienen
bastantes admiradores, aunque, honesto es dejarlo claro, no me encuentro entre
ellos. En una entrada anterior del blog, expresé mi parecer acerca de la obra
cinematográfica del cineasta americano. Y debo recordar que este título no está
entre los que más me gustan, ni ajustado al periodo ni a la temática que acoté
entre mis preferencias, ni, claro está, tampoco a la vista de sus resultados en
la pantalla, o mejor, por la experiencia cinematográfica al visionarla de quien
escribe.
Como buscando una aguja en un pajar,
esta reflexión personal nos lleva, a su vez, a la secuencia de la cinta
ambientada en un establo, allí donde el protagonista Let Evans (Don Murray),
vaquero errante con aspiraciones de tener un rancho y progresar en la vida y en
el amor, tras su fracaso — una huída por miedo escénico o timidez, ni siquiera
un «gatillazo»— en la primera cita con Callie (Lee Remick; «chica de salón» en
un pequeño poblado de Montana y «novia» del malvado de la película, a saber,
Jehu/Richard Egan), toma unas copas y se refugia en la caballeriza. Allí
coincide con el encargado del local, gran borrachín, con quien mantiene una breve, pero muy
sabrosa, conversación, a la vez que altamente reveladora sobre el carácter de
personajes implicados en la trama.
El actor que interpreta al viejo borrachín ni siquiera está convenientemente acreditado en la ficha del film, tan corto
es su papel en él; aunque, ay, tan jugoso como ilustrador en la sabiduría de la
vida. Me atrevería a apuntar que, tras una frondosa y despeinada barba, se
oculta el rostro de Herb Vigran, uno de esos grandes (por prolíficos) actores de reparto (acreditados
o no por veleidades de la ficha técnica no por mérito artístico) que han hecho grande el Séptimo Arte.
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Borrachín en el establo: El grupo se va, ¿eh? (Let ha
dejado el trabajo de vaquero y domador de caballos en la cuadrilla con la que había
llegado al pueblo, por Callie, después de todo). Siempre, cuando el grupo me
dejaba, yo, yo... me sentí como una bebida.
Let Evans (Don Murray): ¡Ah!
Borrachín en el establo: Bebe con ganas, muchacho.
Bebe, chico. No eres un pájaro.
Let Evans: Sí, señor.
Borrachín en el establo: Esto cura las miserias. Cuando
tenía tu edad, eran en su mayoría las chicas. Ahora a mi edad, la mayoría de
las veces, no lo son.
Let Evans: Conoces a una chica en la ciudad por el
nombre de Callie?
Borrachín en el establo: ¡Claro! ¿Por qué?
Let Evans: ¿Es de alguien en particular?
Borrachín en el establo: No diría en particular, hijo...
¿De dónde eres?
Let Evans: Oregón.
Borrachín en el establo: ¿Cómo era?
Let Evans: ¿Qué?
Borrachín en el establo: Tu hogar.
Let Evans: No juegues a las cartas. No bailes. Y no
bebas.
Borrachín en el establo: Escucha, hijo... No es lo que haces lo que afecta a tu sueño, sino lo que echas de menos. Palabra de un viejo. Ahora mis nervios están calmados. Me echaré una siesta. Nos vemos, hijo.
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[Guion de Alfred
Haines, a partir de la novela These
Thousand Hills (1956), cuyo autor es A.B. Guthrie Jr.]
Pocas veces las
conversaciones, y, mucho más, las confesiones, encuentran mejor ocasión que en
encuentro entre desconocidos. En particular, cuando están acompañadas de una
bebida estimulante. Para ello, son propicios los bares (¡qué lugares!). También sirven para la ocasión el calor de un establo.
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