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lunes, 19 de marzo de 2012

LA MODERNIDAD ACABA CON LA HISTORIA DEL CINE



Carlos Losilla, La invención de la modernidad. O cómo acabar de una vez por todas con la historia del cine, Cátedra, Madrid, 2012, 248 páginas


 
La verdad por delante y el que avisa no es traidor. He aquí un ensayo cinematográfico que interesará básicamente a los aficionados preocupados por los problemas teóricos en el séptimo arte; y, aun digo más, familiarizados también con la filosofía. Sé de lo que hablo. 

Absténgase, pues, quienes se acerquen al cine por simple gusto, para pasar un buen rato, para entretenerse. Pierda toda esperanza de comprender una palabra de lo aquí contenido quien se atreva a asomarse a las puertas del infierno del cine pre-moderno, esto es, allí donde purga sus pecados lo que queda del cine clásico, el de toda la vida, el que nos ha hecho (y todavía nos hace) pasar tan buenos momentos, el que fue creado para que los sueños del espectador se hiciesen realidad.

Resulta que sobre este cine de barrio y doble sesión, de pipas antes que de palomitas, cine de películas de aventuras y acción, de grandes estudios y superproducciones, de seriales y series B, de estrellas e ilusiones, de magia y diversión, sobre este cine, digo, que algunos tildan de antañón, se cierne la sombra de la invención de la modernidad. Que, por lo visto, tiene licencia para matar al cine «antiguo», retirando las latas caducadas... De ahí el título del libro que hoy nos ocupa en Cinema Genovés; especialmente, el subtítulo: «o cómo acabar de una vez por todas con la historia del cine». 


Está escrito por Carlos Losilla (Barcelona, 1960), profesor de Teorías del Cine en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Autor de una notoria obra crítica, el presente ensayo puede entenderse como la continuación lógica de otros trabajos anteriores: La invención de Hollywood. O cómo olvidarse de una vez por todas del cine clásico (2003) y Flujos de la melancolía. De la historia al relato del cine (2011). Ciertamente, el paso dado ahora con el nuevo ensayo es consecuente y coherente, cosa muy de agradecer por lectores, espectadores y público en general. Para mayores sin reparos, podríamos decir. Porque es justo hacer notar una circunstancia extraordinaria: en esta ocasión, los críticos del cine clásico y la historia del cine se expresan con franqueza y sin subterfugios. Léase sino la siguiente declaración que sirve de presentación del libro:

«¿Es el cine moderno una evolución natural que procede del clasicismo? ¿O por el contrario se trata de una construcción, de una invención pactada entre críticos y cineastas, allá por las postrimerías de los años cincuenta, para dar continuidad a las formas del cine americano por otros caminos?» 


Hasta el momento no había sido reconocido el delito con tanta naturalidad y nitidez (me refiero al segundo interrogante; por retórica, el que conlleva la implícita respuesta afirmativa). Llamándonos «conspiranoicos» a quienes barruntábamos tal posibilidad. Carlos Losilla no tira la piedra (o no dispara a quemarropa sobre el pianista de Casablanca) y esconde la mano. Las cosas claras, pues. No se trata del «sí, pero no», igual me da Ana que sus hermanas, que me da igual. Aquí ha habido un deceso —la historia del cine—, aquí huele a muerto, y no puede añadirse a continuación, alegremente, a modo de disculpa, mirando para otra parte: «y yo no he sido…». Ni tampoco: «entre todos la mataron y ella sola se murió». O lo uno o lo otro.

El intríngulis del asunto —o tal vez el MacGuffin de la cosa— está en saber si estamos todos dispuestos a participar en la ceremonia de la confusión y ser parte activa en el crimen. Y, en consecuencia, como señala el autor del libro, «negar la historia del cine para dar paso al relato». Pero, ¿qué diferencia hay entre ambos conceptos?

«El relato hace que existan muchas historias, y, por tanto, destruye la historia, o por lo menos eso debería hacer: el relato, en manos del poder, corre el peligro de transformarse en historia oficial y, por lo tanto, convertir la subjetividad en (falsa) objetividad.» (pág. 12).

¿Alguna duda al respecto? ¿Que desean ustedes una versión de la cita doblaba al español y sin subtítulos? ¿Y en pocas palabras, además? He aquí: «la historia es el argumento y el relato es la trama.» (pág. 11).

¿Que sigue sin estar claro? Pues, amigos míos, entonces, lean el libro ustedes mismos. Y ya me contarán...


En mi doble condición de aficionado al cine y filósofo (les ruego me disculpen), me conmueve este discurso de defensa de la modernidad desde los presupuestos básicos de la posmodernidad, una invención y una moda que creía en retirada, demodé. Que si la muerte de Dios, que si la muerte del Hombre… Y ahora la muerte del Cine. Sin ir más lejos, aquella recusación de la historia (la muerte de la Historia), a favor del relato, hace décadas que no la escuchaba. Será porque ya no frecuento las universidades.

Con todo, no es cuestión de ponerse gallardo y, elevando la voz, responder al desafío: «Los muertos que vos matáis… gozan de buena salud». O bien: «A Dios pongo por testigo que nunca más volveré a pasar hambre… de cine». Pues esto sería un brindis por los viejos tiempos que no dejaría de ser un brindis al sol.

En verdad, el cine está muerto. A ver, ¿quién ha sido? La historia del cine ha muerto. ¡Viva el cine!


lunes, 12 de marzo de 2012

ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA (1984): EN BUSCA DEL CINE CLÁSICO PERDIDO


Con estas palabras arranca En busca del tiempo perdido de Marcel Proust: [«Longtemps, je me suis couché de bonne heure.»] «Durante mucho tiempo, me acosté temprano». 

La frase feliz ha conocido memorables reproducciones, que algunos espíritus desprendidos gustan denominar «homenajes»; no pocos pedantes, «intertextualidad»; los mal pensados, «plagios» y algunos filibusteros, «piratería». Pero, no he venido yo hoy aquí a hablarles de la novela de Proust.


En Cinema Genovés estamos convocados para hablar, principalmente, de películas. También, de series de televisión. Pues bien, es el caso que la celebérrima frase proustiana ha servido de inspiración a una de esas réplicas inolvidables que atesora la historia del celuloide. Y la verdad sea dicha, los guionistas para completar la línea tenían a la sazón una buena fuente de inspiración. El film al que me refiero lleva por título inglés Once upon a time in America; en italiano, C’era una volta in America; en la versión española, Érase una vez en América (1984) y está dirigido por el gran Sergio Leone, quien con esta obra logró hacer realidad el mayor de sus sueños fílmicos: llevar a la pantalla la novela The Hoods, del escritor Harry Grey.

Y la realidad es que Leone no deseaba hacer un film más de gángsteres. Su ambición, su profundo anhelo, era realizar un monumental tributo al cine más querido. Para lo cual se embarcó en un ambicioso proyecto… en busca del cine americano clásico. Para ser fiel a tal propósito, lo primero era ajustarse al canon de Hollywood: el cine de género. Podía haber rodado un western de grandes dimensiones y anchos horizontes. Pero no era cosa de repetirse: eso ya lo había hecho, largamente, durante su carrera. Escoge, pues, el género gángster



Un magnífica elección, con la que, en efecto, no hace una película más del género, sino que lo reinventa. Y no con ánimo deconstruccionista ni desmontando a Bogart o a Cagney ni cosas tan posmodernas. Un resultado magistral, al que, a mi juicio, en los últimos tiempos sería justo añadir otros títulos selectos: El Padrino (Godfather, 1972 – Francis Ford Coppola); Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990 – Martin Scorsese); Muerte entre las flores (Miller's Crossing, 1990 - Joel Coen & Ethan Coen).




A lo largo de 225 minutos de cine de primera calidad, el cineasta italiano construye un film-río sobre las tres etapas vitales (juventud, madurez y vejez) de dos amigos David «Noodles» Aaronson (Robert de Niro) y James Woods (Maximilian »Max» Bercowicz), unidos y enfrentados, todo a la vez, a lo largo de una existencia violenta, por el dinero, el poder y el placer. Historia de fidelidades y traiciones, de amores y odios, de iniciaciones y acabamientos, de añoranzas de un tiempo que se les pasado, como les ocurre a todos los individuos menos a los aburridos, casi sin darse cuenta. 



He aquí una obra magna que remite a la tragedia clásica de los antiguos griegos, incluso antes que al cine americano de los años 30 y 40 del siglo XX. Un trabajo brutal y descarnado, sin miramientos ni contemplaciones, aunque sin renunciar al lirismo más conmovedor. Una ópera de timbres agudos y acentos graves que, gracias a la prodigiosa banda sonora creada por Ennio Morricone, sin dudarlo podría emparentarse con La fanciulla del West de Giacomo Puccini.

En una de las más hermosas secuencias del film, «Noodles» vuelve a casa, a la escena del crimen. Ha estado treinta y cinco años fuera de la circulación, pero este Ulises con gabán y sombrero, de pasado poco heroico, no tiene una Penélope ni un Telémaco que le esperen. Vuelve al bar, antiguo centro de reuniones, todavía regentado por otro viejo colega, Moe »Fats» Gelly (Larry Rapp), en cuya trastienda quedó antaño prendado por la inocencia y la belleza de Deborah (Jennifer Connelly), delgada hermana del gordo, cara de ángel, púber primorosa, que bailaba sola al son de la Amapola. 




Los viejos compinches se reconocen pronto. Apenas hablan entre sí. Algunas escuetas preguntas, frases breves, de rigor, de calibre corto. «Noodles» necesita pasar allí la noche y tal vez dormir unas horas. Mañana será otro día. Una vez instalado el recién llegado desde el interior de la noche, «Fats» se retira. De pronto, vacila y se vuelve hacia el antiguo camarada de trajines y metralletas. Tiene que despejar una duda. He aquí el sucinto diálogo:

«Fats».- ¿Qué has estado haciendo todos estos años?
«Noodles».- Acostarme temprano

En italiano:

«Fats».- Che hai fatto in tutti questi anni, Noodles?
«Noodles».- Sono andato a letto presto...

Y en inglés:


Así empieza En busca del tiempo perdido. Y justamente aquí lo dejamos por hoy. 

lunes, 5 de marzo de 2012

LA DAMA DE HIERRO (2011)




Título original: The Iron Lady
Año: 2011
Duración: 105 min.
Nacionalidad: Reino Unido
Directora: Phyllida Lloyd
Guión: Abi Morgan
Música: Clint Mansell, Thomas Newman
Fotografía: Elliot Davis
Reparto: Meryl Streep, Jim Broadbent, Anthony Head, Richard E. Grant, Roger Allam, Olivia Colman, Nicholas Farrell, Alexandra Roach, Harry Lloyd
Producción: Pathe / Film4

Los seguidores y amigos de Cinema Genovés estarán un tanto sorprendidos por la atención que últimamente prestamos en este espacio a estrenos y films producidos en estos últimos años. No teman. Nuestro corazón sigue pintado en blanco y negro, nuestra boca sellada como una película muda. No hay aggiornamiento ni reconversión ni ajustes en la programación ni cambio de dirección que valgan. La ceremonia de los Oscar de la Academia de Hollywood, además de los Festivales de cine de todo género, nos siguen interesando poco. El cine experimental y el vanguardismo, menos todavía. Continuamos, pues, siendo respetuosos con nuestros principios fundacionales, siempre atentos a los films valiosos, vengan de donde vengan, y cuando vengan. Ah, pero cuando el presente nos trae buenas nuevas, ¡sean bienvenidas! ¡Celebrémoslo!


A propósito de good news y de principios, nos ocupamos hoy de La dama de hierro (2011), un film muy estimable, una historia acerca de una mujer poderosa, con carácter y con principios: Margaret Thatcher. Un film que merece ser visionado sin reservas. Producción británica, la película compone un sólido y muy solvente biopic sobre la persona —y el personaje— que llegó a ser primera ministra del Gobierno británico desde 1979 a 1990. El género ha dado en el Reino Unido de los últimos tiempos otro título cuyo cotejo con el ya citado no es ocioso ni gratuito: The Queen (La reina, 2006), film dirigido por Stephen Frears y protagonizado por Helen Mirren. En ambos casos, nos hallamos ante dos trabajos muy bien escritos y realizados, serios y muy respetuosos con la figura de referencia.

Lejos de caer en la innecesaria hagiografía, The Iron Lady sortea felizmente también el libelo y la inelegante afrenta, según los casos y las simpatías de cada cual. Controvertible (y sospechosa) actitud sí lo es el realizar apologías cinematográficas del terrorismo y la violencia, de sátrapas y dictadores, jueces fuera de la ley, asesinos en serie o canallas de toda laya. Pero, en esta ocasión, estamos ante una cinta que narra (parte de) la biografía personal y política de una estadista que ha escrito algunas páginas trascendentales de unos de los países que más pueden presumir, a lo largo de su historia, de democracia y respeto por la libertad. La prevención, el recelo o el forzado escrúpulo estarían en este caso fuera de lugar.


Esto es así, particularmente, porque el film ha tenido el buen criterio de primar la faceta humana del personaje sobre la institucional (virtud que comparte con la mencionada The Queen). Sobran, por tanto, comentarios en el sentido de si le sobra o falta a la historia guión algún capítulo determinado de la biografía de la señora Thatcher, o si incide lo suficiente en aspectos cruciales de la misma: las medidas que tomó sobre política económica, el pulso que mantuvo con las Trade Unions,  la Guerra de las Malvinas, la importante contribución que tuvo en la caída del Telón de Acero y el comunismo o la reforma de las tasas locales. Algunos la odiarán por esto; otros, le estarán muy agradecidos. El film apunta, con todo, al corazón de la mujer Thacher, a la esposa y a la madre, más que a la cabeza de la prime minister.


Como no hay moneda sin dos caras, resulta imposible obviar alguna de ellas. Es de agradecer, entonces, la evitación del énfasis y el subrayado. Bastan algunos pequeños detalles para mostrar, por ejemplo, las profundas inquietudes de Mrs. Thatcher. Anciana, con síntomas de demencia senil y Alzheimer, repara en unas imágenes de un reciente atentado terrorista que pasan por la televisión: nunca hay que ceder ni pactar con los terroristas, afirma a media voz. Ella misma, junto a su marido, fue víctima de un ataque terrorista del IRA perpetrado en el hotel de Brighton donde se celebrada una convención del Partido Conservador británico en 1984.

En la primera escena del film (espléndida) la vemos yendo a comprar una botella de leche a la tienda. En su degenerativa senectud, le transmite a su hija la consternación que siente por lo cara que está la vida... La lucha contra el terror y los regímenes dictatoriales, así como la preocupación por la economía son constantes en la vida de una veterana de la política que proviene de la clase media trabajadora. Hija de un comerciante, trabaja de joven con su padre, siendo blanco de la burla de algunas de sus vecinas y compañeras de clase por dedicarse a tan baja tarea.


Cursa estudios universitarios en Oxford y entra poco a poco en la política. Una ocupación dominada por varones, quienes asimismo le hacen mofas por su condición. Muy medidos planos cenitales (que hacen resaltar el sombrero femenino de la protagonista  en un mar de sombreros masculinos de fieltro) o travellings a ras del suelo que hacen ver unos zapatos de tacón en un océano de zapatos con cordones son suficientes para poner al espectador en situación. Película dirigida por una mujer, Phyllida Lloyd, sobre la vida de una mujer ambiciosa, que advierte a su pretendiente (después marido) que ella no es mujer que aspira a vivir encerrada en la cocina, que es activa y hace carrera en un mundo de hombres poderosos, sorprende mucho que las feministas no hayan alabado el mensaje del film y el compromiso de la protagonista.


Dirigente político apartada del poder, no por voto popular, sino por las intrigas de los dirigentes de su propio partido (el conservador) que aprecian que va demasiado lejos, que se rige más por principios que por el pragmatismo y el pactismo; líder político que renuncia voluntariamente a la poltrona y dimite del cargo (algo que no hizo ni Winston Churchill, personalidad política británica con la que Mrs. Thatcher mantiene bastantes similitudes), asombra no escuchar loas ni alabanzas hacia su persona por quienes tienen la sana costumbre de denunciar la corrupción política y el apetito de poder.

Película producida en el Reino Unido, ¡qué pocos amantes del cine europeo la han ensalzado! ¿Será porque consideran que ese país no es exactamente Europa? ¿O qué será, será...?

¿Pero, oiga, que se acaba el post y no ha dicho nada sobre la interpretación de Meryl Streep en La dama de hierro, merecedora de un Oscar a la Mejor Actriz Principal? Meryl Streep interpretando a Margaret Thacher en The Iron Lady... Que debo ir acabando… Está bien, lo diré en pocas palabras. Con el permiso de Lilian Gish, Joan Crawford, Claudette Colbert, Bette Davis y Barbara Stanwyck —junto a otras damas del celuloide— con ustedes, una de las mejores actrices de todos los tiempos...