«Si uno es sabio, no discute con los críticos»
Anna Neagle, There's Always Tomorrow: An Autobiography
(1974)
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En la historia del cine, las relaciones entre el
público/la taquilla y la crítica del ramo han sido siempre, cuando menos,
conflictivas y aun enfrentadas. De esta rivalidad y este desencuentro
surgieron, en buena medida, las etiquetas de «cine comercial» versus «cine intelectual», cine como forma de
entretenimiento y de variedades versus
de combate o de trinchera, cine «popular» y cine de
«arte y ensayo», etcétera. La Crítica Oficial suele desechar in toto las películas «para todos los
públicos», películas para distraerse (distraer los problemas y congojas de la vida
cotidiana, para reír con las comedias o llorar con los dramas) y vivir así el
espectador otras vidas y en otros mundos, producto de la ficción y la fantasía,
allí donde brillan las estrellas, divinidades fílmicas encarnadas por actores y
actrices, reinando en la pantalla luminosa de las salas de cine y hoy en la
del televisor.
Frente a esta perspectiva y mirada del asunto, levanta
orgullosa la cerviz la agrupación
cinéfila y elitista que quiere ver en el cine algo más que puro cine, algo
así como educacional o ideológico, que llama a la conciencia y a la
preocupación por la «realidad social», y es el alimento, físico y psíquico, de
los festivales de cine, los cine-clubs (ateneos cinematográficos), las tertulias
de «expertos» o, en suma, de la crítica de cine, es decir, de la casta de los críticos. La forja de la casta experta de la crítica cinematográfica surgió
como derivación o ramificación arbórea con timbre académico (emergen
paralelamente a las Facultades de Periodismo y Escuelas de Cine), de la reseña,
la gacetilla y la columna de cotilleo (gossip columnists, donde reinaban Hedda Hopper y
Louella Parsons en los años dorados de Hollywood), las cuales tradicionalmente
tenían reservadas secciones de espectáculos en los periódicos.
Hay muchos casos que ilustran esta lucha de contrarios, pero ahora deseo
fijar la atención en una página, unas veces ocultada por los media y otras, desdibujada en la
historia del cine, del británico muy en particular, a saber: la pareja/el
equipo formado por el director y productor, Herbert Wilcox (1890-1977) y la
bailarina, cantante y actriz, Anna Neagle (1904-1986). Un tándem muy popular en
el Reino Unido durante varias décadas, desde principios de los años treinta a
finales de los cincuenta en el siglo XX. La
relación entre Herbert Wilcox y Anna Neagle fue muy estrecha, tanto en el
aspecto profesional como personal, lo que incluyó el matrimonio que les unió durante
más de treinta años, y que sólo el fallecimiento del productor/director lo
truncó. Tan estrecha que sus biografías y filmografías prácticamente se
solapan; Neagle, hizo algunas pocas películas antes de ser «descubierta» en los
escenarios del West End londinense
por Wilcox, y, posteriormente, tras la muerte de su marido y mentor, hizo
varias colaboraciones en producciones, sobre todo televisivas y de la escena;
hasta ese punto llegó su mutua fidelidad. En 1959, protagoniza su última
película; afortunadamente, añadiría sin malicia. En tal fecha, estamos ya a las
puertas del suicidio del cine como Séptimo Arte, de su decadencia, de la cual
no es inmune su propia filmografía: Lilacs
in the Spring (1955) representa su despedida efectiva de una larga obra
cinematográfica, si acaso uno de sus mejores títulos, que la crítica, como no
podía ser de otro modo, machacó.
Y he aquí acaso el quid
de la cuestión, entre otros motivos: el porqué su notable trabajo en común, una
página de gran valor a la hora de ofrecer un fresco amplio de la Britania de la
primera mitad del siglo XX, hoy apenas es conocido en casa propia (desconocido,
en general, en el resto del mundo), editado sólo muy parcialmente en medios de
reproducción, sea DVD o BluRay, buena parte relegado a archivos (Limelight, de 1936, sería su
caso más sangrante), y apenas
comentado y no digo «estudiado», en las historias y enciclopedias de cine, con alguna
meritoria salvedad. No existen, que yo sepa, monografías dedicadas
expresamente a la obra de Wilcox/Neagle juntos o por separado, aunque sí una
recomendable autobiografía
de Anna Neagle.
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Anna Neagle y
Herbert Wilcox en el set de rodaje de The
Queen's Affair (1934)
Con todo y sin embargo, catorce años mayor que Neagle,
anteriormente a su triunfante encuentro
artístico en 1932 (Good
Night, Vienna), Herbert Wilcox realizó desde 1923 (Chu-Chin-Chow fue su primera película como director) casi dos decenas de
films. Asimismo, alternando con el trabajo conjunto entre ambos, dirigió varias
películas en coproducción con firmas norteamericanas, que contaron con la
participación de actores y actrices célebres: Orson Welles, Dean Jagger, Rex
Harrison, Michael Wilding y Margaret Lockwood. Se le considera, asimismo, como
introductor de estrellas de la escena y la pantalla, como Charles Laughton (con quién hizo Wolves en 1930), Sybil Thorndyke o Herbert Marshall, además, por supuesto, de Anna
Neagle (en alguna ocasión, afirmó que su mejor obra de cine fue descubrir y
trabajar con Anna Neagle).
Valorando el conjunto de su obra, Herbert Wilcox fue
mejor productor que director. De hecho, se apoyaba en los rodajes en asistentes
a la dirección y en la confianza con directores de fotografía (Max Greene, en
lo posible) a la hora de filmar las escenas. Nadie espere en Wilcox virtuosismos
ni experimentos con la cámara, ni emoción y poesía en las imágenes que filma;
no es Michael Powell ni Carol Reed. Tampoco aportaciones creativas al cine; de
hecho, bastantes de los films que produjo están en la estela de trabajos
previos de otros cineastas (por ejemplo, el film/fresco histórico épico Cavalcade, de 1933,
dirigida por Frank Lloyd a partir de una obra de Noël Coward). Y es,
justamente, en este género donde sus trabajos brillan más: el realizar retratos
y recreaciones históricas de la historia del Reino Unido, la ciudad de Londres,
en primer lugar, y múltiples facetas del mundo del espectáculo (el teatro, las varietés, etcétera), semblanzas de
relevantes episodios y personalidades de su pasado y presente, así como de la
gente común (ordinary people), las
costumbres, las tradiciones, los valores más enraizados entre la poblaciones
(el amor, la amistad, la camaradería, la lealtad, la fe, el patriotismo, el legado
del paso del tiempo, etcétera), las grandes gestas y los pequeños gestos de sus
gentes, los lazos de unión con sus primos
los estadounidenses, etcétera. En suma, en Wilcox observa más oficio y buena
voluntad que talento y creatividad.
En las tareas de productor demostró arrojo y espíritu
emprendedor. Como tal, se enriquecía y arruinaba según las circunstancias. Sus
películas, lejos de ser etiquetas de serie B, son, por lo general, sólidas producciones,
en las que no escatimaba medios ni recursos para ser un productor y
distribuidor independiente (si bien, también funda además asociaciones, en los
comienzos con su con su hermano Charles o el exhibidor de Newcastle, Graham, y
más tarde con productoras europeas y americanas, así como con su esposa Anna
Neagle); tanto es así, que en alguno sus films más exitosos, los beneficios no
compensaron los gastos (verbigracia, Maytime
in Mayfair, de 1949).
Todo esto ya sería suficiente para reconocer la
relevancia de Herbert Wilcox en el cine británico, en particular, y en la
historia del cine, en conjunto. Además de haber aupado al cielo estrellado
del cine a Anna Neagle, sin cuyo apoyo y colaboración probablemente no hubiera
superado el estatuto de chorus girl
y/o actriz de reparto.
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Anna Neagle es, sin reservas, considerada como una de las
estrellas más populares de las Islas Británicas, así como del mundo del
espectáculo en todo el mundo, ya que su actividad artística no se limitó a la
cinematografía, la parte más valiosa del tándem Wilcox/Neagle. De hecho, es constatable que «Las
encuestas anuales realizadas por Motion
Picture Herald entre los exhibidores británicos siempre han catalogado a
Neagle como una de las principales estrellas de taquilla en su país de origen.»
Fuente: The Mercury, sáb 12 feb 1938, page 5; Most Popular Stars of 1937
Un célebre retrato
de Neagle realizado en 1940 por McClelland Barclay está colgado en la National Gallery de Londres, el cual fue
encargado para el rodaje del film No,
No, Nanette (1940. Dir. Herbert Wilcox), con la actriz de
protagonista.
Por otra parte, fue nombrada Commander of the Order of
the British Empire [Comendadora de la Orden
del Imperio Británico (CBE)], en los Honores de Año Nuevo de
1952 y, por sus contribuciones al teatro, Dame Commander of the Order
of the British Empire [Dama Comendadora de la
Orden del Imperio Británico (DBE)], en los Honores del Cumpleaños de 1969.
La carrera artística de Neagle como bailarina y
cantante es admirable (véase, allmusic.com). En su calidad de actriz, recorrió
muchos géneros y registros (biopic,
comedia, drama, etcétera), y casi siempre encontraba una ocasión (o Wilcox la
encontraba) para incluir en sus films, no importa la temática, algún número
musical. Comenzó como chorus girl
desde que debutó en el escenario en 1917 hasta participar en series de
televisión en 1983. En 1985, ya enferma de Parkinson y un
año antes de su fallecimiento, interpretó a la Hada
Madrina en una recreación de Cenicienta
en el escenario del London Palladium.
Anna Neagle, estrella del espectáculo, es una mujer
simpática y atractiva, aunque no es una belleza. Quizás un poco baja de
estatura (1,65 metros) para esas lides (sus partenaires masculinos suelen
llevarle varias cabezas), tenía, en cambio, una hermosa morfología corporal y
una forma de moverse encantadora, características que mantuvo hasta pasados los
sesenta años de edad, con los que todavía salía a escena sin complejos, para
delicias de sus fans. En el film London Melody (1937; minutero: 00:51:26),
Marius, el personaje que interpreta Tullio
Carminati, dice a su acompañante femenina sobre
Jacqueline (Anna Neagle), cuando la ven cantar y bailar en un night-club: «She's not very good-looking, but quite a good artist,
isn't she?» («No es muy guapa, pero es una gran artista, ¿no es
así?»). Descripción que pudo ser intencional, lo cual sería muy indicativo de
su personalidad. En cualquier caso, juzgue el
lector mismo.
Sea como fuere, Anna Neagle fue toda una mujer. Mujer
preocupada, artísticamente hablando, por reconocer el papel de las mujeres en
la sociedad y la historia, más allá de convencionalismos y rigideces. Remarco
en este punto un rasgo presente en toda su filmografía, si bien, de modo
explícito, protagonizó bastantes películas, muy valiosas en todos los sentidos,
en las que la protagonista adquiere status
de grandeza y/o heroicidad, con caracteres épicos, a saber: Victoria the Great (1937) y
Sixty Glorious Days (1938), como Reina
Victoria; Nurse Edith Cavell (1939);
They Flew Alone (1942), biopic sobre la pionera aviadora
británica Amy Johnson; el menos logrado de la serie: una postal en una galería de retratos; Odette (1950), historia basada en la espía británica, Odette Sansom Hallowes, quien trabajó conjuntamente con la
Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial; The Lady with a Lamp (1952); biopic sobre Florence
Nightingale, cuyo
estreno tuvo lugar el 22 de septiembre de 1951 en el Warner
Theatre de Leicester Square, en Londres.
«Sin embargo, a pesar de toda su fama y éxito, la
actriz nunca obtuvo el reconocimiento de la crítica, que a menudo cuestionaba
la profundidad de su talento. Fue el público, y solo él, quien acogió la imagen
de Neagle como la chica de al lado e impulsó su perdurable carrera.»
Barbara Morgan en Encyclopedia.com
La excepción que confirma la regla (reconfortante
sería hallar más excepciones) de este grosero menosprecio sería el libro British Women's Cinema
(Routledge, 2010), editado por Melanie Bell y Melanie Williams.
Complemento del mismo, es la reseña que se
escribió al respecto, y que lleva el significativo título de «20
millones de personas no pueden estar equivocadas: Anna Neagle y el estrellato
popular británico». Para más señas, en la imagen de la portada del libro
aparecen Michael Wilding y Anna Neagle en una secuencia de la película Spring
in Park Lane (1948. Dir. Herbert Wilcox).
No encontrará, en fin, el lector interesado ninguna
monografía sobre Herbert Wilcox ni sobre esta artista total que es Anna Neagle.
Con todo, es muy recomendable la lectura de su
autobiografía, publicada en 1974.




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