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domingo, 1 de noviembre de 2026

HERBERT WILCOX Y ANNA NEAGLE: PÚBLICO VERSUS CRÍTICA

 



«Si uno es sabio, no discute con los críticos»

Anna Neagle, There's Always Tomorrow: An Autobiography (1974)

 

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En la historia del cine, las relaciones entre el público/la taquilla y la crítica del ramo han sido siempre, cuando menos, conflictivas y aun enfrentadas. De esta rivalidad y este desencuentro surgieron, en buena medida, las etiquetas de «cine comercial» versus «cine intelectual», cine como forma de entretenimiento y de variedades versus de combate o de trinchera, cine «popular» y cine de «arte y ensayo», etcétera. La Crítica Oficial suele desechar in toto las películas «para todos los públicos», películas para distraerse (distraer los problemas y congojas de la vida cotidiana, para reír con las comedias o llorar con los dramas) y vivir así el espectador otras vidas y en otros mundos, producto de la ficción y la fantasía, allí donde brillan las estrellas, divinidades fílmicas encarnadas por actores y actrices, reinando en la pantalla luminosa de las salas de cine y hoy en la del televisor.

Frente a esta perspectiva y mirada del asunto, levanta orgullosa la cerviz la agrupación cinéfila y elitista que quiere ver en el cine algo más que puro cine, algo así como educacional o ideológico, que llama a la conciencia y a la preocupación por la «realidad social», y es el alimento, físico y psíquico, de los festivales de cine, los cine-clubs (ateneos cinematográficos), las tertulias de «expertos» o, en suma, de la crítica de cine, es decir, de la casta de los críticos. La forja de la casta experta de la crítica cinematográfica surgió como derivación o ramificación arbórea con timbre académico (emergen paralelamente a las Facultades de Periodismo y Escuelas de Cine), de la reseña, la gacetilla y la columna de cotilleo (gossip columnists, donde reinaban Hedda Hopper y Louella Parsons en los años dorados de Hollywood), las cuales tradicionalmente tenían reservadas secciones de espectáculos en los periódicos. 

Hay muchos casos que ilustran esta lucha de contrarios, pero ahora deseo fijar la atención en una página, unas veces ocultada por los media y otras, desdibujada en la historia del cine, del británico muy en particular, a saber: la pareja/el equipo formado por el director y productor, Herbert Wilcox (1890-1977) y la bailarina, cantante y actriz, Anna Neagle (1904-1986). Un tándem muy popular en el Reino Unido durante varias décadas, desde principios de los años treinta a finales de los cincuenta en el siglo XX. La relación entre Herbert Wilcox y Anna Neagle fue muy estrecha, tanto en el aspecto profesional como personal, lo que incluyó el matrimonio que les unió durante más de treinta años, y que sólo el fallecimiento del productor/director lo truncó. Tan estrecha que sus biografías y filmografías prácticamente se solapan; Neagle, hizo algunas pocas películas antes de ser «descubierta» en los escenarios del West End londinense por Wilcox, y, posteriormente, tras la muerte de su marido y mentor, hizo varias colaboraciones en producciones, sobre todo televisivas y de la escena; hasta ese punto llegó su mutua fidelidad. En 1959, protagoniza su última película; afortunadamente, añadiría sin malicia. En tal fecha, estamos ya a las puertas del suicidio del cine como Séptimo Arte, de su decadencia, de la cual no es inmune su propia filmografía: Lilacs in the Spring (1955) representa su despedida efectiva de una larga obra cinematográfica, si acaso uno de sus mejores títulos, que la crítica, como no podía ser de otro modo, machacó.

Y he aquí acaso el quid de la cuestión, entre otros motivos: el porqué su notable trabajo en común, una página de gran valor a la hora de ofrecer un fresco amplio de la Britania de la primera mitad del siglo XX, hoy apenas es conocido en casa propia (desconocido, en general, en el resto del mundo), editado sólo muy parcialmente en medios de reproducción, sea DVD o BluRay, buena parte relegado a archivos (Limelight, de 1936, sería su caso más sangrante), y apenas comentado y no digo «estudiado», en las historias y enciclopedias de cine, con alguna meritoria salvedad. No existen, que yo sepa, monografías dedicadas expresamente a la obra de Wilcox/Neagle juntos o por separado, aunque sí una recomendable autobiografía de Anna Neagle.

 

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Anna Neagle y Herbert Wilcox en el set de rodaje de The Queen's Affair (1934)

 

Con todo y sin embargo, catorce años mayor que Neagle,  anteriormente a su triunfante encuentro artístico en 1932 (Good Night, Vienna), Herbert Wilcox realizó desde 1923 (Chu-Chin-Chow fue su primera película como director) casi dos decenas de films. Asimismo, alternando con el trabajo conjunto entre ambos, dirigió varias películas en coproducción con firmas norteamericanas, que contaron con la participación de actores y actrices célebres: Orson Welles, Dean Jagger, Rex Harrison, Michael Wilding y Margaret Lockwood. Se le considera, asimismo, como introductor de estrellas de la escena y la pantalla, como Charles Laughton (con quién hizo Wolves en 1930), Sybil Thorndyke o Herbert Marshall, además, por supuesto, de Anna Neagle (en alguna ocasión, afirmó que su mejor obra de cine fue descubrir y trabajar con Anna Neagle).  

Valorando el conjunto de su obra, Herbert Wilcox fue mejor productor que director. De hecho, se apoyaba en los rodajes en asistentes a la dirección y en la confianza con directores de fotografía (Max Greene, en lo posible) a la hora de filmar las escenas. Nadie espere en Wilcox virtuosismos ni experimentos con la cámara, ni emoción y poesía en las imágenes que filma; no es Michael Powell ni Carol Reed. Tampoco aportaciones creativas al cine; de hecho, bastantes de los films que produjo están en la estela de trabajos previos de otros cineastas (por ejemplo, el film/fresco histórico épico Cavalcade, de 1933, dirigida por Frank Lloyd a partir de una obra de Noël Coward). Y es, justamente, en este género donde sus trabajos brillan más: el realizar retratos y recreaciones históricas de la historia del Reino Unido, la ciudad de Londres, en primer lugar, y múltiples facetas del mundo del espectáculo (el teatro, las varietés, etcétera), semblanzas de relevantes episodios y personalidades de su pasado y presente, así como de la gente común (ordinary people), las costumbres, las tradiciones, los valores más enraizados entre la poblaciones (el amor, la amistad, la camaradería, la lealtad, la fe, el patriotismo, el legado del paso del tiempo, etcétera), las grandes gestas y los pequeños gestos de sus gentes, los lazos de unión con sus primos los estadounidenses, etcétera. En suma, en Wilcox observa más oficio y buena voluntad que talento y creatividad.

En las tareas de productor demostró arrojo y espíritu emprendedor. Como tal, se enriquecía y arruinaba según las circunstancias. Sus películas, lejos de ser etiquetas de serie B, son, por lo general, sólidas producciones, en las que no escatimaba medios ni recursos para ser un productor y distribuidor independiente (si bien, también funda además asociaciones, en los comienzos con su con su hermano Charles o el exhibidor de Newcastle, Graham, y más tarde con productoras europeas y americanas, así como con su esposa Anna Neagle); tanto es así, que en alguno sus films más exitosos, los beneficios no compensaron los gastos (verbigracia, Maytime in Mayfair, de 1949).

Todo esto ya sería suficiente para reconocer la relevancia de Herbert Wilcox en el cine británico, en particular, y en la historia del cine, en conjunto. Además de haber aupado al cielo estrellado del cine a Anna Neagle, sin cuyo apoyo y colaboración probablemente no hubiera superado el estatuto de chorus girl y/o actriz de reparto.

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Anna Neagle es, sin reservas, considerada como una de las estrellas más populares de las Islas Británicas, así como del mundo del espectáculo en todo el mundo, ya que su actividad artística no se limitó a la cinematografía, la parte más valiosa del tándem Wilcox/Neagle. De hecho, es constatable que «Las encuestas anuales realizadas por Motion Picture Herald entre los exhibidores británicos siempre han catalogado a Neagle como una de las principales estrellas de taquilla en su país de origen.»

 


Fuente: The Mercury, sáb 12 feb 1938, page 5; Most Popular Stars of 1937

Un célebre retrato de Neagle realizado en 1940 por McClelland Barclay está colgado en la National Gallery de Londres, el cual fue encargado para el rodaje del film No, No, Nanette (1940. Dir. Herbert Wilcox), con la actriz de protagonista. 

Por otra parte, fue nombrada Commander of the Order of the British Empire [Comendadora de la Orden del Imperio Británico (CBE)], en los Honores de Año Nuevo de 1952 y, por sus contribuciones al teatro,  Dame Commander of the Order of the British Empire [Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico (DBE)], en los Honores del Cumpleaños de 1969.

La carrera artística de Neagle como bailarina y cantante es admirable (véase, allmusic.com). En su calidad de actriz, recorrió muchos géneros y registros (biopic, comedia, drama, etcétera), y casi siempre encontraba una ocasión (o Wilcox la encontraba) para incluir en sus films, no importa la temática, algún número musical. Comenzó como chorus girl desde que debutó en el escenario en 1917 hasta participar en series de televisión en 1983. En 1985, ya enferma de Parkinson y un año antes de su fallecimiento, interpretó a la Hada Madrina en una recreación de Cenicienta en el escenario del London Palladium.

Anna Neagle, estrella del espectáculo, es una mujer simpática y atractiva, aunque no es una belleza. Quizás un poco baja de estatura (1,65 metros) para esas lides (sus partenaires masculinos suelen llevarle varias cabezas), tenía, en cambio, una hermosa morfología corporal y una forma de moverse encantadora, características que mantuvo hasta pasados los sesenta años de edad, con los que todavía salía a escena sin complejos, para delicias de sus fans. En el film London Melody (1937; minutero: 00:51:26), Marius, el personaje que interpreta Tullio Carminati, dice a su acompañante femenina sobre Jacqueline (Anna Neagle), cuando la ven cantar y bailar en un night-club: «She's not very good-looking, but quite a good artist, isn't she?» («No es muy guapa, pero es una gran artista, ¿no es así?»). Descripción que pudo ser intencional, lo cual sería muy indicativo de su personalidad. En cualquier caso, juzgue el lector mismo.



Sea como fuere, Anna Neagle fue toda una mujer. Mujer preocupada, artísticamente hablando, por reconocer el papel de las mujeres en la sociedad y la historia, más allá de convencionalismos y rigideces. Remarco en este punto un rasgo presente en toda su filmografía, si bien, de modo explícito, protagonizó bastantes películas, muy valiosas en todos los sentidos, en las que la protagonista adquiere status de grandeza y/o heroicidad, con caracteres épicos, a saber: Victoria the Great (1937) y Sixty Glorious Days (1938), como Reina Victoria; Nurse Edith Cavell (1939); They Flew Alone (1942), biopic sobre la pionera aviadora británica Amy Johnson; el menos logrado de la serie: una postal en una galería de retratos; Odette (1950), historia basada en la espía británica, Odette Sansom Hallowes, quien trabajó conjuntamente con la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial; The Lady with a Lamp (1952); biopic sobre Florence Nightingale, cuyo estreno tuvo lugar el 22 de septiembre de 1951 en el Warner Theatre de Leicester Square, en Londres.

 

«Sin embargo, a pesar de toda su fama y éxito, la actriz nunca obtuvo el reconocimiento de la crítica, que a menudo cuestionaba la profundidad de su talento. Fue el público, y solo él, quien acogió la imagen de Neagle como la chica de al lado e impulsó su perdurable carrera.»

Barbara Morgan en Encyclopedia.com

 

La excepción que confirma la regla (reconfortante sería hallar más excepciones) de este grosero menosprecio sería el libro British Women's Cinema (Routledge, 2010), editado por Melanie Bell y Melanie Williams. Complemento del mismo, es la reseña que se escribió al respecto, y que lleva el significativo título de «20 millones de personas no pueden estar equivocadas: Anna Neagle y el estrellato popular británico». Para más señas, en la imagen de la portada del libro aparecen Michael Wilding y Anna Neagle en una secuencia de la película Spring in Park Lane (1948. Dir. Herbert Wilcox).

No encontrará, en fin, el lector interesado ninguna monografía sobre Herbert Wilcox ni sobre esta artista total que es Anna Neagle. Con todo, es muy recomendable la lectura de su autobiografía, publicada en 1974.

 

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