Gordon
Douglas es un caso emblemático de filmmaker,
de profesional que entiende y practica el cine como un oficio: literal y
estrictamente hablando, representa a la perfección el realizador en la
industria de cine que limita su labor
a hacer películas. Así de claro; así
sin más. No siempre, empero, ha sido el asunto así de claro, y todavía no lo es
para aquellos aficionados y/o críticos alineados, por activa o por pasiva, en
el paradigma de la «política de autor». Douglas ni es «autor» ni se dedica a
hacer política a la hora de dirigir un film, si bien, no fue ajeno a las
tendencias dominantes en las distintas décadas de la historia del cine:
películas de acento anticomunista en los años 50 y películas marcadas por la
seña exhibicionista y ramplona, extravagante y excesiva, radical y a la última características de los años
60 y 70 (periodo en el que el cine comienza a desfallecer hasta declinar y
convertirse en algo distinto, algo entre un producto televisivo y un
videojuego).
El
caso Gordon Douglas reside,
justamente, en que estamos ante un cineasta que realiza cien películas a lo
largo de cuarenta años de carrera en la profesión; que afronta la práctica
totalidad de géneros cinematográficos, que actúa en los platós de Hollywood
desde niño; que, si bien, director habitual de la marca Warner Bros, trabaja,
asimismo, para aquella productora que le ofrezca trabajo, sea una major, de las medianas o de las
independientes. Profesional sin complejos, no duda en ponerse a la faena y al
servicio (como vehículo) de estrellas del cine o de la música: Laurel y Hardy,
James Cagney, Alan Ladd, Jerry Lewis, Frank Sinatra o Elvis Presley. Nacido en
1907, pertenece a la generación inmediatamente posterior a la de los pioneros
del cine mudo, los puros cineastas clásicos.
Todo
ello lo lleva a cabo sin proceder como un director chapucero o remendón. Hace
películas buenas, malas y del montón, pero si no con estilo y elegancia, sí con
profesionalidad y oficio. Lo cual casi cabe considerarse un milagro… Esto no es
óbice para que bastantes de los títulos que firma presenten momentos descuidados
o situaciones desaseadas, lo cual, a menudo, no quepa achacar al director, sino
a la producción y a las tareas del equipo de filmación: script, guionistas,
responsables de continuidad, vestuario, etcétera. Porque apunto a
defectos de raccord, a microhistorias
y al perfil de personajes que quedan en el aire, sin cerrarse convenientemente; señalo,
en fin, lo que en el argot del medio suele denominarse «pifias», esas pequeñeces de las que se
libran pocas producciones, grandes y pequeñas, porque, ya se sabe, nobody is perfect…
Con
todo, Douglas no da la sensación de que sufriese por ello; en el supuesto de
que llegase a enterarse de tales tropiezos, tratándose de un director que
realiza tres y cuatro películas por año, y no hablo de episodios de televisión
o colaboraciones, sino, por lo general, de largometrajes de serie A.
Para
la crítica oficial del ramo, Douglas es un cineasta que no hay por dónde cogerlo… No es, en sentido estricto, un director
de serie B, ni un cualquiera en el oficio, ni un «director de estudio (house director)», ni un amateur, sino nada menos que el director
conocido por Them! (La humanidad en peligro, 1952), cinta de
ciencia-ficción (sección «nuclear monster»)
considerada «de culto», o de Only the
Valiant (1951), en este segundo caso, una consideración muy exagerada, por
tratarse de uno de sus trabajos más desacertados, a mi parecer. No es «autor»
ni artista de las imágenes ni director «à
la mode». ¿Cómo calificale, entonces? Pues, muy sencillo, de «artesano». ¿Qué
comentar al respecto? Cuando leo o escucho sentencias semejantes, siempre
recuerdo estas sabias palabras:
«[…] pues recordad que separando el uno
del otro [artista y artesano] arruinaréis a ambos; a uno le robáis todo motivo
espiritual y de todo el deleite imaginativo, y al otro le aisláis de la
verdadera perfección técnica.»
Oscar
Wilde, Las artes y el artesano
(1882).[1]
«Cuando
los autores y creadores irrumpieron en la escena, cuando las firmas destacaban
más que los trabajos, artesanos y artistas
se diferenciaron definitivamente entre sí, y la producción artística sufrió un
golpe mortal, apuntalado por las tendencias vanguardistas, siempre a varios
años luz del quehacer estricto, operario.»[2]
Gordon
Douglas es, simplemente, ni más ni menos, que un maestro haciendo cine de entretenimiento[3], para
todos los públicos.
La grandeza del cine no es propiedad exclusiva de directores de festivales subvencionados por las Administraciones públicas ni de autores de una o dos «obras maestras», ni de ganadores de muchos Oscar ni objeto de homenajes, galas, retrospectivas y estudios animados por «expertos» y «centros de opinión», ni carne de «cine-club» a destripar, ni sujeto y objeto de libros biográficos y de análisis cinematográficos.[4] Por lo que a mí respecta, las películas de Douglas conforman, junto a muchas otras, la base que ha sustentado la historia del cine, aquellas que, en pases de sesión continúa en mi infancia y juventud, me hicieron amar el cine, con las que viví la ilusión de la aventura y la acción (Walk a Crooked Mile, 1948), la magia de la fantasía, la diversión y la alegría de la comedia y el musical (Robin at the 7 Hoods [Cuatro gángsters de Chicago, 1964]), la que me hacía viajar al salvaje Oeste («películas de vaqueros» («películas de vaqueros»: véanse The Doolins of Oklahoma (1949); The Nevadan, 1950; el ciclo de films con Clint Walker; Río Conchos, 1964; Barquero, 1970), a África o a los Mares del Sur, a lugares exóticos de mil y una noches, donde reinaban los héroes sobre los piratas y bandidos, los policías y ladrones (Between Midnight and Dawn, 1950), los actores cómicos y las payasadas («películas de risa»: Saps at Sea (Marineros a la fuerza, 1940), los monstruos y los fantasmas («películas de miedo»), los espadachines y los marines, donde, ay, me enamoré, por primera vez, de rostros fastuosos y cuerpos de ensueño (Harlow [Harlow, la rubia platino, 1965); In Like Flint [F de Flint, 1967]); Lady in Cement [La mujer de cemento, 1968]).
Películas
de esta clase hizo Gordon Douglas por decenas y nunca pidió un premio ni
excusas por ello, sino el salario convenido y que le dejarán trabajar. Fue
querido y respetado entre los profesionales del cine. Los espectadores que
disfrutaron viendo sus films
desconocen su nombre. No merece ser olvidado ni echado a la papelera.
Sentencias y diálogos seleccionados de película: The Doolins of Oklahoma (1949)
- · Bill Doolin (Randolph Scott): Ningún
hombre es tan malo para merecer un disparo por la espalda.
- · - Bill Doolin (Randolph Scott): Veo
que aun tienes la costumbre de dormir fuera.
-
Thomas «Arkansas» Jones (Charles Kemper): Sí, se vive más tiempo de esta
manera. Verás, cuando empiecen los disparos, no tengo que detenerme para abrir
la puerta.
[1] El título
original del texto citado es «Art and the
Handicraftsman». Compendio de conferencias ofrecidas por Oscar Wilde en
Estados Unidos en el año 1882. He tomado la traducción de Carlos García Simón
para la editorial Gadir: Las artes y el
artesano (2010).
[2] Cfr. mi ensayo El laboratorio del Doctor Faustus. Nuevas
tecnologías y poscapitalismo (2022), donde el lector podrá
encontrar más detalle sobre el análisis de este asunto.
[3] Véase sobre
este particular, Mervyn LeRoy y Lewis Milestone. Cine de variedades
vs. de trinchera
(2013)
[4]
Sólo conozco dos libros colectivos, ninguno en particular o específico sobre su
vida y obra, donde se escribe sobre Gordon Douglas: Just Making Movies: Company Directors
on the Studio System
Davis, Ronald L., Jackson, Mississippi:
University Press of Mississippi: Jackson, 2005· ISBN: 1278066913 (recogido en IMDb)
y Fernando R. Genovés (coord.), Hollywood
Revelado. Diez directores brillando en la penumbra, Ártica, Madrid, 2012 (Capítulo 7. «Gordon Douglas, mero cine», Josep Carles
Laínez).
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