De tener que componer el retrato —o daguerrotipo— de los «padres fundadores» del cine mundial de todos los tiempos, Friedrich Wilhelm Murnau (1888-1931) ocuparía allí, no un lugar común, sino un puesto de honor. Pionero del cinematógrafo, el legado de Murnau ha marcado poderosamente el nacimiento y el devenir del séptimo arte. La huella dejada por su obra (más preciso que «huella» sería decir «sombra») ha dejado un rastro en la historia del cine tan profundo como imperecedero. Apreciable, en primer lugar en los grandes cineastas, en los artistas más aventajados. Y es que nos hallamos, nada menos, que ante un maestro de maestros del cine.
El lector en español ya dispone en el mercado de trabajos consistentes que exploran el trabajo de Murnau, como, por ejemplo, los firmados por Luciano Berriatúa, uno de los máximos especialistas en el cine del cineasta alemán. Hasta este momento, sin embargo, no había sido afrontada la tarea de escribir una monografía que acercase al aficionado al cine, de manera esencial y sucinta, pero rigurosa a la vez, la vida y la producción de autor tan colosal. El ensayo Murnau, la luz inquieta, de Antonio Belmonte, ha llenado este hueco. Y no era una tarea fácil. Muerto en Santa Mónica a los 42 años en accidente de coche, vehículo conducido, sorpresivamente, por García Stevenson, su amante filipino de 14 años de edad. Autor de una filmografía bruscamente cercenada por el destino, ni siquiera conservada en su totalidad, con algún título tan sólo esbozado o fragmentado, extendida en poco más de una década. Sin haber tenido oportunidad de experimentar el cine hablado y en color, Murnau, ese Mozart del cinematógrafo, concentra en un breve relámpago la síntesis luminaria de la génesis del cine: el arte de la luz y las sombras en su amanecer.
No es sencillo, en efecto, coger al vuelo o capturar una estrella fugaz. No es tarea fácil detener la luz inquieta (a la que alude el subtítulo del volumen), a fin de ser reproducida. «¡Detente instante, eres tan bello!», proclamaba Fausto en el célebre verso de J. W. Goethe, un texto trasladado/adaptado a la pantalla por el propio Murnau. Y el tiempo, en efecto, se detuvo. Porque el tiempo no pasa para el puro cine clásico. Después de todo, de Nosferatu (1922) a Fausto (1926), filmando títulos de la categoría de Phantom (1922), El último (Der Letzte Mann, 1924), Tartufo (1926) y Tabú (1931), Murnau acabó encontrando la perla de la inmortalidad.
Vino al mundo, con el nombre de Friedrich Wilhelm Plumpe, en la ciudad de Bielefeld, Wesfalia. En la casa natal se instalaría posteriormente un cine, el Capitol. «Murnau» es, en realidad, uno de los seudónimos utilizados desde su juventud, estratagema con la que pretendía hacer pasar desapercibidos para la familia sus primeros pasos en el mundo del teatro. Su madre parece que fue condescendiente con la pasión artística del muchacho. No así su padre. Materia para psicoanalistas.
«adoptado [el seudónimo] hacia 1910, le quedó para siempre. Era el nombre de una localidad alpina en la que Murnau había pasado momentos agradables junto a sus amigos, muchos de ellos referentes del arte de vanguardia anterior a la Primera Guerra Mundial.» (pág. 20).
Trasladado a Berlín en 1907, pronto contacta con los círculos artísticos e intelectuales más activos y creativos de la época. En el teatro se encuentra con Max Reinhardt. A continuación, conoce al actor Conrad Veidt, al operador Karl Freund, al director de escena Ernst Lubitsch, a los guionistas Carl Mayer y Thea von Harbou, al directivo de la UFA Erich Pommer. Entre 1919 y 1920 rueda casi una decena de filmes, gran parte de cuyo material se ha perdido. En 1921 da a la luz Nosferatu. Desde ese momento, su reconocimiento y fama alcanzan nivel internacional; un éxito que, en algunos aspectos, ha llegado a eclipsar el resto de la producción del cineasta. Mientras tanto, sus títulos producen un fuerte impacto en Hollywood. William Fox le ofrece un contrato, y en 1926, Murnau embarca camino de Estados Unidos.
En los estudios californianos realiza dos obras de impecable factura, Amanecer (1927) y City Girl (El pan nuestro de cada día, 1930), y una pieza inconclusa, Four Devils (1928). La primera de ellas, Amanecer, constituye uno de los títulos capitales de la historia del cine. La puesta en escena, la tensión dramática, la iluminación y ambientación, los movimientos de cámara, la dirección de actores, la sensibilidad artística, en fin, allí demostrada, compendian en su máxima expresión la genialidad del autor. City Girl, con la que guarda bastantes aspectos comunes, tanto argumentales como narrativos, no fue muy bien recibida por crítica y público, a mi juicio, sin motivo razonable. Llegados a ese punto, las relaciones profesionales de Murnau con William Fox y la productora se deterioran. Hasta el punto de que el cineasta pone tierra —o, mejor dicho, océano— de por medio, llegándose hasta los Mares del Sur, donde rueda Tabú, su último filme.
Murnau, la luz inquieta describe y analiza con detalle las vicisitudes de la obra del autor germano. Pero, no sólo eso. El volumen contiene un rico material gráfico, imprescindible en un libro sobre cine. Incluye, asimismo, unos insertos —acotaciones al margen, pero dentro del cuerpo de los capítulos— que ofrecen la contextualización de las etapas de la filmografía examinada, la reseña de autores relevantes y de fenómenos artísticos vinculados con la vida y obra de Murnau. Igualmente, ha sido muy acertado incluir la extensa coda que cierra el volumen (Capítulo 10. «Marcha fúnebre por una cámara»), en la que Antonio Belmonte explicita, por medio de un análisis comparado, el notable impacto dejado por Murnau en cineastas tan señalados como John Ford, Alfred Hitchcock, James Whale o Marcel Carné.
Para comprobar la influencia total que F. W. Murnau ha dejado en el cine, basta, en fin, con visionar, una y otra vez, sus películas. La lectura del presente volumen constituye un sólido y útil acompañamiento en este propósito que proporcionará gran goce estético e intelectual a lector y a espectador.




























