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lunes, 21 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD Y VENTUROSO AÑO NUEVO 2016


Cinema Genovés les desea una
Feliz Navidad
un venturoso Año Nuevo 2016




Cinema Genovés,
el cine que ves y el cine que lees



lunes, 14 de diciembre de 2015

24 HORAS SIN MENTIR (1941)


Título original: Nothing But the Truth
Año: 1941
Duración: 90 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: Elliott Nugent
Guión: Ken Englund y Don Hartman, basado en la novela de Frederic S. Isham
Música: Floyd Morgan, Leo Shuken, Victor Young
Fotografía: Charles Lang
Reparto: Bob Hope, Paulette Goddard, Edward Arnold, Leif Erickson, Helen Vinson, Willie Best, Glenn Anders
Producción: Paramount Pictures


Teníamos una deuda pendiente, desde la misma apertura de Cinema Genovés, con uno de los grandes cómicos de todos los tiempos: Bob Hope (Eltham, Reino Unido, 29/5/1903 - Toluca Lake, California, 27/7/2003). Artista total y figura emblemática del show business, muy admirado por quien esto escribe, no había encontrado hasta hoy lugar y momento en nuestro espacio; como tantos otros nombres propios, ay, del mejor cine. Pero, tiempo al tiempo. Ahora es la hora de… Bob Hope.

A poco de emigrar con su familia desde Inglaterra a EE UU, el joven Bob entra en el mundo del espectáculo, primero como boxeador amateur, luego en el mundo del vodevil y el teatro, hasta que en los años 30 se instala en California, conquista Hollywood, realiza cerca de cien películas, y termina su larga y exitosa carrera, igual que buena parte de estrellas de la gran pantalla, haciendo populares programas para la radio y la televisión. La fuerte personalidad, la versatilidad de sus registros interpretativos y el sutil sentido del humor demostrados con generosidad han fascinado a varias generaciones de espectadores de todo el mundo, especialmente, durante las décadas los 40 y los 50.


En la historia del cine, Bob Hope es conocido principalmente por su asociación profesional con Bing Crosby y Dorothy Lamour, con quienes realizó un buen número de títulos que lograron gran popularidad. Aun siendo menos célebre que el mencionado ciclo, Hope protagonizó también varias películas con la expresiva actriz y bailarina Paulette Goddard, igualmente muy exitosas, como, por ejemplo, El gato y el canario (The Cat and The Canary, 1939) y El castillo maldito (The Ghost Breakers, 1940), parodias en clave de comedia del género policiaco y de terror.

No obstante, de esta segunda asociación protagonista he seleccionado esta semana un título no tan famoso como los arriba referidos, pero que contiene un gran interés y muestra a un Bob Hope en plenas facultades, ingenioso y dúctil, y no tanto un simple bufón como ordinariamente suele ser etiquetado por la crítica oficial. Me refiero a 24 horas para mentir (Nothing But the Truth, 1941), producción de la Paramount Pictures dirigida con agilidad y destreza por el actor y director Elliott Nugent, recordado por haber frecuentado, justamente, el género de la comedia.


La película parte de una base argumental tan prometedora como atractiva. T.T. Ralston (Edward Arnold) es un stockbroker que dirige, junto a un par de socios, un despacho de inversiones, donde colocan a sus clientes productos financieros, unas veces beneficiosos y otros… menos, o sea, tan poco rentables económicamente que llegan a confundirse con iniciativas benéficas. En semejante río revuelto pretende intervenir/invertir su sobrina Gwenn (Paulette Godard) con una aportación de 10.000 $, que una organización caritativa le ha confiado, aunque la gentil muchacha no distingue con claridad lo tóxico y las toxinas.

El tío T.T. se encuentra en apuros. Precisa desprenderse urgentemente de unas participaciones ruinosas, procurando que el daño no salpique a la familia, sino a algún ingenuo que pase por ahí. Oportunamente, acaba de incorporarse a la empresa un nuevo socio, Steve Bennett (Bob Hope), quien sostiene puntos de vista opuestos a los de sus colegas sobre la ética de los negocios. Y puesto que éstos evitan a Gwenn, es en los bolsillos de éste donde la muchacha deposita los billetes que le quemaban en las manos, con el compromiso asegurado de conseguir una ganancia del 50 %. Al mismo tiempo, el bueno de Steve sostiene la loca postura de que en los negocios como en la vida privada debe decirse sólo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad…


Supongamos que un cliente pregunta sobre la garantía y seguridad de determinada inversión, ¿debemos decirle la verdad o no? He aquí la cuestión en liza disputada en el despacho, la cual pronto llega a convertirse en apuesta entre sus integrantes. El fin de semana están todos invitados al yate de T. T.: 10.000 $, si Steve consigue estar 24 horas sin mentir. La secretaria de la firma hace de testigo del reto, recoge las cantidades en juego y las deja a buen recaudo en la caja fuerte de la oficina. La parte proporcionada por el sincero Steve no es otra que la que Gwenn acaba de entregarle.


La travesía a bordo provoca toda clase de enredos y malentendidos, así como situaciones muy delicadas. Los socios procuran no dejan un minuto a solas a Steve (auscultando cada una de sus declaraciones públicas), e incluso provocan situaciones que le pongan en un brete, cuando no en evidencia. Muy divertida es la secuencia de la cena en la cual los invitados quedan escandalizados ante las respuestas azoradas de Steve al ser preguntado, presuntamente a modo de chanza o entretenimiento, por ejemplo, por la edad que aparenta la buena señora sentada a su izquierda, si está disfrutando de la velada entre amigos, entre otras situaciones comprometedoras.


Steve es por error, no exento de maquinación, unido sentimentalmente con otra invitada en la nave de los líos, lo cual provoca continuas discusiones en la pareja que todavía no lo es. Al tinglado general organizado desde la cubierta a los camarotes, se une el director de la casa de la caridad que reclama a Gwenn la cantidad que se le había confiado. Gwenn pregunta a Steve al respecto, pero Steve no puede engañarla ni tampoco decir la verdad hasta pasados las 24 horas sin mentir. ¡Oh, spoiler! Mas, ¿qué se esperaban ustedes que ocurra? Esto es nada más y nada menos que una comedia…


¡Extra! ¡Extra!


El genio y la figura de Bob Hope, como todo buen cómico, han sido muy imitados por parte de los colegas en el gremio. A tal grado ha llegado la sintonía e identificación con el humorista de origen inglés que, finalmente, ha encontrado en el presente una especie de reencarnación… Me refiero, por supuesto, al actor cómico Kelsey Grammer, famoso por su papel de doctor Frasier Crane, presentado en la serie Cheers y, sobre todo, en Frasier, muy celebrada teleserie que cuenta con un total de once temporadas.

Kelsey Grammer no sólo tiene un portentoso parecido físico con Bob Hope, de la cabeza a los pies, sino que, consciente de ello, remeda en múltiples ocasiones los gestos, las muecas y los movimientos corporales del genial Bob. Los creadores y guionistas de la serie Frasier, entre los que se encontraba el infortunado David Angell (una de las víctimas, junto a su esposa, de los atentados terroristas del 11-S), han sabido, asimismo, sacar buen provecho de la semejanza, ideando muchos chistes, gags y situaciones a la medida del sin par Hope/Grammer, este Jano de la comedia.



lunes, 7 de diciembre de 2015

PODER Y GLORIA (1933)

Título original: The Power and the Glory
Año: 1933
Duración: 76 minutos
Nacionalidad: Estados Unidos
Director: William K. Howard
Guión: Preston Sturges
Música: Peter Brunelli, Louis De Francesco, J.S. Zamecnik
Fotografía: James Wong Howe
Reparto: Spencer Tracy, Colleen Moore, Ralph Morgan, Helen Vinson, Henry Kolker, Sarah Padden, Billy O'Brien
Producción: Fox Film Corporation


Aunque habiendo trabajado para los grandes estudios cinematográficos y con las primeras estrellas de Hollywood, William K. Howard (1893–1954) no cuajó una filmografía especialmente notable. Muy bien considerado (y posicionado) en la industria durante sus años de mayor actividad (años 30 y 40), profesional al que se recurre con frecuencia a la hora de codirigir y/o poner fin a algunas producciones con conflictos o lagunas, con ello y con todo, Howard ha pasado a la historia del cine sin pena ni gloria. A propósito… De entre sus más de cincuenta películas realizadas, hay una en concreto que sí tiene bastante interés y merece atención, titulada justamente Poder y gloria (The Power and the Glory, 1933), y sin relación con la célebre novela de Graham Green del mismo título.

Bien es verdad que el valor principal del film no reside en la labor del director (bastante convencional, quien compone la cinta a base de flashbacks, sin garantizar siempre el fluido curso de la trama), sino en otros factores. En primer lugar, destacaría el guión, firmado por Preston Sturges, el primero que logra vender en un estudio y llevado raudamente a producción. Un buen trabajo de escritura cinematográfica que ha sido calificado sin exageración como un claro precedente nada menos que de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941. Orson Welles). Y, en segundo lugar, sobresale el estupendo reparto, encabezado por un colosal Spencer Tracy junto a Colleen Moore (muy famosa durante el periodo silente y actriz fetiche de Mervyn LeRoy en dicha etapa) y Ralph Morgan, en el papel de fiel amigo del protagonista y narrador de la verdadera historia del héroe del film.


Asistimos al comienzo de la película al funeral de Tom Garner (Spencer Tracy), enérgico empresario que logró levantar un imperio del ferrocarril comenzando como simple mantenedor de las vías ferroviarias; un clásico, pues, de self man made. Pero, incluso en los Estados Unidos, el héroe que triunfa en los negocios es visto por muchos con envidia y resentimiento, con animosidad y aun hostilidad por parte de sus allegados y empleados. Todos menos Henry, amigo de Tom desde la infancia (soberbio primer flashback que nos retrotrae a los años que se conocieron con claras resonancias del universo literario de Mark Twain y las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn). La iglesia donde se ofician las honras fúnebres del finado, está repleta de gente, pero sus semblantes reflejan estar allí más por obligación que por devoción. Este hecho, además de la gran pena que soporta por la pérdida del amigo, lleva a Henry a abandonar el templo antes de finalizar la ceremonia.



Vuelve a casa abatido, y también su esposa dirige comentarios de odio y resentimiento hacia Tom Garner: magnate despiadado, que comandó la empresa con mano de acero, reprimiendo huelgas y no cediendo a las exigencias de los sindicatos en los tiempos difíciles, que fue un mal marido, infiel y egoísta, una mala persona, en fin. Esto dice la buena mujer a su consternado marido que decide, entonces, revelar la verdadera historia de Tom Garner, un buen amigo y un gran hombre, y, según añade, a los grandes hombres, como Garner, no se les puede medir y juzgar con criterios comunes, ordinarios y prejuiciosos.

Conocer la verdad del caso Garner y hacer justicia a la memoria del personaje exige hacer constar lo que en realidad hizo, pero también lo que le hicieron a él. Esta recreación de los hechos en la vida del protagonista traslada al espectador a distintos episodios relevantes de su biografía: cómo y cuándo se casó con Sally (Colleen Moore); los años difíciles en la empresa; el ascenso en la misma hasta llegar al puesto de dirección; los enfrentamientos con los empleados, pero también con los mezquinos y/o pusilánimes consejeros de la empresa, de poco espíritu emprendedor y con tendencia a lograr ganancias inmediatas y sin riesgo; los amores y desamores vividos; la traición y el desengaño. Y al fin el trágico final. Y no digo más. Después de todo, el film suele encuadrarse entre los característicos del periodo precode, por lo controvertido de algunos aspectos del guión.



Tom Garner fue un gran hombre, no importa que la mayor parte de la gente no lo reconozca así. Pero, no se olvide que detrás (a la sombra o en el interior) de todo gran hombre suele haber… nada menos que todo un hombre.